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el relat de... 

volador va trobar la inspiració que necessitava per donar forma a aquest relat.

LA VIDA EN EL METRO.-
25/04/2010 
estrella 
 

Me despierto en el andén del metro de Plaza Universidad. Claro que he dormido ahí. Como cada día, desde los 5 años. Mi padre me abandonó. Sólo tengo una imagen borrosa de él, supongo que es la imagen que los muy bebés tienen de los adultos cuando el subconsciente no les concede otra, al igual que les ven las manos grandes como el mundo. Mi madre fue atropellada por el tren, en la estación de Gavá. De eso hace ya dos años. Ahora tengo 10. Desde entonces voy al colegio a escondidas y me invento un nombre. Mendigo cariño al ronroneo de los múltiples ruidos matutinos que el metro me ofrece y son mi regazo. No conozco los ruidos de coches. Veo gente que corre de un lado para otro, siempre con prisas, un día y otro con prisas, es como si no acabaran nunca lo que han comenzado. El metro no lleva prisa, como una sierpe se desliza, limando el carril, besando la vía una y otra vez. El trayecto está marcado. Tú lo coges y Él te lleva, nada más. Tengas prisa o no. Él siempre te lleva, tú eres el agua. Pensaréis que cómo pienso esto si soy una niña. En verdad, la muerte de mi madre me arrebató la niñez, aunque una parte ya mi padre me la había robado, así, como roban los carteristas en el metro, porque yo los he visto…

Ya sé que me buscan, por eso cada día me peino de forma diferente. A veces voy a los chinos a comprarme trenzas postizas raras y de diferentes tamaños, texturas y colores. Me lavo la cara en la primera fuente que encuentro, tampoco quiero parecer una vagabunda. Yo misma acudo a las parroquias – nunca voy a la misma, para que no me reconozcan – a recoger ropa para cambiarme. Tampoco voy siempre a los mismos supermercados. Allí me dan comida ya preparada, de la que les sobra, claro, recién caducada. Mal alimentada no voy, porque yo como fruta y verdura, sobre todo, que no necesita cocinarse, ¡ah! y zanahorias que me encantan. Si necesito un baño, me meto en el mar. Me invento los juegos. Y tengo una libreta. Me fijo en la gente. Me invento su vida y la escribo. He visto muchas.

Casi siempre estoy escondida: a veces debajo de los asientos del metro. Ahí aprendo muchas cosas, más de las que se ven en la calle, más de las que uno cree. Los hombres hablan de negocios, de la crisis. Las mujeres no. Ellas hablan de trapos, pero tienen más sentimientos. Sufren más. Un día una me estaba golpeando constantemente con la punta del zapato –se ve que creía que yo era un periódico o una bolsa de plástico-. Sólo tenía ganas de que llegara a su destino. Tuve miedo de que mirara debajo del asiento y me descubriera. Otro día, los pies de un hombre olían muy mal. Tuve que darme la vuelta hacia el otro lado. A veces los que trasnochan dejan las latas de coca-cola o de cerveza allí a mi lado y van y vienen haciendo de balancín ruidoso.

Cuando llega la noche, cojo mi manta y me envuelvo a lado de un cajero. Casi siempre en el metro de Universidad. Aunque desde que los de TMB pusieron ahí la oficina de atención al público, casi siempre me descubren. Entonces me voy a Santa Coloma o a Fondo, al rumbo del metro. Allí sí me entienden, soy como ellos. Veo que la gente corre de un lado para otro, siempre con prisas, un día y otro con prisas, es como si no acabaran nunca lo que han comenzado

En el colegio, los profesores se sorprenden de la rapidez con la que aprendo. Claro que ignoran que me paso horas y horas leyendo los periódicos que los transeúntes dejan en las papeleras. También leo libros olvidados. Porque la gente olvida de todo. Los paraguas, chaquetas y móviles los llevo a vender a los Encantes, así me saco un dinerillo para comprar un helado o una coca-cola. Algún día trabajaré y me podré comprar un ordenador para escribir historias, las de la gente que he conocido, sin que ellos lo sepan. Me deslizaré – y me sentiré metro - por entre los recovecos de sus conciencias, de sus vidas, con amores y desamores, alegrías y penurias, a veces llantos, porque he visto llorar a mucha gente en el metro. Entonces me paro y medito y el metro sigue. No se le puede pedir al metro que se pare, demasiadas historias, equivocaciones, aciertos. Él agua sigue su curso.
 

 
 

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