Cerró la puerta de su habitación de un portazo y se fue de casa sin despedirse de sus padres. Corriendo, como siempre, cogió el metro. Llegaba otra vez tarde al trabajo, pero lo peor aún estaba por suceder. En medio de la estación, el vagón frenó de golpe y las luces se a apagaron. Duró pocos segundos, pero la histeria impregnó el ambiente. Cuando todo terminó, Cristina decidió mirar la hora, maldiciendo que hasta el transporte público le fallase aquel día. Puso la mano en su bolsillo y no encontró ni rastro del móvil, miró en el izquierdo y el derecho. Hurgó en su bolso, en todos los entresijos de esa especie de maleta que cada día pesaba más. Pero no hubo manera. Su teléfono de última generación no aparecía.
Miró a su alrededor en busca de los culpables. Aquella pareja de inmigrantes tenían todos los números para ser los responsables. Pero a su lado, un chico repleto de tatoos y piercings le hizo cambiar de idea. Ahora sí que estaba segura de que había sido él. Cuando estaba a punto de gritarle, observó, detrás de una viejecita, unas chicas jóvenes que no paraban de reír, y volvió a cambiar de idea. Maldiciendo a estas chiquillas con minifalda y lamentándose de lo mal que estaba la juventud. Todos parecían culpables, tenían ganas de insultarles, descargarse y que le devolvieses su móvil de una vez. “¡Maldita sociedad choriza!” murmuraba.
Enfrascada en sus pensamientos, llegó su parada y tuvo que apearse; no podía permitirse llegar tan tarde. Pasó el día entero cavilando acerca de los personajes del metro sin llegar a ninguna conclusión. Todos eran escoria para ella.
Una vez terminado su turno, volvió a casa. Puso las llaves en la puerta con la misma actitud con la que se había marchado aquella mañana. Se dirigió a su habitación pasando por delante de su padre, que miraba la tele, y ajena a las preguntas de su madre. Abrió la puerta de su habituación y una luz parpadeante la sorprendió: era su teléfono móvil.
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