Autor/a
Capitán Cocoricó
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Crónica desde la línea D50

Yo los observaba desde el interior del autobús D50 durante el medio minuto en que el semáforo lo mantenía detenido.

Él, casado con su primera novia nunca pretendió buscar algo diferente a lo que conocía en su casa. Como toda riqueza interior le concedí, al menos, cierta curiosidad por querer saber cómo se comportaban el resto de los hombres en sus costumbres sexuales.

De ella sí conocía su nombre. En los puestos del mercado, oí que la llamaban Felisa. Supe que llevaba viuda seis meses. Su ausencia de maquillaje delataba una tristeza crónica sin mucha intención de ser reparada. Le atribuí otra vida gris, sin relevancia.

Pero con ella me equivoqué.

Me di cuenta de mi error en los días sucesivos, cuando compartiendo el mismo autobús de vuelta a casa, la veía abrir los ojos con una expresión de pasmo, en el momento en que se posaban en el rostro del hombre. Sopesé la posibilidad de un flechazo.

Este hombre bajito, regordete y mediocre, era el vivo retrato de su marido y su presencia conseguía hacerle evocar las noches tranquilas de un sexo casi artesanal que sábado tras sábado le brindaba su marido.

Con el tiempo observé que Felisa ya no se subía en la misma parada. Ahora salía a comprar media hora antes y caminaba arrastrando su carro hasta la parada donde él esperaba y poder así mirarlo con disimulo. Luego le cedía el paso en la puerta del bus y lo seguía hasta donde él se quisiera colocar para acercarse a su lado y agarrarse a la misma barra. Su intención era provocar un roce de manos, un fingido empujón tras un frenazo.

Una mañana la vi más atrevida que nunca. Quizás aquella noche había soñado con las manos de él agarradas a la barra del bus cerca de las suyas, a las que imaginaba con el mismo tacto algo rudo como las de su marido cuando la acariciaba en el sofá mientras la preparaba para hacerle el amor, siempre en sábado, siempre después de ver la tele. El caso es que esa mañana la vi sentarse junto a él y claramente noté su pierna abrirse para rozarse con la de él. Por fin, ella le habló nerviosa:

--Perdone que me dirija a usted, pero es que me recuerda tanto a mi marido. Son como dos gotas de agua.

Ahora sí, él la miró a los ojos sin saber qué contestar.

El final se lo pueden imaginar. Nunca se pareció a un amor de película. Me gusta pensar que un día, Felisa invitó a Carmelo a su casa. Quiero creer que ella le contaría la manera en que sus manos se le habían aparecido en sueños y cómo le habría gustado comprobar si esas manos sabían recorrer su cuerpo de la misma manera que lo recorrían las de David, si la agarraban del culo con la misma fortaleza, si sabían enredarse en su pelo de la misma manera. Imagino, cómo a última hora de la tarde, le diría, tras los primeros besos, que si no le importaba que lo llamara David, que la acariciara con las yemas de los dedos recorriendo los mismos senderos de su cuerpo como lo hacía David, que moviera sus caderas sobre ella con la lentitud precisa como hacía David. Me gusta pensar que a Carmelo le venían bien esas indicaciones que le obligaban a ser otro y poder ocultar así su inseguridad o su torpeza. A partir de ese día, Carmelo supo cómo otro hombre desarrolló una escuela muy útil para que una mujer, y solo una, se sintiera realizada todos los sábados por la noche después de ver la tele.