Autor/a
Rey Lear
Categoria
Relat lliure
El último Vuelo
La cabina olía a hierro y a lluvia antigua.
Marta llevaba treinta y dos años subiendo cada mañana a las ocho y cuarto. Primero como pasajera, luego como revisora, y desde hacía una década como la única persona que conocía el nombre de todas las poleas. Le habían ofrecido el traslado a oficinas tres veces. Las tres veces había dicho que no con la misma frase: “Yo trabajo en el aire.”
Aquella mañana de octubre, sin embargo, algo era distinto.
No era el grupo de japoneses que fotografiaban Barcelona con una devoción casi religiosa, ni el niño que lloraba porque su globo rojo había escapado por la ventanilla entreabierta. Era el hombre del asiento del fondo. Llevaba un abrigo beige demasiado ligero para la estación y miraba hacia abajo con una fijeza que Marta reconoció de inmediato: la fijeza de quien está contando algo.
—¿Primera vez? —le preguntó, apoyándose en la barra lateral.
El hombre tardó en responder. Tenía los ojos del color del puerto visto desde arriba: un gris verdoso que cambiaba según la luz.
—Última —dijo.
Marta asintió despacio. No era la primera vez que alguien le decía algo así en la cabina. El teleférico tenía ese efecto: la altura y el silencio relativo, la ciudad entera ahí abajo como un mapa que de pronto se podía leer, aflojaban algo en la gente. Confesiones, llantos contenidos, declaraciones de amor susurradas creyendo que el viento se las llevaría.
—¿Se va de Barcelona? —preguntó, aunque ya sabía que la pregunta era demasiado pequeña para la respuesta.
—Me jubilo —dijo él—. Cuarenta años en el puerto. Estibador. —Hizo una pausa larga.— Siempre quise subir aquí para ver dónde pasaba mis días. Y nunca subí. Cuarenta años mirando este cable desde abajo.
Marta miró el cable. Desde dentro era invisible, claro. Uno nunca ve lo que lo sostiene.
—¿Y qué ve? —preguntó.
El hombre pegó la frente al cristal con una confianza que sorprendió a Marta, como si el vidrio fuera algo viejo y conocido.
—Veo que es más pequeño de lo que pensaba —murmuró—. Y más bonito.
La cabina llegó a la torre intermedia con su sacudida característica, ese pequeño sobresalto que los habituales ya no sentían. El grupo de japoneses fotografió el momento exacto del cruce. El niño había dejado de llorar y miraba hacia abajo buscando su globo entre los tejados.
Marta pensó en los treinta y dos años de sacudidas. En todo lo que se puede no ver cuando algo se vuelve rutina.
Cuando la cabina llegó a Montjuïc y las puertas se abrieron al viento y al olor a pinos, el hombre se levantó despacio, con la parsimonia de quien sabe que no hay prisa porque ya no queda a dónde llegar.
En el umbral se giró.
—Usted tiene suerte —dijo—. Cada día en el aire.
—Cada día veo la ciudad desde aquí —respondió Marta—, y nunca he bajado al puerto.
El hombre sonrió. Fue una sonrisa breve y completa, como un nudo bien hecho.
Cuando la cabina emprendió el descenso de vuelta, Marta se quedó mirando el puerto desde las alturas por primera vez en mucho tiempo. Los muelles. Las grúas inmóviles. El agua quieta y gris verdosa.
Y pensó que quizás mañana, al bajar, daría un rodeo.
Marta llevaba treinta y dos años subiendo cada mañana a las ocho y cuarto. Primero como pasajera, luego como revisora, y desde hacía una década como la única persona que conocía el nombre de todas las poleas. Le habían ofrecido el traslado a oficinas tres veces. Las tres veces había dicho que no con la misma frase: “Yo trabajo en el aire.”
Aquella mañana de octubre, sin embargo, algo era distinto.
No era el grupo de japoneses que fotografiaban Barcelona con una devoción casi religiosa, ni el niño que lloraba porque su globo rojo había escapado por la ventanilla entreabierta. Era el hombre del asiento del fondo. Llevaba un abrigo beige demasiado ligero para la estación y miraba hacia abajo con una fijeza que Marta reconoció de inmediato: la fijeza de quien está contando algo.
—¿Primera vez? —le preguntó, apoyándose en la barra lateral.
El hombre tardó en responder. Tenía los ojos del color del puerto visto desde arriba: un gris verdoso que cambiaba según la luz.
—Última —dijo.
Marta asintió despacio. No era la primera vez que alguien le decía algo así en la cabina. El teleférico tenía ese efecto: la altura y el silencio relativo, la ciudad entera ahí abajo como un mapa que de pronto se podía leer, aflojaban algo en la gente. Confesiones, llantos contenidos, declaraciones de amor susurradas creyendo que el viento se las llevaría.
—¿Se va de Barcelona? —preguntó, aunque ya sabía que la pregunta era demasiado pequeña para la respuesta.
—Me jubilo —dijo él—. Cuarenta años en el puerto. Estibador. —Hizo una pausa larga.— Siempre quise subir aquí para ver dónde pasaba mis días. Y nunca subí. Cuarenta años mirando este cable desde abajo.
Marta miró el cable. Desde dentro era invisible, claro. Uno nunca ve lo que lo sostiene.
—¿Y qué ve? —preguntó.
El hombre pegó la frente al cristal con una confianza que sorprendió a Marta, como si el vidrio fuera algo viejo y conocido.
—Veo que es más pequeño de lo que pensaba —murmuró—. Y más bonito.
La cabina llegó a la torre intermedia con su sacudida característica, ese pequeño sobresalto que los habituales ya no sentían. El grupo de japoneses fotografió el momento exacto del cruce. El niño había dejado de llorar y miraba hacia abajo buscando su globo entre los tejados.
Marta pensó en los treinta y dos años de sacudidas. En todo lo que se puede no ver cuando algo se vuelve rutina.
Cuando la cabina llegó a Montjuïc y las puertas se abrieron al viento y al olor a pinos, el hombre se levantó despacio, con la parsimonia de quien sabe que no hay prisa porque ya no queda a dónde llegar.
En el umbral se giró.
—Usted tiene suerte —dijo—. Cada día en el aire.
—Cada día veo la ciudad desde aquí —respondió Marta—, y nunca he bajado al puerto.
El hombre sonrió. Fue una sonrisa breve y completa, como un nudo bien hecho.
Cuando la cabina emprendió el descenso de vuelta, Marta se quedó mirando el puerto desde las alturas por primera vez en mucho tiempo. Los muelles. Las grúas inmóviles. El agua quieta y gris verdosa.
Y pensó que quizás mañana, al bajar, daría un rodeo.