Autor/a
Félix y yo
Categoria
Relat lliure
El mapa de las voces del metro
Mi trayecto diario en TMB no se mide en kilómetros, sino en acentos. Como castellanohablante, me he convertido en un espectador silencioso de la increíble metamorfosis que ocurre bajo el asfalto de Barcelona.
Todo empieza en la Línea 1, en la estación de Fondo. Allí, el andén es una Babel moderna. En el vagón rojo, el castellano se mezcla con el árabe, el urdu, el chino y el tagalo en una sinfonía de voces que vienen de todas partes menos de aquí. Es un hormiguero vibrante donde el mundo entero parece haberse citado para ir a trabajar. En Fondo, la identidad es múltiple y el aire huele a especias y a prisa. Es difícil escuchar una frase en catalán; la lengua allí es la supervivencia y la mezcla constante.
Sin embargo, cuando hago el transbordo y enfilo hacia la Línea 5, el paisaje sonoro empieza a cambiar. Es un degradado sutil, casi imperceptible al principio, hasta que el tren se detiene en Horta.
Al subir las escaleras mecánicas y salir a la superficie, en la Plaça d’Eivissa, la acústica da un vuelco de ciento ochenta grados. El estruendo políglota de la L1 desaparece. De repente, el aire se vuelve más pausado y las conversaciones cambian de frecuencia. Aquí, el catalán recupera su trono de forma natural. Lo escucho en el quiosquero que saluda con un "bon dia", en las señoras que charlan en los bancos de la plaza sobre el precio de la fruta y en los abuelos que ven pasar la vida con una calma que parece de otro siglo.
Es un contraste fascinante. He pasado de una frontera internacional subterránea a un rincón que todavía se siente como un pueblo, donde la gente del lugar se reconoce y se habla en su lengua de siempre.
Me siento en un banco de la plaza, rodeado de ese murmullo local tan distinto al caos de Fondo. Me guardo el billete en el bolsillo pensando en lo curioso que es que, en apenas veinte minutos de trayecto, el metro me haya permitido cruzar de la globalización más absoluta al corazón más íntimo de un barrio que se resiste a olvidar quién es.
Barcelona es eso: un hilo invisible que une el mundo entero con la Plaza de Eivissa. Y yo, mientras tanto, sigo escuchando, aprendiendo que cada parada tiene su propio idioma.
Todo empieza en la Línea 1, en la estación de Fondo. Allí, el andén es una Babel moderna. En el vagón rojo, el castellano se mezcla con el árabe, el urdu, el chino y el tagalo en una sinfonía de voces que vienen de todas partes menos de aquí. Es un hormiguero vibrante donde el mundo entero parece haberse citado para ir a trabajar. En Fondo, la identidad es múltiple y el aire huele a especias y a prisa. Es difícil escuchar una frase en catalán; la lengua allí es la supervivencia y la mezcla constante.
Sin embargo, cuando hago el transbordo y enfilo hacia la Línea 5, el paisaje sonoro empieza a cambiar. Es un degradado sutil, casi imperceptible al principio, hasta que el tren se detiene en Horta.
Al subir las escaleras mecánicas y salir a la superficie, en la Plaça d’Eivissa, la acústica da un vuelco de ciento ochenta grados. El estruendo políglota de la L1 desaparece. De repente, el aire se vuelve más pausado y las conversaciones cambian de frecuencia. Aquí, el catalán recupera su trono de forma natural. Lo escucho en el quiosquero que saluda con un "bon dia", en las señoras que charlan en los bancos de la plaza sobre el precio de la fruta y en los abuelos que ven pasar la vida con una calma que parece de otro siglo.
Es un contraste fascinante. He pasado de una frontera internacional subterránea a un rincón que todavía se siente como un pueblo, donde la gente del lugar se reconoce y se habla en su lengua de siempre.
Me siento en un banco de la plaza, rodeado de ese murmullo local tan distinto al caos de Fondo. Me guardo el billete en el bolsillo pensando en lo curioso que es que, en apenas veinte minutos de trayecto, el metro me haya permitido cruzar de la globalización más absoluta al corazón más íntimo de un barrio que se resiste a olvidar quién es.
Barcelona es eso: un hilo invisible que une el mundo entero con la Plaza de Eivissa. Y yo, mientras tanto, sigo escuchando, aprendiendo que cada parada tiene su propio idioma.