Autor/a
MQL
Categoria
Relat lliure
El tren de las 6:54
Un lunes cualquiera de febrero. El despertador suena a las seis, ducha fría, café, tupper preparado la noche anterior. La rutina de quien vive ajustado: el salario no da para restaurantes, la dieta no lo permite tampoco. Llaves que siempre se esconden, tarjeta de transporte que no puede olvidarse. Auriculares puestos antes de salir al portal, Bach como armadura contra el ruido del mundo.
En la boca de metro, el tren acaba de irse. La escalera mecánica sube llena de gente que baja sin dejar paso, con los ojos en las pantallas, ignorando las normas no escritas que hacen posible la convivencia. En el andén, cuatro minutos de espera y la certeza de lo que aguarda al llegar: el mismo despacho, la misma silla, las mismas tareas que se repiten hasta disolver cualquier vestigio de voluntad. La soledad de ir solo, sin nadie cuya respiración en la almohada sea lo primero del día. Un número de la Seguridad Social. Una pieza del engranaje. Metrópolis de Fritz Lang, pero en Barcelona y en 2026.
Llega un tren lleno. Deja pasar. Viene otro igual. Mientras espera, observa el andén de enfrente: la diversidad democrática del subterráneo, donde nadie es más que nadie y todos esperan lo mismo. Como algún día esperarán la muerte. Lo único verdaderamente universal.
Entonces ocurre algo extraño. Un sonido diferente se cuela entre las Variaciones Goldberg, más suave, casi musical. El tren que entra es distinto: más luminoso, menos lleno. Por primera vez en semanas, hay sitio para sentarse.
En el vagón, la gente se mira, se habla, sonríe. Una señora mayor de abrigo azul marino y bolsa remendada con hilo de otro color le dice, mirándole a los ojos: Bon dia, meu fill. Él se quita los auriculares y descubre que en el vagón suena Bach, la Suite número uno para violonchelo. Intercambian unas palabras en catalán. El metro deja de rechinar. El túnel se ilumina y de pronto, por las ventanas, aparecen campos verdes bajo un sol de febrero que tiñe todo de naranja provisional. Llega el olor a hierba húmeda y tierra, el olor de los sábados en casa de los abuelos, de la mañana antes de que la ciudad lo devore todo. El sol le toca la cara como una caricia. Cierra los ojos y se pierde.
El tren frena. La señora le avisa: Noi, desperteu-vos, hi ha una emergència. Él responde sin saber bien de dónde salen las palabras: Sí, hi ha una gegant, la meva. La meva per viure. La emergencia es suya. La urgencia es vivir.
En el andén, la besa en la mejilla —lavanda, jabón, tiempo que pasa bien— y le dice gracias. Ella asiente y antes de desaparecer entre la gente le susurra: De res, fill. Ara ja ho saps.
Sube las escaleras. El frío de Barcelona. Bach otra vez en los oídos. La silla seguirá haciendo ruido, la reunión podría haber sido un email. Pero por un instante, en el subterráneo gris de un lunes de febrero, ha sido feliz. No la felicidad ruidosa de las redes sociales. La otra. La silenciosa. La que cabe en un asiento de metro.
Ara ja ho saps. Ahora ya lo sabe. Puede que sea suficiente. Puede que, de hecho, sea todo.
En la boca de metro, el tren acaba de irse. La escalera mecánica sube llena de gente que baja sin dejar paso, con los ojos en las pantallas, ignorando las normas no escritas que hacen posible la convivencia. En el andén, cuatro minutos de espera y la certeza de lo que aguarda al llegar: el mismo despacho, la misma silla, las mismas tareas que se repiten hasta disolver cualquier vestigio de voluntad. La soledad de ir solo, sin nadie cuya respiración en la almohada sea lo primero del día. Un número de la Seguridad Social. Una pieza del engranaje. Metrópolis de Fritz Lang, pero en Barcelona y en 2026.
Llega un tren lleno. Deja pasar. Viene otro igual. Mientras espera, observa el andén de enfrente: la diversidad democrática del subterráneo, donde nadie es más que nadie y todos esperan lo mismo. Como algún día esperarán la muerte. Lo único verdaderamente universal.
Entonces ocurre algo extraño. Un sonido diferente se cuela entre las Variaciones Goldberg, más suave, casi musical. El tren que entra es distinto: más luminoso, menos lleno. Por primera vez en semanas, hay sitio para sentarse.
En el vagón, la gente se mira, se habla, sonríe. Una señora mayor de abrigo azul marino y bolsa remendada con hilo de otro color le dice, mirándole a los ojos: Bon dia, meu fill. Él se quita los auriculares y descubre que en el vagón suena Bach, la Suite número uno para violonchelo. Intercambian unas palabras en catalán. El metro deja de rechinar. El túnel se ilumina y de pronto, por las ventanas, aparecen campos verdes bajo un sol de febrero que tiñe todo de naranja provisional. Llega el olor a hierba húmeda y tierra, el olor de los sábados en casa de los abuelos, de la mañana antes de que la ciudad lo devore todo. El sol le toca la cara como una caricia. Cierra los ojos y se pierde.
El tren frena. La señora le avisa: Noi, desperteu-vos, hi ha una emergència. Él responde sin saber bien de dónde salen las palabras: Sí, hi ha una gegant, la meva. La meva per viure. La emergencia es suya. La urgencia es vivir.
En el andén, la besa en la mejilla —lavanda, jabón, tiempo que pasa bien— y le dice gracias. Ella asiente y antes de desaparecer entre la gente le susurra: De res, fill. Ara ja ho saps.
Sube las escaleras. El frío de Barcelona. Bach otra vez en los oídos. La silla seguirá haciendo ruido, la reunión podría haber sido un email. Pero por un instante, en el subterráneo gris de un lunes de febrero, ha sido feliz. No la felicidad ruidosa de las redes sociales. La otra. La silenciosa. La que cabe en un asiento de metro.
Ara ja ho saps. Ahora ya lo sabe. Puede que sea suficiente. Puede que, de hecho, sea todo.