Autor/a
Kala
Categoria
Relat lliure
EL -55- “LA JARDINERA”
Recuerdo que cuando yo era niño, todo el mundo andaba en transporte público. Igual que ahora era el medio habitual para desplazarse. Pero La Jardinera era un tranvía singular, descubierto por los laterales y festivamente adornado con unos toldos a rayas azules y blancas. Verlo circular por la que entonces se llamaba Avenida del Marqués del Duero era para los niños sinónimo de verano, calor y vacaciones.
En los años sesenta, las familias no tenían muchas opciones para disfrutar los fines de semana, pero una de ellas, la que nos producía una enorme alegría, era ir de excursión a la playa de la Barceloneta.
Los que vivíamos en aquel barrio, el Pueblo Seco, teníamos la suerte de utilizar La Jardinera para viajar. Los domingos, temprano, nos apremiábamos en los preparativos: fiambreras con tortillas, bocadillos, agua, sombrillas y todo tipo de trastos para jugar y vivir con familiares y amigos la aventura de un día de playa.
En la parada del tranvía, los mayores y sobre todo los niños, no podíamos contener la excitación con la mirada fija en el horizonte hasta que veíamos aparecer la silueta del “55”, que venía de más allá de la Plaza de España haciendo sonar insistentemente una campana, ¡gong! ¡gong! ¡gong! que accionaba el conductor pisando un pedal. La gente se aglomeraba y había que despejar las vías para evitar accidentes.
La Jardinera venía muy cargada de pasajeros, pero nosotros íbamos a la playa y teníamos que hacernos sitio. Apretujados y sudorosos, hacíamos todo el trayecto de pie protegidos por los padres, pero felices porque el premio iba a merecer la pena.
La mañana en la playa transcurría entre juegos, saltos en el agua y las llamadas de las madres para que no molestásemos a los demás bañistas, hasta el momento esperado de la comida, en la que casi siempre tocaba tortilla con algo de arena, una fruta y muchas risas. Luego, nuestra insistencia para volver a bañarnos que siempre encontraba la negativa de nuestros padres, para que “no se nos cortara la digestión”.
Cuando atardecía y el sol perdía fuerza, se acercaba el momento de recoger todos los bártulos, pero aún quedaba la ilusión de un nuevo trayecto de vuelta en La Jardinera que, ahora sí, podríamos disfrutar sentados en bancos de madera, sacando los brazos y alguna pierna por los laterales descubiertos. Era la ventaja de tomarlo al inicio de trayecto, en la parada de la Barceloneta. Allí no dejaba de sorprendernos la habilidad de los conductores manipulando la pértiga del tranvía para conectarla al cable de la electricidad en el cambio de sentido de la marcha.
El día se acercaba a su fin y las familias, con sus bolsas y sombrillas regresábamos a casa. Los niños felices, y los padres pensando en la dura semana que les esperaba, pues la rutina y las necesidades les hacían conjugar con angustia el verbo faltar antes que tener.
Mientras tanto, La Jardinera se iba alejando avenida arriba, en busca de nuevos aventureros. En nuestros oídos seguía sonando el ¡gong! ¡gong! ¡gong! de la campana que anunciaba su marcha.
En los años sesenta, las familias no tenían muchas opciones para disfrutar los fines de semana, pero una de ellas, la que nos producía una enorme alegría, era ir de excursión a la playa de la Barceloneta.
Los que vivíamos en aquel barrio, el Pueblo Seco, teníamos la suerte de utilizar La Jardinera para viajar. Los domingos, temprano, nos apremiábamos en los preparativos: fiambreras con tortillas, bocadillos, agua, sombrillas y todo tipo de trastos para jugar y vivir con familiares y amigos la aventura de un día de playa.
En la parada del tranvía, los mayores y sobre todo los niños, no podíamos contener la excitación con la mirada fija en el horizonte hasta que veíamos aparecer la silueta del “55”, que venía de más allá de la Plaza de España haciendo sonar insistentemente una campana, ¡gong! ¡gong! ¡gong! que accionaba el conductor pisando un pedal. La gente se aglomeraba y había que despejar las vías para evitar accidentes.
La Jardinera venía muy cargada de pasajeros, pero nosotros íbamos a la playa y teníamos que hacernos sitio. Apretujados y sudorosos, hacíamos todo el trayecto de pie protegidos por los padres, pero felices porque el premio iba a merecer la pena.
La mañana en la playa transcurría entre juegos, saltos en el agua y las llamadas de las madres para que no molestásemos a los demás bañistas, hasta el momento esperado de la comida, en la que casi siempre tocaba tortilla con algo de arena, una fruta y muchas risas. Luego, nuestra insistencia para volver a bañarnos que siempre encontraba la negativa de nuestros padres, para que “no se nos cortara la digestión”.
Cuando atardecía y el sol perdía fuerza, se acercaba el momento de recoger todos los bártulos, pero aún quedaba la ilusión de un nuevo trayecto de vuelta en La Jardinera que, ahora sí, podríamos disfrutar sentados en bancos de madera, sacando los brazos y alguna pierna por los laterales descubiertos. Era la ventaja de tomarlo al inicio de trayecto, en la parada de la Barceloneta. Allí no dejaba de sorprendernos la habilidad de los conductores manipulando la pértiga del tranvía para conectarla al cable de la electricidad en el cambio de sentido de la marcha.
El día se acercaba a su fin y las familias, con sus bolsas y sombrillas regresábamos a casa. Los niños felices, y los padres pensando en la dura semana que les esperaba, pues la rutina y las necesidades les hacían conjugar con angustia el verbo faltar antes que tener.
Mientras tanto, La Jardinera se iba alejando avenida arriba, en busca de nuevos aventureros. En nuestros oídos seguía sonando el ¡gong! ¡gong! ¡gong! de la campana que anunciaba su marcha.