Autor/a
Julia
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

El Abrazo

El bus olía a humedad, como lo hace a menudo en días de lluvia, el piso estaba manchado de huellas de agua y en el aire se escuchaban el llanto de un bebe, la música de fondo de algún video de instagram y la conversación de dos adolescentes que parecían hablar en código propio.
A mí me encantaba imaginar las historias de las personas con las que me topaba en el bus. Hilaba cuentos en mi cabeza y los entintaba en el cuaderno que siempre llevo en mi cartera para desarrollarlos más después. A veces incluso era esa persona incómoda que inicia conversaciones con el pasajero de al lado, porque la curiosidad ya no aguanta más el silencio y necesita ver si la realidad supera la ficción.
Pero, últimamente ya no tenía ganas de hacer esto ni muchas otras cosas más. A pesar de tener una vida privilegiada, esa emoción se me había ido apagando poco a poco. Era una sensación como cuando le pedis algo mucho a papa noel y después te trae un monton de cosas pero ninguna es esa que realmente querías. Estás agradecida pero no emocionada. Me había empezado a subir al bus en modo ausente, desconectada de mi alrededor, sólo contando los minutos entre trayectos.
Hoy en particular, miraba fijamente hacia la pantalla que marcaba las paradas. Mi línea de pensamiento onduló más de lo habitual y empezó a centrarse en la finitud y la monotonía de la vida. Sentí una agonía punzante, una ansiedad aguda. ¿Será normal pensar esto o me estaré convirtiendo en una mujer amargada?, pensé.
Ya próxima a mi parada, me paré junto a la puerta. Sentí a alguien ponerse detrás de mi y giré en un reflejo automático a ver quién estaba ahí. Era un chico joven, vestía de jeans y una sudadera ambas azul marino, estaba bien arreglado pero se percibía tembloroso y ansioso. Volteé nuevamente hacia la puerta. Podía sentir el eco de sus piernas haciendo tapping en el piso y su respiración agitada. Su perfume, que parecía recién puesto, hacía alquimia con el olor a humedad del colectivo. Está muy apurado pensé.
Al abrirse las puertas fui la primera en salir. Inmediatamente después, el chico salió como avalancha hacia los brazos de una chica rubia que lo esperaba justo debajo del escalón. No se besaron, sólo se abrazaron pero el abrazo fue lo más íntimo que yo había visto en mucho tiempo. Empezó como un enlace de brazos entrelazados a la altura de la espalda alta con sus cabezas siamesas orientadas en dirección opuesta. Lentamente se abrió paso a un abrazo de texturas, de manos sobre la sien y sobre el cuello y sobre las mejillas, de brazos que bajaban como subibajas por las espaldas del uno y el otro. Y por unos segundos disfruté un cortometraje hermoso bailó por mi mente y sentí alegría. Seguí caminando y al cruzar a la siguiente esquina volteé y vi que el abrazo no cesaba. Era como si estuviese detenido en el tiempo, con un escudo impenetrable a todo lo que sucedía a su alrededor.
Sentí como si hubiese visto el infinito en un instante porque parecía que ese deseo, esa impacientez de juntar sus cuerpos no fuese a tener fin. ¿Cuánto tiempo habrá pasado desde que se vieron?, pensé. Y me imaginé que quizás sólo habían pasado pocas horas y la imagen en mi mente se embelleció aún más y mi cara empezó a sonreir.
Y como si esa imagen hubiese sido primavera, empezaron a brotar retoños en mi interior llenos de emoción, y me surgieron una ganas enormes de continuar regándolos con gotas, o quizás algún día nuevamente cascadas, de imaginación.