Autor/a
Ángel Rafael
Categoria
Relat persones traballadores de TMB
El pañuelo azul
El calor del andén contrastaba con el viento helado de los pasillos de la estación de María Cristina. Para Albert, esa sensación era sinónimo de prisa, trabajo y de café para llevar.
Un día, sin saber cómo, ella subió al tren con un violín a la espalda y un pañuelo azul atado al cuello. Al instante, Albert se vio atrapado por la intensidad de su mirada. Era imposible apartar la vista de aquellos ojos turquesa que rivalizaban con el pañuelo.
Durante dos semanas coincidieron. Ella bajaba en Liceu y él continuaba hasta Diagonal, pero el corazón de Albert se quedaba tres estaciones atrás. A veces, mientras ella leía algún libro, él disimulaba que echaba un vistazo a las noticias del móvil mientras se preguntaba cómo sería, que le gustaba, cuál era su color favorito.
El amor en el metro, como en toda Barcelona, es rápido, pasional y casi siempre efímero. Albert temía que ella fuera solo una aparición, un fantasma que en cualquier momento desaparecería.
Un martes, el tren se detuvo bruscamente entre Tarragona y Espanya. La luz parpadeó y la oscuridad lo invadió todo. La gente protestó en voz baja. Ella, sin embargo, sonrió nerviosamente. Albert, armado con una valentía que descubrió en ese momento, se sentó a su lado.
—El metro a veces falla —dijo ella. Tenía una voz suave, cálida, acentuado por un tono que a Albert le transmitió una dulzura que le envolvió de inmediato.
—O quizás es una señal para que la gente hable entre sí —respondió él, señalando su móvil apagado.
Ella, sin darse cuenta, se presentó: Ona. Estudiaba en el Conservatorio Superior, estaba preparando un concierto que iba a dar en el Liceo y le confesó que el pañuelo era un regalo de su abuela. Albert le comentó que se acababa de graduar en arquitectura, aunque estaba en prácticas en un estudio de la calle Rosselló.
Hablaron durante los diez minutos que el tren estuvo parado. Charlaron del amanecer desde el Tibidabo, de los suizos de la Granja Viader y de cómo el metro de Barcelona es todo él, una ciudad subterránea. Albert sintió que aquellos minutos se aceleraron hasta parecer segundos. Solo deseaba que el tiempo se congelara.
Cuando volvió la luz y se reanudó la marcha, las estaciones pasaron como una exhalación.
—Me bajo en la siguiente —dijo Ona, poniéndose de pie.
—Espera —le dijo Albert desesperado. Percibía que aquel momento se le escapaba irremediablemente—. ¿Te gustaría tomar un café otro día? —
Ona dudó un segundo y con una sonrisa pícara sacó su móvil. Cuando llegaron a Liceu, apenas dio tiempo a que ella anotase el número de Albert. Ona salió y se perdió entre la multitud que se desperdigaba por el andén. Él suspiró, mirando cómo las puertas y aquel momento tan especial se cerraban tras de sí.
Las siguientes semanas no coincidieron. Desolado, Albert pensó que aquel encuentro nunca había pasado. Incluso llegó a creer que lo había soñado.
Pocos días después recibió un mensaje: —El mejor reencuentro siempre es con la persona de la que nunca te quisiste despedir. ¿Nos vemos? —
Un día, sin saber cómo, ella subió al tren con un violín a la espalda y un pañuelo azul atado al cuello. Al instante, Albert se vio atrapado por la intensidad de su mirada. Era imposible apartar la vista de aquellos ojos turquesa que rivalizaban con el pañuelo.
Durante dos semanas coincidieron. Ella bajaba en Liceu y él continuaba hasta Diagonal, pero el corazón de Albert se quedaba tres estaciones atrás. A veces, mientras ella leía algún libro, él disimulaba que echaba un vistazo a las noticias del móvil mientras se preguntaba cómo sería, que le gustaba, cuál era su color favorito.
El amor en el metro, como en toda Barcelona, es rápido, pasional y casi siempre efímero. Albert temía que ella fuera solo una aparición, un fantasma que en cualquier momento desaparecería.
Un martes, el tren se detuvo bruscamente entre Tarragona y Espanya. La luz parpadeó y la oscuridad lo invadió todo. La gente protestó en voz baja. Ella, sin embargo, sonrió nerviosamente. Albert, armado con una valentía que descubrió en ese momento, se sentó a su lado.
—El metro a veces falla —dijo ella. Tenía una voz suave, cálida, acentuado por un tono que a Albert le transmitió una dulzura que le envolvió de inmediato.
—O quizás es una señal para que la gente hable entre sí —respondió él, señalando su móvil apagado.
Ella, sin darse cuenta, se presentó: Ona. Estudiaba en el Conservatorio Superior, estaba preparando un concierto que iba a dar en el Liceo y le confesó que el pañuelo era un regalo de su abuela. Albert le comentó que se acababa de graduar en arquitectura, aunque estaba en prácticas en un estudio de la calle Rosselló.
Hablaron durante los diez minutos que el tren estuvo parado. Charlaron del amanecer desde el Tibidabo, de los suizos de la Granja Viader y de cómo el metro de Barcelona es todo él, una ciudad subterránea. Albert sintió que aquellos minutos se aceleraron hasta parecer segundos. Solo deseaba que el tiempo se congelara.
Cuando volvió la luz y se reanudó la marcha, las estaciones pasaron como una exhalación.
—Me bajo en la siguiente —dijo Ona, poniéndose de pie.
—Espera —le dijo Albert desesperado. Percibía que aquel momento se le escapaba irremediablemente—. ¿Te gustaría tomar un café otro día? —
Ona dudó un segundo y con una sonrisa pícara sacó su móvil. Cuando llegaron a Liceu, apenas dio tiempo a que ella anotase el número de Albert. Ona salió y se perdió entre la multitud que se desperdigaba por el andén. Él suspiró, mirando cómo las puertas y aquel momento tan especial se cerraban tras de sí.
Las siguientes semanas no coincidieron. Desolado, Albert pensó que aquel encuentro nunca había pasado. Incluso llegó a creer que lo había soñado.
Pocos días después recibió un mensaje: —El mejor reencuentro siempre es con la persona de la que nunca te quisiste despedir. ¿Nos vemos? —