Autor/a
Dalia
Categoria
Relat lliure
15 de julio
Me despierto…o ¿estoy dormido? No, estoy despierto. Me levanto. Todo está a oscuras, como cada mañana. Me preparo el café y la taza se escurre entre mis dedos. ¡Qué torpeza la mía!… El ruido hace eco en mis oídos, el antes y el después, ¡Qué efímera es la vida!, la taza se ha hecho trizas en un abrir y cerrar de ojos, ¿prefacio de un mal día? o ¿será por mi mal humor? Los recojo con cuidado y me doy una ducha rápida y gélida que me hace recordar que aún estoy vivo. Me preparo para dar una vuelta, la de cada mañana, rutina ¿cómo no? sinónimo en mi vida.
Trastabillo y dos pasos más adelante me tropiezo. Busco las llaves que deberían estar colgadas, ¿Quién las ha cogido? ¡No están en su sitio! …Aquí están, una vez las tengo salgo al umbral. Todo está oscuro, el frío me embriaga…que extraña sensación. Comienzo a caminar hacia la boca del metro, tres calles más abajo. Bajo las escaleras, el tacto de la baranda es frío y conocido. El olor característico del subterráneo me invade, una mezcla de humedad, frenos y vida urbana.
El sonido de los vagones llegando y partiendo resuena en los túneles. Espero en el andén, junto a las baldosas rugosas que marcan el borde. El tren llega, las puertas se abren con su característico pitido. Subo, me siento. El traqueteo me resulta familiar, casi reconfortante. Plaza Catalunya, Passeig de Gràcia, Diagonal… las paradas se suceden. Pero en la estación junto a la avenida, estremecedores recuerdos me vienen a la mente. Todo está en silencio en mi oscuridad; me asusto, me mareo, creo que no puedo continuar… Me concentro en mis pensamientos. Las voces me resuenan en la mente, rutina, concentración. Pero el caos y el miedo están omnipresentes.
Hago el esfuerzo y me concentro con todas las fuerzas de ser, y por fin lo escucho… el mar a lo lejos. Me invaden los sentimientos, los colores… Colores, qué maravillosa palabra, un término volátil y efímero. El océano azul intenso, profundo y tranquilizador, pero arrebatador y sublime en un mismo sentimiento. Bancos de algas estancados dan paso al verde turquesa, anunciando la proximidad a la orilla. En la orilla se mezclan los diversos tonos del marrón oscuro de la arena mojada y marrones cálidos que dan paso a la ardiente y centelleante playa, espejo del sol, amarillo intenso, patrimonio de la humanidad.
Abro los ojos y la oscuridad me embarga de nuevo, ¿es la luz cegadora la que me ha dejado en las tinieblas? Me centro… Trazos de verde que recorren los suelos y nublan los cielos; hermosos son aquellos árboles que luchan entre sí por ver quién viste de esmeralda el reino de las aves, pequeñas y frágiles bestias con infinidad de colores, gris, rosado y violeta… En el horizonte, el rojo intenso fundiéndose con un destellante naranja. Hermoso atardecer que termina de nuevo en la oscuridad, dando paso al negro, poderoso color que me recuerda el dolor.
Mi vida se define en el único tono que puedo ver, el negro, una habitación sin paredes, sin fin, aislada de todo color. Un vagón de metro eternamente oscuro donde viajo sin rumbo, aunque la gente me ayuda, los maquinistas me guían y el sonido es acogedor.
Dos grandes gotas de agua brotan de mis ojos, describen la transparencia de mi vida, el poco sentido que le queda; esa felicidad se vuelve en impotencia y seguidamente clemencia; eso es lo único que me quedó aquel 15 de julio de hace un año.
Unos ojos ciegos que perdieron su razón de existencia.
Trastabillo y dos pasos más adelante me tropiezo. Busco las llaves que deberían estar colgadas, ¿Quién las ha cogido? ¡No están en su sitio! …Aquí están, una vez las tengo salgo al umbral. Todo está oscuro, el frío me embriaga…que extraña sensación. Comienzo a caminar hacia la boca del metro, tres calles más abajo. Bajo las escaleras, el tacto de la baranda es frío y conocido. El olor característico del subterráneo me invade, una mezcla de humedad, frenos y vida urbana.
El sonido de los vagones llegando y partiendo resuena en los túneles. Espero en el andén, junto a las baldosas rugosas que marcan el borde. El tren llega, las puertas se abren con su característico pitido. Subo, me siento. El traqueteo me resulta familiar, casi reconfortante. Plaza Catalunya, Passeig de Gràcia, Diagonal… las paradas se suceden. Pero en la estación junto a la avenida, estremecedores recuerdos me vienen a la mente. Todo está en silencio en mi oscuridad; me asusto, me mareo, creo que no puedo continuar… Me concentro en mis pensamientos. Las voces me resuenan en la mente, rutina, concentración. Pero el caos y el miedo están omnipresentes.
Hago el esfuerzo y me concentro con todas las fuerzas de ser, y por fin lo escucho… el mar a lo lejos. Me invaden los sentimientos, los colores… Colores, qué maravillosa palabra, un término volátil y efímero. El océano azul intenso, profundo y tranquilizador, pero arrebatador y sublime en un mismo sentimiento. Bancos de algas estancados dan paso al verde turquesa, anunciando la proximidad a la orilla. En la orilla se mezclan los diversos tonos del marrón oscuro de la arena mojada y marrones cálidos que dan paso a la ardiente y centelleante playa, espejo del sol, amarillo intenso, patrimonio de la humanidad.
Abro los ojos y la oscuridad me embarga de nuevo, ¿es la luz cegadora la que me ha dejado en las tinieblas? Me centro… Trazos de verde que recorren los suelos y nublan los cielos; hermosos son aquellos árboles que luchan entre sí por ver quién viste de esmeralda el reino de las aves, pequeñas y frágiles bestias con infinidad de colores, gris, rosado y violeta… En el horizonte, el rojo intenso fundiéndose con un destellante naranja. Hermoso atardecer que termina de nuevo en la oscuridad, dando paso al negro, poderoso color que me recuerda el dolor.
Mi vida se define en el único tono que puedo ver, el negro, una habitación sin paredes, sin fin, aislada de todo color. Un vagón de metro eternamente oscuro donde viajo sin rumbo, aunque la gente me ayuda, los maquinistas me guían y el sonido es acogedor.
Dos grandes gotas de agua brotan de mis ojos, describen la transparencia de mi vida, el poco sentido que le queda; esa felicidad se vuelve en impotencia y seguidamente clemencia; eso es lo único que me quedó aquel 15 de julio de hace un año.
Unos ojos ciegos que perdieron su razón de existencia.