Autor/a
Felipa
Categoria
Relat escolar
Subcategoria
De 13 a 17 anys
Centre escolar
Col·legi Canigó de Barcelona
EL ÚLTIMO PASAJERO
Llevo catorce años en la misma línea.
Siempre el mismo recorrido, las mismas paradas, el mismo tramo oscuro entre estación y estación donde no queda más remedio que mirarse por dentro. Hay quien diría que es una vida triste. Yo digo que es la única que conozco.
Cuento personas. Es lo único que sé hacer. La señora del abrigo verde que baja siempre en el mismo sitio. El chico de la mochila roja que se queda dormido y abre los ojos justo a tiempo, como si lo llevara programado. Los turistas que consultan el mapa en papel aunque todos llevan el móvil en la mano.
El chico de la mochila roja lleva tres meses sin aparecer. A veces pienso en salir a buscarlo, pero no sé funcionar fuera de mi ruta.
Hoy hay una chica que llora en silencio. No a lo bestia, sino de esa manera que usa la gente cuando no quiere que nadie se entere, con la cabeza girada hacia la ventana. Pero todos la ven en el reflejo del cristal. Y nadie dice nada.
Eso lo he aprendido: dentro de mí la gente se permite estar rota. Como si mis paredes los protegieran. Como si lo que pasa aquí no contara.
Yo no puedo estar roto. A mí me reparan.
La chica se seca los ojos justo antes de que llegue la luz del andén. Se recoloca el pelo. Se pone de pie. Y se va.
Todos se van. Cada noche me vacío del todo y nadie vuelve a buscar lo que dejó dentro de mí. Yo me quedo con todo: los paraguas olvidados, las conversaciones a medias, el llanto de una chica un martes cualquiera.
Suena un pitido. Se cierran mis puertas.
Próxima parada, Paral·lel.
Siempre el mismo recorrido, las mismas paradas, el mismo tramo oscuro entre estación y estación donde no queda más remedio que mirarse por dentro. Hay quien diría que es una vida triste. Yo digo que es la única que conozco.
Cuento personas. Es lo único que sé hacer. La señora del abrigo verde que baja siempre en el mismo sitio. El chico de la mochila roja que se queda dormido y abre los ojos justo a tiempo, como si lo llevara programado. Los turistas que consultan el mapa en papel aunque todos llevan el móvil en la mano.
El chico de la mochila roja lleva tres meses sin aparecer. A veces pienso en salir a buscarlo, pero no sé funcionar fuera de mi ruta.
Hoy hay una chica que llora en silencio. No a lo bestia, sino de esa manera que usa la gente cuando no quiere que nadie se entere, con la cabeza girada hacia la ventana. Pero todos la ven en el reflejo del cristal. Y nadie dice nada.
Eso lo he aprendido: dentro de mí la gente se permite estar rota. Como si mis paredes los protegieran. Como si lo que pasa aquí no contara.
Yo no puedo estar roto. A mí me reparan.
La chica se seca los ojos justo antes de que llegue la luz del andén. Se recoloca el pelo. Se pone de pie. Y se va.
Todos se van. Cada noche me vacío del todo y nadie vuelve a buscar lo que dejó dentro de mí. Yo me quedo con todo: los paraguas olvidados, las conversaciones a medias, el llanto de una chica un martes cualquiera.
Suena un pitido. Se cierran mis puertas.
Próxima parada, Paral·lel.