Autor/a
Lletres viatgeres
Categoria
Relat escolar
Subcategoria
De 8 a 12 anys
Centre escolar
Institució Igualada
El despiste
José siempre iba en bus para ir al colegio. Iba a un instituto situado en el centro de Barcelona. Se levantaba a las 6:00 de la mañana porque vivía en Sant Vicenç dels Horts, un pequeño pueblo al lado de Barcelona. Tenía que coger la línea de bus E 20 para llegar a tiempo al colegio. José tenía una hora de trayecto. Cada día en la parada del bus se encontraba con su amigo Ramón, juntos iban al instituto.
Un día los amigos fueron más temprano a la parada porque tenían una excursión. Los muchachos iban más cansados de lo normal. Durante el trayecto se durmieron y, cuando se despertaron, estaban en la cochera de los buses. Cuando miraron por la ventana vieron muchos buses aparcados, pero no eran como los de antes sino mucho más modernos. En el pasillo del bus había un robot limpiando los asientos y el suelo. Los amigos pensaron en despistar al robot para poder salir de allí, pero cuando lo iban a conseguir sonó la alarma de la cochera y todas las puertas del autobús se cerraron y ellos quedaron atrapados. Rompieron el cristal y se fueron corriendo hasta el local más cercano, era un bar. El local estaba lleno de gente, se dirigieron hacia un anciano para preguntarle en qué año estaban. El viejo, sin atender a su pregunta, dijo que se parecían a unos viejos amigos que iban con él al instituto. Los niños, sin interés a la pregunta de antes, le siguieron la conversación y le preguntaron a qué instituto iba cuando era joven y él dijo que iba a uno del centro de Barcelona y que sus amigos del alma se llamaban José y Ramón. También les contó que cada día cogían el bus para llegar al instituto, pero recordaba un día que iban de excursión y no llegaron. El señor lo explicaba todavía muy extrañado porque José y Ramón nunca fallaban y eran de esos que nunca se saltaban ni una aventura. Los niños se quedaron de piedra al saber eso y no supieron qué responder , finalmente, le preguntaron al viejo si podían ir a su casa y éste, contento, dijo que sí.
Cuando llegaron a casa del hombre, fueron al desván y el anciano les enseñó una máquina del tiempo que construyó. Los niños impresionados le explicaron toda la verdad al viejo. Ahora todos se habían reencontrado. El anciano era Julián, su amigo del instituto. Entonces pudieron reconocer los ojos avispados de su amigo entre las arrugas de su cara y la barba blanca.
El viejo sin pensárselo se fue hacia el desván para poner en marcha la máquina, pero los niños lo impidieron cortando los cables de la máquina. Querían estar más rato con él. El viejo, un poco asustado por lo que podía pasar en aquel momento y porque acababan de cortar los cables, pensó que iba a explotar, pero al final no pasó nada.
Los niños, preocupados, le pidieron perdón por lo que habían hecho y por el desastre que podrían haber provocado. El viejo los perdonó y les pidió que le ayudaran a arreglar la máquina y los muchachos asistieron. Mientras lo hacía, estaba anocheciendo, así que se repartieron las tareas: a José le tocó cocinar, a Ramón le tocó poner la mesa, mientras que el viejo aún arreglaba la máquina. Después de cenar ya era tarde y los niños y el viejo se fueron a dormir temprano porque por la mañana, los niños tendrían que recorrer un viaje al pasado, su presente hasta hacía pocas horas.
Al día siguiente los niños se despidieron del viejo amigo para reencontrar al amigo del pasado. Cuando los niños llegaron a la época indicada era de noche, así que cada uno se fue a su casa para emprender el futuro.
Un día los amigos fueron más temprano a la parada porque tenían una excursión. Los muchachos iban más cansados de lo normal. Durante el trayecto se durmieron y, cuando se despertaron, estaban en la cochera de los buses. Cuando miraron por la ventana vieron muchos buses aparcados, pero no eran como los de antes sino mucho más modernos. En el pasillo del bus había un robot limpiando los asientos y el suelo. Los amigos pensaron en despistar al robot para poder salir de allí, pero cuando lo iban a conseguir sonó la alarma de la cochera y todas las puertas del autobús se cerraron y ellos quedaron atrapados. Rompieron el cristal y se fueron corriendo hasta el local más cercano, era un bar. El local estaba lleno de gente, se dirigieron hacia un anciano para preguntarle en qué año estaban. El viejo, sin atender a su pregunta, dijo que se parecían a unos viejos amigos que iban con él al instituto. Los niños, sin interés a la pregunta de antes, le siguieron la conversación y le preguntaron a qué instituto iba cuando era joven y él dijo que iba a uno del centro de Barcelona y que sus amigos del alma se llamaban José y Ramón. También les contó que cada día cogían el bus para llegar al instituto, pero recordaba un día que iban de excursión y no llegaron. El señor lo explicaba todavía muy extrañado porque José y Ramón nunca fallaban y eran de esos que nunca se saltaban ni una aventura. Los niños se quedaron de piedra al saber eso y no supieron qué responder , finalmente, le preguntaron al viejo si podían ir a su casa y éste, contento, dijo que sí.
Cuando llegaron a casa del hombre, fueron al desván y el anciano les enseñó una máquina del tiempo que construyó. Los niños impresionados le explicaron toda la verdad al viejo. Ahora todos se habían reencontrado. El anciano era Julián, su amigo del instituto. Entonces pudieron reconocer los ojos avispados de su amigo entre las arrugas de su cara y la barba blanca.
El viejo sin pensárselo se fue hacia el desván para poner en marcha la máquina, pero los niños lo impidieron cortando los cables de la máquina. Querían estar más rato con él. El viejo, un poco asustado por lo que podía pasar en aquel momento y porque acababan de cortar los cables, pensó que iba a explotar, pero al final no pasó nada.
Los niños, preocupados, le pidieron perdón por lo que habían hecho y por el desastre que podrían haber provocado. El viejo los perdonó y les pidió que le ayudaran a arreglar la máquina y los muchachos asistieron. Mientras lo hacía, estaba anocheciendo, así que se repartieron las tareas: a José le tocó cocinar, a Ramón le tocó poner la mesa, mientras que el viejo aún arreglaba la máquina. Después de cenar ya era tarde y los niños y el viejo se fueron a dormir temprano porque por la mañana, los niños tendrían que recorrer un viaje al pasado, su presente hasta hacía pocas horas.
Al día siguiente los niños se despidieron del viejo amigo para reencontrar al amigo del pasado. Cuando los niños llegaron a la época indicada era de noche, así que cada uno se fue a su casa para emprender el futuro.