Autor/a
Aitana Giiu Domenech
Categoria
Relat escolar
Subcategoria
De 8 a 12 anys
Centre escolar
Escola Gaia
El Bailarín
Yo solo iba al metro un lunes cualquiera para ir al trabajo.
Ese día, mi mujer iba a hacer espaguetis para comer y quería adelantar curro, por eso fui tan pronto al trabajo. Al entrar, oí que alguien tocaba música alegre que parecía haber salido de un musical. Bajé muy rápido las escaleras para no perderme esa musiquita... La música provenía de la línea “L5”, la mía. Corrí por el pasillo, la música me gustaba cada vez más, era fascinante. Al llegar me decepcioné un poco, no había un músico profesional tocando allí, no. Solo había un muchacho que se hacía pasar por bailarín, era flacucho, patoso y feo. Lo hacía fatal y la maravillosa música mía era un radiocasete de no sé quién. La verdad, me dio pena y le tiré una monedita, tan solo una monedita. El chico miró el sombrero que contenía la moneda. Me sorprendió porque no se echó a llorar, no. Solo se le dibujó una enorme sonrisa. De repente lo entendí, era su comienzo, el comienzo de su nueva vida como bailarín, estaría llena de curvas, pero también con maravillas exclusivas. Ese día me fui muy contento a trabajar, con una enorme sonrisa y la corbata bien colocadita, porque ese día había aprendido algo importante: que con solo un gesto de amabilidad puedes cambiar tu vida y la de los demás.
Ese día, mi mujer iba a hacer espaguetis para comer y quería adelantar curro, por eso fui tan pronto al trabajo. Al entrar, oí que alguien tocaba música alegre que parecía haber salido de un musical. Bajé muy rápido las escaleras para no perderme esa musiquita... La música provenía de la línea “L5”, la mía. Corrí por el pasillo, la música me gustaba cada vez más, era fascinante. Al llegar me decepcioné un poco, no había un músico profesional tocando allí, no. Solo había un muchacho que se hacía pasar por bailarín, era flacucho, patoso y feo. Lo hacía fatal y la maravillosa música mía era un radiocasete de no sé quién. La verdad, me dio pena y le tiré una monedita, tan solo una monedita. El chico miró el sombrero que contenía la moneda. Me sorprendió porque no se echó a llorar, no. Solo se le dibujó una enorme sonrisa. De repente lo entendí, era su comienzo, el comienzo de su nueva vida como bailarín, estaría llena de curvas, pero también con maravillas exclusivas. Ese día me fui muy contento a trabajar, con una enorme sonrisa y la corbata bien colocadita, porque ese día había aprendido algo importante: que con solo un gesto de amabilidad puedes cambiar tu vida y la de los demás.