Autor/a
Ángel Rafael
Categoria
Relat persones traballadores de TMB
Relat lliure

El pañuelo negro

El traqueteo de aquel tren de la Línea 3 era el único sonido constante en la mente de Yasmina. Apenas llevaba cinco meses viviendo en Barcelona, pero sentía como si todavía no hubiese salido de su ciudad natal. Sentada en el vagón, con la mirada clavada en la oscuridad del túnel, Yasmina se ajustó su pañuelo negro, ya no por obligación, sino por inercia, por un miedo irracional que se le había clavado sobre la piel como un tatuaje invisible del que le era imposible deshacerse. Ella era matrona, y en su nueva ciudad limpiaba oficinas a sus cincuenta y siete años.
El metro iba lleno. A su lado, una pareja de adolescentes se besaba sin pudor y reían mirándose el uno al otro. Enfrente, una mujer de negocios tecleaba su portátil. Yasmina sentía una envidia amarga. Ella también había podido ser esa adolescente enamorada, esa mujer de negocios libre en sus decisiones, pero desde niña su vida siempre había sido sinónimo de sometimiento y terror.
En su casa del barrio de Gracia tenía aquel diploma que tanto le costó conseguir escondido dentro del armario. Aquí no valía nada. Cuando al principio intentó buscar trabajo en su campo, las respuestas siempre eran las mismas: "su titulación aquí no vale", "idioma". O ese tono condescendiente que tanta rabia le daba cuando le decían sin tapujos: "buscamos a alguien más joven".
Su marido era un capítulo pasado. Si ella regresaba, sería repudiada para toda su vida, no tenía vuelta atrás.
En la estación de Diagonal, el vagón se llenó. Una niña se sentó junto a Yasmina y la observó con curiosidad. Ella sintió el impulso de sonreír, de conectar, pero bajó la vista. Tanta injusticia vivida te imponía inconscientemente el silencio para evitar que te denunciasen por cualquier causa estúpida.
El tren paró en Fontana. Mientras un grupo de turistas entraba hablando en voz alta, ella vio su reflejo en la ventana. Lo que vislumbró fue una persona con la mirada de una anciana. La marginación de la mujer en su país no era solo la falta de derechos, también era la desolación de tener que dejarlo todo atrás para vivir en un lugar que te mira con indiferencia.
Bajó en Lesseps y caminó hacia la salida sintiendo el peso de la mochila que le recordaba su oficio actual, un trabajo que ella no había elegido. Al subir las escaleras mecánicas hacia la superficie, miró a su alrededor y observó que las mujeres que pasaban delante de ella caminaban firmes y seguras. Fue entonces cuando se percató de la suerte que tenía porque, a diferencia de tantas personas conocidas que ya no estaban, la vida le estaba brindando una segunda oportunidad.
Como un acto reflejo, se soltó aquel pañuelo negro y lo guardó en el bolso. Aunque sintiese su alma enjaulada, aquí al menos el aire era libre. Justo en ese momento se dio cuenta de que, por fin, no pertenecía a nadie.