Autor/a
espeha
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

El sabor de los días lentos


Cuando pienso en el Poblenou de 1976, lo primero que me viene a la cabeza no es una imagen, sino un sonido: el tranvía pasando por la esquina a primera hora de la mañana. Ese traqueteo largo, un poco cansado, que se colaba por las ventanas antes incluso de que el barrio despertara del todo. Para nosotros era como una señal. El día empezaba.
Yo llegaba los sábados en autobús. Mi madre me dejaba en la parada con la mochila colgada y algo de prisa, porque siempre iba justa de tiempo. El trayecto se me hacía corto, aunque el autobús paraba cada dos por tres. Me gustaba mirar por la ventana: talleres abriendo, bares aún cerrados, gente esperando en las paradas con cara de sueño. Bajaba cerca de la calle Llull y, casi siempre, oía el tranvía pasar a lo lejos. Entonces sabía que ya estaba en casa de la abuela.
Mi abuela Teresa vivía en un piso bajo. Antes de llamar ya sabía qué había en la olla. El olor subía por la escalera y no fallaba. Ella decía que cocinar era como ir en tranvía: había que aceptar el ritmo, no intentar adelantarlo.
“Si corres, estropeas las cosas”, me decía mientras removía con la cuchara de madera.
Después de comer salíamos a dar una vuelta. Caminábamos despacio. Ella saludaba a todo el mundo. Nos parábamos a veces frente a la parada del tranvía solo para mirar. Me contaba que lo había cogido durante años para ir a trabajar, siempre sentada junto a la ventana, viendo pasar fábricas, calles y el mar cuando tocaba.
El metro lo conocía bien porque lo usaba con mi madre. Me gustaba, me parecía moderno, rápido. Pero a mi abuela no le hacía gracia.
“Ahí abajo todo va demasiado deprisa”, decía. “No te enteras de dónde estás”.
El autobús, en cambio, le gustaba más. Lo tomábamos para ir al mercado. Saludaba al conductor, se sentaba cerca de la ventana y siempre acababa hablando con alguien. A la vuelta, yo cargaba las bolsas y ella me iba contando quién se había casado, quién había cambiado de trabajo o qué se decía en el barrio.
El Poblenou fue cambiando sin que nos diéramos cuenta. Cerraron fábricas, aparecieron solares vacíos y la gente empezó a hablar mucho del futuro. Yo crecí y empecé a ir más por libre. Algunos sábados llegaba tarde o con ganas de marcharme enseguida. Ella no decía nada. Seguía cocinando, bajando el fuego cuando hacía falta.
Una tarde, mientras pelábamos guisantes, me dijo:
“La vida corre más que el metro. Pero no hace falta que tú corras con ella”.
No supe qué contestar.
Cuando murió, el barrio siguió adelante. El tranvía fue desapareciendo poco a poco y el metro se volvió imprescindible. Yo me mudé, trabajé, tuve hijos y empecé a vivir pendiente del reloj, como casi todo el mundo.
Años después encontré su cuchara de madera en una caja vieja. Esa noche hice una escudella. Mientras el caldo hervía, me vinieron de golpe los viajes en autobús, el ruido del tranvía y su voz diciendo “sin prisa”.
Mis hijos me preguntaron por qué tardaba tanto en cocinar.
“Porque hay cosas que no se pueden hacer deprisa”, les dije.
Serví el caldo despacio. Por la ventana pasó un autobús moderno, silencioso. Nada que ver con los de antes. Aun así, por un momento, me pareció oír aquel tranvía viejo doblando la esquina.
Y entendí que los días lentos no se habían perdido. Seguían ahí, en la manera de hacer las cosas, en no correr cuando no hace falta, en dejar que la vida avance como avanzaba el tranvía: despacio, pero llegando siempre.