Autor/a
Lew
Categoria
Relat lliure
EL ROMPECABEZAS
Alberto es un enfermo de esquizofrenia, un Goliat, alto, corpulento y desaliñado; pero su mentalidad es la de un niño de primaria que se deleita con los caramelos y las golosinas. Está prisionero en una telaraña de ira desde la muerte de su madre hace pocos días.
Lleva una semana sin tomar la medicación que le prescribió el psiquiatra. Tiene un brote psicótico, delira, piensa que la gente que le rodea son extraterrestres malignos enmascarados que quieren raptarlo y llevárselo al lejano planeta Júpiter para hacer experimentos con su cuerpo y descuartizarlo.
Su madre, María, era una mujer católica, muy creyente, de ir a la Iglesia a comulgar; una dama de aspecto frágil como la porcelana, pero de carácter fuerte, cariñoso y emotivo con su hijo. Hace una semana que se marchó al cielo sin avisar y Alberto no se ha repuesto del golpe.
Ella siempre rezaba por él y le pedía a Dios que nunca le pasara nada. María se ocupaba de su niño; estaba preocupada por cuál sería su destino el día que ella faltara. Ponía cada día una vela a la Virgen de los desamparados en la iglesia de cerca de su casa para que le ayudase en caso de urgente necesidad. Ese día ha llegado.
Agustín, con gesto relajado y con la curva de la satisfacción dibujada de oreja a oreja, abre con determinación la puerta del coche y se sienta al volante, es su último día de trabajo, se va a jubilar; lleva por última vez su uniforme y su arma reglamentaria.
Es guardia urbano y después de muchos años de servicio por la ciudad le toca por fin descansar. Él no lo sabe, pero su mujer, sus hijos y sus nietos le han preparado una fiesta sorpresa cuando llegué a casa; lastimosamente no es la única que tendrá hoy.
Alberto enloquecido, con un cuchillo en la mano, sale a la calle por el portal de su casa, las tripas le hacen ruido, hace dos días que no come. Se dirige desorientado a la estación de metro de su barrio, en su delirio enfermizo, cree ver alienígenas siniestros a su alrededor que le rodean para caer encima de él como una jauría de buitres y hienas, y secuestrarlo. Empieza a alborotar profiriendo gritos y comportándose como un salvaje. Alberto cree reconocer al jefe de los extraterrestres, qué es un empleado del metro, que está intentando proteger a los ciudadanos.
En el coche de Agustín, por radio, llega el aviso de que hay un altercado en la estación de metro cerca de donde está patrullando con su compañero Andrés. Llega a la estación se encara con Alberto y desenfunda su pistola que no ha tenido que utilizar en cuarenta años de servicio. Apunta, aprieta el gatillo y se encasquilla y no llega a emitir el disparo. En ese instante, Alberto suelta el cuchillo que cae al suelo rebotando en él, haciendo un sonido de tintineo, y exclama:
- Maldita sea, ¿Qué está pasando? – Alberto, extrañado, como si volviera de una pesadilla infernal, y agacha la cabeza hacia el suelo en señal de vergüenza.
- Un milagro. Habrá sido Dios desde el cielo – Le dice Andrés a Agustín que está asustado, temblando como un flan y con lágrimas surcándole los ojos semejantes a un rio por su cauce.
Lleva una semana sin tomar la medicación que le prescribió el psiquiatra. Tiene un brote psicótico, delira, piensa que la gente que le rodea son extraterrestres malignos enmascarados que quieren raptarlo y llevárselo al lejano planeta Júpiter para hacer experimentos con su cuerpo y descuartizarlo.
Su madre, María, era una mujer católica, muy creyente, de ir a la Iglesia a comulgar; una dama de aspecto frágil como la porcelana, pero de carácter fuerte, cariñoso y emotivo con su hijo. Hace una semana que se marchó al cielo sin avisar y Alberto no se ha repuesto del golpe.
Ella siempre rezaba por él y le pedía a Dios que nunca le pasara nada. María se ocupaba de su niño; estaba preocupada por cuál sería su destino el día que ella faltara. Ponía cada día una vela a la Virgen de los desamparados en la iglesia de cerca de su casa para que le ayudase en caso de urgente necesidad. Ese día ha llegado.
Agustín, con gesto relajado y con la curva de la satisfacción dibujada de oreja a oreja, abre con determinación la puerta del coche y se sienta al volante, es su último día de trabajo, se va a jubilar; lleva por última vez su uniforme y su arma reglamentaria.
Es guardia urbano y después de muchos años de servicio por la ciudad le toca por fin descansar. Él no lo sabe, pero su mujer, sus hijos y sus nietos le han preparado una fiesta sorpresa cuando llegué a casa; lastimosamente no es la única que tendrá hoy.
Alberto enloquecido, con un cuchillo en la mano, sale a la calle por el portal de su casa, las tripas le hacen ruido, hace dos días que no come. Se dirige desorientado a la estación de metro de su barrio, en su delirio enfermizo, cree ver alienígenas siniestros a su alrededor que le rodean para caer encima de él como una jauría de buitres y hienas, y secuestrarlo. Empieza a alborotar profiriendo gritos y comportándose como un salvaje. Alberto cree reconocer al jefe de los extraterrestres, qué es un empleado del metro, que está intentando proteger a los ciudadanos.
En el coche de Agustín, por radio, llega el aviso de que hay un altercado en la estación de metro cerca de donde está patrullando con su compañero Andrés. Llega a la estación se encara con Alberto y desenfunda su pistola que no ha tenido que utilizar en cuarenta años de servicio. Apunta, aprieta el gatillo y se encasquilla y no llega a emitir el disparo. En ese instante, Alberto suelta el cuchillo que cae al suelo rebotando en él, haciendo un sonido de tintineo, y exclama:
- Maldita sea, ¿Qué está pasando? – Alberto, extrañado, como si volviera de una pesadilla infernal, y agacha la cabeza hacia el suelo en señal de vergüenza.
- Un milagro. Habrá sido Dios desde el cielo – Le dice Andrés a Agustín que está asustado, temblando como un flan y con lágrimas surcándole los ojos semejantes a un rio por su cauce.