Autor/a
Laura Tejero
Categoria
Relat lliure
Despedida
Miraba por la ventana las gotas caer sin saber dónde me dirigía. Me sentía flotando sin capacidad para hacer nada más que mirar por la ventana: sin pensamientos, sin objetivos, sin nada por lo que vivir. Veía las gotas caer una tras otra empapando todo lo que tocaban. Parecía una escena a cámara lenta: la gota chocaba con la baldosa y se convertía en miles de gotas diminutas que volvían a golpear el suelo.
No tenía ningún plan, solo viajar. Viajar para desaparecer y dejar de sufrir. Sufrir por un dolor que jamás había conocido. Mis lágrimas caían igual que la lluvia, una tras otra, sin parecer tener fin.
Salí de mi letargo cuando se abrieron las puertas del autobús y se sentó frente a mí. Con un gesto suave, me regaló una sonrisa que me dio calma y serenidad. Respondí sin pensarlo.
Me miraba fijamente y no podía apartar la vista de esos ojos negros que me hipnotizaban. Eran los mismos ojos que me calmaban cuando no era más que una niña pidiéndole que me envolviera en sus cálidos abrazos. Y allí mismo, cerré los ojos y sentí ese abrazo caliente y protector que calmó mi ser. Olí su cuello, su cabello negro y rizado que resbalaba y se metía en mi nariz. Aspiré hondo y mis lágrimas cesaron. Sentí el corazón lleno de amor donde antes solo había desconsuelo.
Me cogió de los hombros, nos separó con delicadeza y me dijo que fuera fuerte, que ya todo había terminado y que estaba en paz. Que había sido muy feliz conmigo. Que fui el mejor regalo de su vida. Me abrazó de nuevo y besó mi mejilla con sus cálidos y húmedos labios que tantas veces había hecho antes.
Se levantó y caminó hacia la puerta abierta del autobús. Antes de bajar, escuché sus últimas palabras:
-Te quiero, mi vida.
Adiós, mamá.
No tenía ningún plan, solo viajar. Viajar para desaparecer y dejar de sufrir. Sufrir por un dolor que jamás había conocido. Mis lágrimas caían igual que la lluvia, una tras otra, sin parecer tener fin.
Salí de mi letargo cuando se abrieron las puertas del autobús y se sentó frente a mí. Con un gesto suave, me regaló una sonrisa que me dio calma y serenidad. Respondí sin pensarlo.
Me miraba fijamente y no podía apartar la vista de esos ojos negros que me hipnotizaban. Eran los mismos ojos que me calmaban cuando no era más que una niña pidiéndole que me envolviera en sus cálidos abrazos. Y allí mismo, cerré los ojos y sentí ese abrazo caliente y protector que calmó mi ser. Olí su cuello, su cabello negro y rizado que resbalaba y se metía en mi nariz. Aspiré hondo y mis lágrimas cesaron. Sentí el corazón lleno de amor donde antes solo había desconsuelo.
Me cogió de los hombros, nos separó con delicadeza y me dijo que fuera fuerte, que ya todo había terminado y que estaba en paz. Que había sido muy feliz conmigo. Que fui el mejor regalo de su vida. Me abrazó de nuevo y besó mi mejilla con sus cálidos y húmedos labios que tantas veces había hecho antes.
Se levantó y caminó hacia la puerta abierta del autobús. Antes de bajar, escuché sus últimas palabras:
-Te quiero, mi vida.
Adiós, mamá.