Autor/a
Mickey Haller
Categoria
Relat persones traballadores de TMB
Can See Clearly Now
Un… suave.
Dos… sensual.
Tres… contagioso.
Cuatro… soul.
Lleva el ritmo con el pie. Sube el sonido de su walkman. Mira al suelo.
Como un escalofrío imparable, la música asciende sin prisa, por las rodillas hasta las caderas.
No quiere bailar. No puede bailar. Se contiene.
El ombligo se convierte en centro de expansión.
Es el piano.
Es el bajo.
Es la batería marcando el compás.
Es el alma de la cantante que le sube por la espalda.
Le erizan la piel. Le suben hasta la nuca.
Y se deja llevar.
Cierra los ojos. Sonríe.
Mueve la cabeza. Mueve los labios.
Nadie escucha su voz.
La música fluye.
Sin dejar de mover los labios, abre los ojos un instante para saber cuántas estaciones le quedan hasta su destino.
Las miradas se cruzan. Rubor en la cara.
Alguien que se esconde tras un libro observa su momento de éxtasis. Sonríe, asiente y se prepara para bajar del vagón.
Aquel primer encuentro se convierte en una deseada rutina. Cada mañana, un baile de miradas al son de música invisible inunda el vagón de metro. Y nadie más lo sabe.
Pasa las páginas del libro con cuidado, hace anotaciones en los márgenes a lápiz, mira al techo, asiente, vuelve la página, revisa lo leído, busca entre la gente aquellos labios que susurran palabras de amor en silencio. Sonríe cuando los encuentra. Asiente, parece que sigue el ritmo de la música. ¿Se lo está imaginando? ¿Están bailando? Anota algo en el libro. Sonríen, cantan, leen.
No pasó más de un mes.
Quizás fue la música, quizás el amor. Se acerca sin miedo entre la gente, al compás del soul, como si una banda sonora le diera fuerzas. El cuerpo tiembla. Saca un marcapáginas casero, con notas musicales dibujadas y con su número de teléfono anotado a bolígrafo.
Su presencia es arrebatadora. Su boca canta en silencio, como un susurro. Sonríe sin dejar de mover la cabeza al compás de un soul ligero.
Un… suave.
Dos… sensual.
Tres… soul.
Cuatro… contagioso.
Acepta el regalo, lo lee, se sonroja, le devuelve la sonrisa y contraataca con una cinta de casete de 90 minutos con lo mejor del soul y una nota:
Gracias. No sabía lo que era la música hasta que te conocí. La cinta me la grabó un amigo.
Cierra el libro. En la portada se puede leer el título: “El arte de leer los labios.”
Se pasaron la parada. No se dijeron nada. Se miraron como idiotas.
De eso hace treinta y cinco años.
Ahora siguen moviéndose en metro. Lo hacen para ir a trabajar o porque tan solo quieren estar juntos de nuevo en el lugar en el que se conocieron; la felicidad está en los detalles. Cualquier excusa es buena. Ya no es un walkman, es Spotify, pero la música le hace mover los labios en silencio con la misma pasión. Apoya la cabeza en su hombro, sube el volumen, fisga lo que está leyendo. Los libros siguen siendo de papel y el vicio de anotar en los márgenes continúa. Nunca ha oído una sola nota. Aun así, sabe exactamente cuándo empieza el soul.
La música fluye. Las letras bailan. El metro avanza. La canción también.
Dos… sensual.
Tres… contagioso.
Cuatro… soul.
Lleva el ritmo con el pie. Sube el sonido de su walkman. Mira al suelo.
Como un escalofrío imparable, la música asciende sin prisa, por las rodillas hasta las caderas.
No quiere bailar. No puede bailar. Se contiene.
El ombligo se convierte en centro de expansión.
Es el piano.
Es el bajo.
Es la batería marcando el compás.
Es el alma de la cantante que le sube por la espalda.
Le erizan la piel. Le suben hasta la nuca.
Y se deja llevar.
Cierra los ojos. Sonríe.
Mueve la cabeza. Mueve los labios.
Nadie escucha su voz.
La música fluye.
Sin dejar de mover los labios, abre los ojos un instante para saber cuántas estaciones le quedan hasta su destino.
Las miradas se cruzan. Rubor en la cara.
Alguien que se esconde tras un libro observa su momento de éxtasis. Sonríe, asiente y se prepara para bajar del vagón.
Aquel primer encuentro se convierte en una deseada rutina. Cada mañana, un baile de miradas al son de música invisible inunda el vagón de metro. Y nadie más lo sabe.
Pasa las páginas del libro con cuidado, hace anotaciones en los márgenes a lápiz, mira al techo, asiente, vuelve la página, revisa lo leído, busca entre la gente aquellos labios que susurran palabras de amor en silencio. Sonríe cuando los encuentra. Asiente, parece que sigue el ritmo de la música. ¿Se lo está imaginando? ¿Están bailando? Anota algo en el libro. Sonríen, cantan, leen.
No pasó más de un mes.
Quizás fue la música, quizás el amor. Se acerca sin miedo entre la gente, al compás del soul, como si una banda sonora le diera fuerzas. El cuerpo tiembla. Saca un marcapáginas casero, con notas musicales dibujadas y con su número de teléfono anotado a bolígrafo.
Su presencia es arrebatadora. Su boca canta en silencio, como un susurro. Sonríe sin dejar de mover la cabeza al compás de un soul ligero.
Un… suave.
Dos… sensual.
Tres… soul.
Cuatro… contagioso.
Acepta el regalo, lo lee, se sonroja, le devuelve la sonrisa y contraataca con una cinta de casete de 90 minutos con lo mejor del soul y una nota:
Gracias. No sabía lo que era la música hasta que te conocí. La cinta me la grabó un amigo.
Cierra el libro. En la portada se puede leer el título: “El arte de leer los labios.”
Se pasaron la parada. No se dijeron nada. Se miraron como idiotas.
De eso hace treinta y cinco años.
Ahora siguen moviéndose en metro. Lo hacen para ir a trabajar o porque tan solo quieren estar juntos de nuevo en el lugar en el que se conocieron; la felicidad está en los detalles. Cualquier excusa es buena. Ya no es un walkman, es Spotify, pero la música le hace mover los labios en silencio con la misma pasión. Apoya la cabeza en su hombro, sube el volumen, fisga lo que está leyendo. Los libros siguen siendo de papel y el vicio de anotar en los márgenes continúa. Nunca ha oído una sola nota. Aun así, sabe exactamente cuándo empieza el soul.
La música fluye. Las letras bailan. El metro avanza. La canción también.