Hace días que me dejaron tirada. Ni un beso, ni una caricia, ni un abrazo de despedida, nada. No sé si fue por mi ordinario aspecto o por que ya soy vieja. Ya solo me queda un viaje. Lo que sé es que estoy tirada, aquí, en el andén de una estación esperando a mi amo.
La gente que pasa me ignora, me pisa, pero no pierdo la calma y espero.
Después de muchas horas empiezo a perder el color, mi verde intenso se vuelve azul turquesa i mi blanco en gris claro. Seguramente no es cierto, pero eso es lo que me parece a mí. Mis puntas se redondean, pero yo espero.
Un niño me coge pero ve que estoy desgastada, me arruga i me vuelve a tirar. Me consuelo pensando que no sabía leer.
Pasan algunas horas más hasta que no vuelvo a notar el tacto de un hombre con las manos ásperas. Él mira mi dorso y creo que ve esa chispita de vida que queda en mí pero me deja en un sitio donde hay otras con el mismo aspecto que yo. Mi olor es bueno comparado con el que me rodea. Todo está sucio pero escucho ruido y, a menudo, llegan otras.
Primero pienso que es una bendición, que seré la más querida pero todas creen que hemos perdido nuestra última oportunidad de vida, que no hay salvación. Escucho gente que pasa, pero los veo entretenidos con una más nueva, con más viajes que yo.
Yo espero, espero el momento en que me conviertan en la envidia de todas.
Para compartir este relato, copia y pega este enlace en un mensaje instantáneo o un correo electrónico