Autor/a
Aya Najoui
Categoria
Relat lliure
El metro de Ápeiron
El frío recorría mi cuerpo como una corriente eléctrica. Mis dientes chocaban entre sí, marcando un ritmo casi melódico mientras caminaba. Me había quedado dormido en un banco y hacía unos minutos que había recuperado la consciencia. Las gotas gruesas de agua me golpeaban como balas de guerra, mientras que el viento hostil me empujaba para atrás a cada paso que daba. Aceleré el paso y divisé una estación de metro, concretamente la de Rocafort de la línea 1. No lo pensé y entré para poder resguardarme.
Bajé las escaleras como pude y llegué al vestíbulo principal. Un olor a cloaca quemó mis fosas nasales y no pude distinguir si venía del propio lugar o de mí mismo debido al tiempo que llevaba sin poder bañarme. La vida en la calle no permite tales lujos. Seguí caminando y divisé un túnel largo y oscuro en el lugar donde habitualmente están las máquinas validadoras. Extrañado, decidí seguir caminando. Me sentía atraído como un toro hacia la muleta, como si hubiera alguna especie de péndulo escondido que me hipnotizara. Mis pies anduvieron poseídos hasta llegar al andén. Había varias personas que me miraban fijamente mientras tomaba asiento. Sus ojos se clavaban en mí como si fuera un condenado a muerte en la plaza mayor. Me removí incómodo y respiré hondo, pero tan pronto lo hice, un ataque de tos me invadió. Notaba una presión en la garganta, una bola. Ignoré el malestar y me puse de pie tan pronto escuché una melodía. Esta venía del túnel y con ella apareció el tren que iba frenando hasta detenerse frente a mí. La música era deliciosamente dulce. Las notas musicales acariciaban mis tímpanos mientras que las puertas del transporte se abrieron. Un aire gélido astilló mi piel y, sin pensarlo, entré. Miré hacia atrás y las puertas se cerraron tan pronto estuve dentro. Las demás personas golpeaban desesperadas las puertas, mientras que sus lamentos taladraban mi cabeza y me observaban como si yo pudiera ser la solución a su agonía.
El metro arrancó y yo tomé asiento. Mi respiración hacía eco por todo el lugar. Era extraño. El vagón se sentía apagado y sin vida, como un cuerpo en putrefacción. Mi cuerpo se tambaleaba por el movimiento del vehículo, pero incluso este se sentía peculiar; casi como si estuviera navegando en un río de aguas salvajes. Miré hacia la pantalla y fruncí el ceño. Solo había un único destino llamado “la entrada de Ápeiron”. Los engranajes de mi cerebro chirriaban intentando entender la situación.
De pronto, un señor de piel arrugada y barba blanca se acercó con paso sereno. Traía un uniforme de revisor desgastado, como si estuviera envuelto en niebla. Mi cuerpo se tensó cuando se paró frente a mí. Él, sin decir palabra, extendió la mano y no tuve que pensar para saber lo que quería. Negué con la cabeza mientras sentía mi corazón en la garganta. No traía billete. Él sonrió y entonces señaló su boca. Extrañado, toqué mis labios y sentí un objeto extraño en ellos. Un sabor ahumado y metálico inundó mi boca y lentamente metí mis dedos, sacando una moneda dorada. Estaba viscosa y el señor sonrió aún más mientras el metro iba frenando. Me arrebató la moneda y las puertas se abrieron.
—Bienvenido a Ápeiron. El lugar donde las almas gozan del descanso eterno.
Las palabras se grabaron en mi cabeza mientras veía cómo él se tragaba mi moneda. Un manto de luz me abrazó el cuerpo mientras que unos cánticos me besaban en forma de bienvenida. Ahora entendía todo. Por fin podía descansar.
Bajé las escaleras como pude y llegué al vestíbulo principal. Un olor a cloaca quemó mis fosas nasales y no pude distinguir si venía del propio lugar o de mí mismo debido al tiempo que llevaba sin poder bañarme. La vida en la calle no permite tales lujos. Seguí caminando y divisé un túnel largo y oscuro en el lugar donde habitualmente están las máquinas validadoras. Extrañado, decidí seguir caminando. Me sentía atraído como un toro hacia la muleta, como si hubiera alguna especie de péndulo escondido que me hipnotizara. Mis pies anduvieron poseídos hasta llegar al andén. Había varias personas que me miraban fijamente mientras tomaba asiento. Sus ojos se clavaban en mí como si fuera un condenado a muerte en la plaza mayor. Me removí incómodo y respiré hondo, pero tan pronto lo hice, un ataque de tos me invadió. Notaba una presión en la garganta, una bola. Ignoré el malestar y me puse de pie tan pronto escuché una melodía. Esta venía del túnel y con ella apareció el tren que iba frenando hasta detenerse frente a mí. La música era deliciosamente dulce. Las notas musicales acariciaban mis tímpanos mientras que las puertas del transporte se abrieron. Un aire gélido astilló mi piel y, sin pensarlo, entré. Miré hacia atrás y las puertas se cerraron tan pronto estuve dentro. Las demás personas golpeaban desesperadas las puertas, mientras que sus lamentos taladraban mi cabeza y me observaban como si yo pudiera ser la solución a su agonía.
El metro arrancó y yo tomé asiento. Mi respiración hacía eco por todo el lugar. Era extraño. El vagón se sentía apagado y sin vida, como un cuerpo en putrefacción. Mi cuerpo se tambaleaba por el movimiento del vehículo, pero incluso este se sentía peculiar; casi como si estuviera navegando en un río de aguas salvajes. Miré hacia la pantalla y fruncí el ceño. Solo había un único destino llamado “la entrada de Ápeiron”. Los engranajes de mi cerebro chirriaban intentando entender la situación.
De pronto, un señor de piel arrugada y barba blanca se acercó con paso sereno. Traía un uniforme de revisor desgastado, como si estuviera envuelto en niebla. Mi cuerpo se tensó cuando se paró frente a mí. Él, sin decir palabra, extendió la mano y no tuve que pensar para saber lo que quería. Negué con la cabeza mientras sentía mi corazón en la garganta. No traía billete. Él sonrió y entonces señaló su boca. Extrañado, toqué mis labios y sentí un objeto extraño en ellos. Un sabor ahumado y metálico inundó mi boca y lentamente metí mis dedos, sacando una moneda dorada. Estaba viscosa y el señor sonrió aún más mientras el metro iba frenando. Me arrebató la moneda y las puertas se abrieron.
—Bienvenido a Ápeiron. El lugar donde las almas gozan del descanso eterno.
Las palabras se grabaron en mi cabeza mientras veía cómo él se tragaba mi moneda. Un manto de luz me abrazó el cuerpo mientras que unos cánticos me besaban en forma de bienvenida. Ahora entendía todo. Por fin podía descansar.