Autor/a
Ana87
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

El calor que no se vé

Cada vez que me subo a un autobús me viene, sin querer, la misma pregunta:¿qué tipo de personas me voy a encontrar hoy?
Me encanta subirme en el autobús o en el metro y ver los diferentes tipos de personas que suben y bajan, se choca y se cruza sin mirarse, cede el asiento, comparte espacio durante el tiempo que dure su trayecto y luego desaparece.
Dos veces a la semana los lunes y los miércoles mientras esperaba el autobús para ir a la EOI, coincidía siempre con la misma mujer. Tendría unos setenta años. Nunca hablábamos. Solo nos sonreíamos.
Un día que hacía frío, mientras esperábamos le miré y me fijé que tenía las manos descubiertas y le dije, mejor ponga las manos en los bolsillos que es lo que más rápido se enfría, sonrió y me hizo caso.
Entonces me contó menos mal que había dejado la calefacción encendida para cuando volviera a casa encontrarla calentita y le dije que eso había sido muy buena idea, porque la sensación de entrar en casa y notarla calentita es de las mejores.
Nos bajamos en la misma parada, ella a jugar juegos de mesa y yo a la EOI, la estuve viendo un par de meses. Y de repente, dejó de verla, pasaron semanas y luego meses.
Hasta que un día la vi dentro del autobús, otro día de la semana, en otro horario. Me alegré muchísimo. Le pregunté cómo estaba.
Me contó que había estado ingresada, que había estado bastante enferma que ahora vivía en un centro donde la cuidaban, porque no tenía a nadie y ya no podía vivir sola, la miré y le pregunté si podía darle un abrazo. Montse asintió sonriendo.
Le dije que si ella quería podría ir a visitarle de vez en cuando y eso le puso muy contenta. Me emocioné porque lo que me contó Montse me hizo recordar al mensaje de las marquesinas en las paradas de autobús y en el metro, de la soledad no escogida;
Y entendí que a veces, el calor no viene de la calefacción de casa, sino de alguien que te mira, te reconoce y te pregunta cómo estás.
A Montse le quise mimar, solo quise darle un poco de ese calor. El mismo que ella sentía al abrir la puerta de su casa y encontrarla calentita.

Ana