Autor/a
Pacheno
Categoria
Relat lliure
Bus del Barri, te quiero.
El bus del barri parece una caja de fósforos sobre ruedas o como, si un niño lo hubiera construido con coloridos bloques de colores.
El de mi barrio tiene como misión recorrer una empinada cuesta hasta llegar a su punto de retorno y luego controlar la imponente pendiente del regreso, realizando ambos desafíos con total control.
Mientras tanto en su interior los vecinos muy confiados y tranquilos mantenemos nuestros habituales rituales de salutación e interés por nuestro estado anímico sin olvidar los obligatorios comentarios sobre el clima.
Es evidente que el bus del barri se convierte en un referente indispensable de la comunidad, como el caso de esa señora muy anciana, con muchos problemas de movilidad, muy cargada de bolsas plásticas que parecían contener comestibles, a quien ayudamos a acceder al bus en una de las terminales, con destino hacia la parte alta de la ciudad.
Una vez que la buena señora estuvo acomodada en su asiento y sus bolsos a buen resguardo, después de agradecernos, suponiendo que nuestros rostros delataban una cierta curiosidad, comenzó a relatar en voz alta detalles de su situación.
Que tenia 92 años, que vivía sola, en una calle empinada en lo alto del camino, que además debía entrar a su casa subiendo una escalera no muy larga, pero eterna para ella.
también nos contó, que como sus ingresos eran muy limitados necesitaba recoger alimentos y artículos de limpieza en un centro comunitario que quedaba justamente en el punto de retorno del bus en la parte baja de la ciudad, algo que a medida que cumplía años se volvía mas complicado.
Así que sus solidarios vecinos de muchos años le propusieron que una vez por semana, coordinando una misma hora, con los horarios del bus del barri, ella viajara a retirar las viandas y alguno de ellos por turno, la esperarían en su parada, para ayudarla a subir los bolsos a su casa.
El relato no fue lineal porque la emoción obligo a que la anciana señora, cada tanto lo interrumpiera para secar sus ojos con un arrugado pañuelito, mientras todos nosotros lo hacíamos con nuestros higiénicos papeles de papel, aunque en todo caso se trataba del mismo sentimiento.
Un sentimiento mezcla de ternura, compasión y gratitud, hacia todos los integrantes de la historia.
Ternura y compasión por la señora luchadora, admiración por los comprometidos vecinos y gratitud por la existencia del bus del barri, que seguramente en su pocos y pequeños asientos esconde muchas y más grandes historias.
El de mi barrio tiene como misión recorrer una empinada cuesta hasta llegar a su punto de retorno y luego controlar la imponente pendiente del regreso, realizando ambos desafíos con total control.
Mientras tanto en su interior los vecinos muy confiados y tranquilos mantenemos nuestros habituales rituales de salutación e interés por nuestro estado anímico sin olvidar los obligatorios comentarios sobre el clima.
Es evidente que el bus del barri se convierte en un referente indispensable de la comunidad, como el caso de esa señora muy anciana, con muchos problemas de movilidad, muy cargada de bolsas plásticas que parecían contener comestibles, a quien ayudamos a acceder al bus en una de las terminales, con destino hacia la parte alta de la ciudad.
Una vez que la buena señora estuvo acomodada en su asiento y sus bolsos a buen resguardo, después de agradecernos, suponiendo que nuestros rostros delataban una cierta curiosidad, comenzó a relatar en voz alta detalles de su situación.
Que tenia 92 años, que vivía sola, en una calle empinada en lo alto del camino, que además debía entrar a su casa subiendo una escalera no muy larga, pero eterna para ella.
también nos contó, que como sus ingresos eran muy limitados necesitaba recoger alimentos y artículos de limpieza en un centro comunitario que quedaba justamente en el punto de retorno del bus en la parte baja de la ciudad, algo que a medida que cumplía años se volvía mas complicado.
Así que sus solidarios vecinos de muchos años le propusieron que una vez por semana, coordinando una misma hora, con los horarios del bus del barri, ella viajara a retirar las viandas y alguno de ellos por turno, la esperarían en su parada, para ayudarla a subir los bolsos a su casa.
El relato no fue lineal porque la emoción obligo a que la anciana señora, cada tanto lo interrumpiera para secar sus ojos con un arrugado pañuelito, mientras todos nosotros lo hacíamos con nuestros higiénicos papeles de papel, aunque en todo caso se trataba del mismo sentimiento.
Un sentimiento mezcla de ternura, compasión y gratitud, hacia todos los integrantes de la historia.
Ternura y compasión por la señora luchadora, admiración por los comprometidos vecinos y gratitud por la existencia del bus del barri, que seguramente en su pocos y pequeños asientos esconde muchas y más grandes historias.