Autor/a
Ángel Rafael
Categoria
Relat persones traballadores de TMB
Relat lliure

El pañuelo rojo

El sol primaveral de marzo siempre le traía a Julia olor a sauco y a pino, un aroma que le transportaba a la infancia en aquel pueblo del Mediterráneo que tuvo que dejar hace ya demasiado tiempo.
Ahora, a sus 81 años, una de las cosas que más le fascinaba de Barcelona era contemplar los puestos de bicicletas eléctricas. Le entusiasmaba verlas alineadas perfectamente, como si fuesen a salir corriendo todas a la vez. Le hacía gracia ver esas furgonetas que parecían de juguete y que las transportaban de allá para acá de forma anárquica. Pero si algo admiraba Julia, era que “los que llevan el metro y los autobuses”, también eran los que organizaban todo aquello.
—¿Cómo lo hacían? — se preguntaba con frecuencia.
Cuando veía todas aquellas bicis cerraba los ojos y, por un instante, se transportaba a su niñez. Recordaba como si fuese ayer los Reyes de su doceavo cumpleaños. Había pedido, sin mucha fe, una bicicleta. La imaginaba con una cestita, igual que una que montaba Shirley Temple y que vio en una revista en casa de su tía.
Aquella mañana del seis de enero, encontró en el salón un pequeño paquete envuelto en papel de periódico. Cuando lo abrió, descubrió un precioso pañuelo rojo con flores blancas.
—Las niñas no van en bicicleta. Se pueden caer y hacerse daño — dijo su madre en un tono entre cariñoso y compasivo.
Aquel trozo de tela con flores, si bien era un regalo delicado y maravilloso, se convirtió para Julia en el símbolo de su deseo frustrado. Representaba el anhelo que nunca tuvo y, por ello, cada vez que su madre le obligaba a ponérselo, lo aborrecía más.
Poco tiempo después, se sumergió en una vida donde "no había tiempo para tonterías": la casa, los hijos, su marido. Siempre sintió que le faltaba algo cuando veía a la gente sobre dos ruedas.
Aquella cálida mañana iba a ser diferente. Su nieta Mar le había prometido que iba a hacer realidad su sueño.
—Ven, ¡acércate abuela! — Julia se aproximó insegura al tótem de la estación. Mar desbloqueó una de las bicis eléctricas con su móvil y, al instante, la máquina emitió un ligero pitido, como un "¡bienvenida al club!".
Nerviosa, notó al principio sus piernas pesadas por la falta de práctica y por el miedo infantil a caerse. Muchos años atrás, su primo le había enseñado a montar un verano que coincidieron en el pueblo. Fue la única vez que había tenido la oportunidad de ir en bicicleta apenas durante día y medio. Ya casi ni lo recordaba.
Al dar la primera pedalada, el motor eléctrico le dio el impulso suave que necesitaba. Nunca se había subido en una de ellas, pero sentía que el pequeño ingenio le daba la fuerza que ya no tenía y pudo por fin, cumplir su sueño.
El aire fresco le daba en la cara, tal como lo había imaginado a los doce años. Ya no había pañuelo rojo, solo el viento y el sonido de las ruedas sobre el asfalto. Se sintió niña otra vez. Se sintió dueña de su tiempo y de su espacio y ya nada ni nadie iba a poder impedírselo.