Autor/a
Rachel
Categoria
Relat lliure
El metro del tiempo
El metro del tiempo
El primer recuerdo que tuvo Daniel del metro no fue el ruido, ni la velocidad, ni
siquiera la oscuridad del túnel. Fue la mano de su abuelo.
Era una mano grande, áspera, llena de grietas como la tierra seca. Daniel tenía
cinco años y no entendía el mundo, pero entendía aquella mano. Significaba
seguridad. Significaba que todo estaba bien.
—Este es el corazón de la ciudad —le dijo su abuelo aquella mañana mientras
esperaban en el andén.
El aire olía a hierro, electricidad y algo más antiguo. El tren llegó con un rugido que
hizo vibrar el suelo, y Daniel sintió miedo. Apretó más fuerte la mano.
—No tengas miedo —dijo el abuelo—. El tiempo también hace ruido cuando pasa.
Daniel no entendió esa frase. No todavía.
Entraron al vagón. Las puertas se cerraron con un pitido suave, como un suspiro
mecánico. El tren comenzó a moverse, y la ciudad desapareció.
Durante años, ese trayecto se repitió muchas veces.
Su abuelo siempre lo llevaba en metro. Nunca en coche, nunca en taxi.
—Los coches no cuentan historias —decía—. El metro sí.
Daniel creció escuchando esas historias.
Historias de cuando el abuelo era joven y trabajaba en una fábrica. Historias de
cuando conoció a la abuela en un autobús de TMB, una tarde de lluvia, cuando
ella subió con el pelo mojado y los ojos cansados.
—Se sentó frente a mí —contaba—. No dijo nada. Pero supe que mi vida acababa
de empezar.
Daniel no sabía entonces que también había finales dentro de los comienzos.
Los años pasaron sin pedir permiso.
El abuelo envejeció poco a poco, como envejecen las montañas: sin que uno lo
note de un día para otro, pero inevitablemente.
Su mano seguía siendo grande, pero ya no tan fuerte.
Un día, en el metro, el abuelo se sentó.
Era la primera vez.
Daniel tenía doce años.
—Estoy un poco cansado —dijo el abuelo.
Solo eso.
Pero Daniel sintió algo extraño. Como si el mundo hubiera cambiado de sitio.
Ese fue el primer aviso.
El segundo llegó una mañana de invierno.
El asiento junto a Daniel estaba vacío.
El metro seguía moviéndose. La ciudad seguía respirando. La gente seguía
viviendo.
Pero su abuelo ya no estaba.
El tiempo había pasado. Y esta vez, Daniel sí había escuchado su ruido.
Durante mucho tiempo, dejó de usar el metro.
Prefería caminar. Prefería sentir el suelo firme bajo sus pies. Prefería creer que
podía detener el tiempo si no se movía demasiado rápido.
Pero el tiempo nunca se detiene.
A los dieciocho años, volvió al metro por necesidad.
Tenía que ir a la universidad.
El andén era el mismo. El ruido era el mismo. Incluso el olor era el mismo.
Pero él no lo era.
Se sentó junto a la ventana.
Por un instante, imaginó la mano de su abuelo junto a la suya.
No estaba.
Pero el recuerdo sí.
Y eso era suficiente.
Los años siguieron pasando.
Daniel se enamoró por primera vez en un autobús de TMB.
Ella se llamaba Clara.
Subió en la parada de siempre, con unos auriculares y un libro entre las manos.
Se sentó frente a él, igual que su abuela había hecho con su abuelo tantos años
atrás.
El tiempo no repite las cosas. Pero a veces rima.
Daniel la miró durante varios días antes de atreverse a hablarle.
—¿Qué estás leyendo? —preguntó al fin.
Clara levantó la vista.
Sonrió.
Y su vida volvió a empezar.
Pasaron años juntos.
Años de metros compartidos. Años de autobuses nocturnos. Años de estaciones
que se convirtieron en recuerdos.
Hablaron de todo.
Del futuro.
De los sueños.
Del miedo a envejecer.
—¿Crees que cambiaremos mucho? —preguntó Clara una vez, mientras el metro
avanza
El primer recuerdo que tuvo Daniel del metro no fue el ruido, ni la velocidad, ni
siquiera la oscuridad del túnel. Fue la mano de su abuelo.
Era una mano grande, áspera, llena de grietas como la tierra seca. Daniel tenía
cinco años y no entendía el mundo, pero entendía aquella mano. Significaba
seguridad. Significaba que todo estaba bien.
—Este es el corazón de la ciudad —le dijo su abuelo aquella mañana mientras
esperaban en el andén.
El aire olía a hierro, electricidad y algo más antiguo. El tren llegó con un rugido que
hizo vibrar el suelo, y Daniel sintió miedo. Apretó más fuerte la mano.
—No tengas miedo —dijo el abuelo—. El tiempo también hace ruido cuando pasa.
Daniel no entendió esa frase. No todavía.
Entraron al vagón. Las puertas se cerraron con un pitido suave, como un suspiro
mecánico. El tren comenzó a moverse, y la ciudad desapareció.
Durante años, ese trayecto se repitió muchas veces.
Su abuelo siempre lo llevaba en metro. Nunca en coche, nunca en taxi.
—Los coches no cuentan historias —decía—. El metro sí.
Daniel creció escuchando esas historias.
Historias de cuando el abuelo era joven y trabajaba en una fábrica. Historias de
cuando conoció a la abuela en un autobús de TMB, una tarde de lluvia, cuando
ella subió con el pelo mojado y los ojos cansados.
—Se sentó frente a mí —contaba—. No dijo nada. Pero supe que mi vida acababa
de empezar.
Daniel no sabía entonces que también había finales dentro de los comienzos.
Los años pasaron sin pedir permiso.
El abuelo envejeció poco a poco, como envejecen las montañas: sin que uno lo
note de un día para otro, pero inevitablemente.
Su mano seguía siendo grande, pero ya no tan fuerte.
Un día, en el metro, el abuelo se sentó.
Era la primera vez.
Daniel tenía doce años.
—Estoy un poco cansado —dijo el abuelo.
Solo eso.
Pero Daniel sintió algo extraño. Como si el mundo hubiera cambiado de sitio.
Ese fue el primer aviso.
El segundo llegó una mañana de invierno.
El asiento junto a Daniel estaba vacío.
El metro seguía moviéndose. La ciudad seguía respirando. La gente seguía
viviendo.
Pero su abuelo ya no estaba.
El tiempo había pasado. Y esta vez, Daniel sí había escuchado su ruido.
Durante mucho tiempo, dejó de usar el metro.
Prefería caminar. Prefería sentir el suelo firme bajo sus pies. Prefería creer que
podía detener el tiempo si no se movía demasiado rápido.
Pero el tiempo nunca se detiene.
A los dieciocho años, volvió al metro por necesidad.
Tenía que ir a la universidad.
El andén era el mismo. El ruido era el mismo. Incluso el olor era el mismo.
Pero él no lo era.
Se sentó junto a la ventana.
Por un instante, imaginó la mano de su abuelo junto a la suya.
No estaba.
Pero el recuerdo sí.
Y eso era suficiente.
Los años siguieron pasando.
Daniel se enamoró por primera vez en un autobús de TMB.
Ella se llamaba Clara.
Subió en la parada de siempre, con unos auriculares y un libro entre las manos.
Se sentó frente a él, igual que su abuela había hecho con su abuelo tantos años
atrás.
El tiempo no repite las cosas. Pero a veces rima.
Daniel la miró durante varios días antes de atreverse a hablarle.
—¿Qué estás leyendo? —preguntó al fin.
Clara levantó la vista.
Sonrió.
Y su vida volvió a empezar.
Pasaron años juntos.
Años de metros compartidos. Años de autobuses nocturnos. Años de estaciones
que se convirtieron en recuerdos.
Hablaron de todo.
Del futuro.
De los sueños.
Del miedo a envejecer.
—¿Crees que cambiaremos mucho? —preguntó Clara una vez, mientras el metro
avanza