Autor/a
Shire
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Burbujas de vidas

Línea roja, estación de Espanya.
Una mujer se detiene jadeante por la breve carrera para intentar atrapar el metro que se le ha escapado. Toca esperar. Y en ese breve espacio de tiempo entre un convoy y el siguiente, el andén se va llenando lentamente de gente que, como ella, aguardan, encapsulados en su propia burbuja de vida.

A su lado, dos jóvenes asiáticos, pequeña mochila negra a la espalda, conversan animadamente en un idioma que debe ser chino o coreano, aunque su oído, poco versado en lenguas orientales no consigue distinguirlo. Debe ser coreano, porque hay pocos sonidos "sh", que cree recordar que sí abundan en el chino.

Algo más allá, una madre y su hija intercambian los consejos de un guiso, intentando convencerse mutuamente de que su versión es mejor, más gustosa: ¡Dónde va a parar!.

A su lado, un hombre de aspecto cansado y prematuramente avejentado, una mano en el bolsillo de la raída chaqueta, la otra en una pequeña bolsa, que vivió tiempos mejores, obsequio de una agencia de viajes, y que contiene su fiambrera. Parece cargar el peso del mundo en su espalda ligeramente encorvada, mientras un pequeño, cogido firmemente de la mano de su madre, lo mira atentamente, como si intentara adivinar sus penas. Su joven madre, con un delicado hiyab de gasa rosa que enmarca unos rasgos frágiles, le dice suavemente algo en árabe; tal vez que no está bien mirar fijamente a la gente. El hombre sonríe levemente al pequeño, que sigue manteniendo la mirada inocente.

Dos turistas, delatados por la gorra de visera, su piel escandalosamente blanca y la ropa insuficientemente de abrigo, consultan preocupados su móvil y el mapa expuesto en el andén, buscando su destino. Si, van bien. Hay que bajase en Catalunya.

Hay un grupito de adolescentes alborotando con sus risas y sus voces despreocupadas. Ellos intentando destacar para ganarse la atención de alguna de las chicas; ellas, fingiendo una indiferencia que las haga parecer más interesantes. La primavera incipiente alterando unas hormonas ya de por sí en plena ebullición.

Dos latinas se incorporan al ya bullicioso andén, con el vaivén musical de su acento, salpicado de un seseo sibilante, contándose algún chisme sobre lo que dijo una tercera persona y lo que van a hacer al respecto: ¡Ni modo!.

Un joven africano, delgado, todo piernas, enfundadas en un tejano gris, aguarda de pie sin levantar la vista de su móvil.

Un trajeado oficinista se une a la espera a paso rápido, maletín de portátil al hombro, mientras textea rápidamente en su móvil, mirando inquieto la oscura boca del túnel, porque tal vez llega tarde a alguna parte.

La estación está llena de vida, de culturas, de idiomas, de destinos que, por unos instantes, se entrecruzan en el andén y el vagón, como en el nudo de un intrincado intercambiador de tren.

Luego el metro llega estruendoso, abre sus puertas, y todos entran. Juntos, pero tremendamente lejanos. Y el metro cierra sus puertas tras ellos, cargado de burbujas de vidas.