Aún recuerdo aquel tren de madera que mi abuelo trajo a casa una mañana de domingo. Fue el sonido del timbre quien se encargó de despertarme. Al abrir los ojos, el soniquete de sus risas llegó hasta mis oídos. Estaría con mamá en la cocina, con los churros en la mano y esa media sonrisa socarrona que invitaba a saludarle y a entablar conversación. El tintineo de las tazas al chocar contra los platos me impulsó a saltar fuera de la cama. Mis tripas rugían como leonas, mientras me preguntaba si también habrían preparado chocolate. En cuanto abrí la puerta del cuarto, el mágico aroma del cacao lo impregnó todo.
Corrí por el largo pasillo hasta el otro extremo de la casa. Ni siquiera le di tiempo a verme. Todavía estaba girándose cuando me lancé sobre mi abuelo a darle mi típico abrazo de oso.
- ¡Hey, loco qué me tiras! -gritó mientras exageraba el balanceo de nuestros cuerpos.
Fue entonces cuando lo vi. Sobre el mantel había un paquete enorme que casi ocupaba la mitad de la mesa de la cocina. Mamá había tenido que colocar los churros, la jarra del chocolate, las tazas y los platos bastante apelotonados por culpa de aquella cosa.
- ¿Qué es eso? -pregunté sin quitarle ojo al misterioso bulto.
- Un pajarito me contó que lo has aprobado todo -, contestó el abuelo tras darme un beso.
Miré a mamá sonriendo. Ella se limitó a revolver el chocolate una vez más y a indicarme con un movimiento de cabeza que abriese el paquete.
Hice añicos el papel que lo envolvía y una locomotora de color verde asomó de entre mis manos. La seguían seis vagones anaranjados. Pensé que aquello era un sueño. Debía estar dormido y disfrutaba de un sueño maravilloso con el tren de madera que tanto me gustaba ir a ver a la tienda de don Paco.
- ¡No dices ni mu! Pues nada, lo envolveré otra vez y mañana se lo llevaré a Paco y me devolverá el dinero -, escuché decir al abuelo.
Me giré hacia él como un resorte y, justo cuando le iba a gritar que me encantaba, que no lo devolviera ni loco, un guiño de su ojo derecho y las carcajadas de mi madre me demostraron que aquello era tan real como el rico olor a madera que desprendía aquel tren. ¡Al fin era mío! Ya no tendría que rogarle a Luisito para jugar con su locomotora de hojalata, ni debería pedirle permiso a mi maestra para coger aquel vetusto libro que trataba sobre la historia del tren...
"Pròxima estació, Maragall", repite la rutinaria cinta desde el moderno sistema de megafonía actual. Hoy el tren ya no es de madera, ni tiene tan vivos colores. Ligero, metálico y casi tan rápido como el rayo, emerge de entre los túneles de esta oscura y maloliente ciudad subterránea que los hombres crearon para continuar yendo más rápido y más lejos.
Ahora me resulta imposible paladear los churros del abuelo. Tampoco saboreo el dulce chocolate de mamá. Don Paco murió hace décadas y de Luisito no volví a saber nada desde que se fue a Alemania con su familia.
El ir y venir de gentes vuelve a arrancarme de la vía muerta de mis viejos recuerdos. Como autómatas ciegos, entran, se sientan, miran sin ver, van a lo suyo, se aislan de quienes los rodeamos y, cuando llegan a su parada, bajan y desaparecen. De vez en cuando, algún perro lazarillo alcanza a descubrir al pequeño que, entre las sombras, juega con su tren de madera. A veces, un bebé llega a mirarme desde su cómoda sillita de paseo. Sólo ellos son capaces de descubrirme. Sólo perros y niños llegan a ver al fantasma que habita en los vagones del metro de Barcelona.
Para compartir este relato, copia y pega este enlace en un mensaje instantáneo o un correo electrónico