Autor/a
Hahn
Categoria
Relat lliure
El violin
Un día del mes de marzo en Barcelona, empieza la estación de la primavera y el frio y las lluvias abandonan la ciudad, dejando el astro rey brillar como emperador de los cielos, haciendo calentar a los transeúntes de las calles con sus rayos oblicuos. Las flores brotan en los parques y la gente prepara las vacaciones de semana santa y el día de Sant Jordi, las jornadas calurosas y de playa del verano están al doblar de la esquina del tiempo.
A primera hora de la mañana, en Rambla Catalunya con Rosselló, una mujer joven, pelirroja, menuda, de ojos claros, con un piercing septum entre las dos fosas nasales, vestida con un pantalón negro y una camisa blanca, baja las escaleras de metro; se sitúa en el pasillo de transbordo entre la línea azul y la línea verde en la parada de Diagonal, despliega un pañuelo en el suelo y saca un violín con su arco de un estuche de piel negra. Hace unos pizzicatos en las cuerdas para comprobar que este afinado. Las ajusta para que tengan la tensión correcta, coge aire con la nariz, lo expulsa por la boca, y empieza a tocar una sonata para violín de Beethoven.
Un fluir de gente pasa delante de ella y la mira con curiosidad, pero durante la primera media hora nadie se detiene a escucharla, y mucho menos aún, dejan una moneda en el pañuelo. Ella ensimismada, con los ojos cerrados, y esbozando una media sonrisa su boca, sigue creando música celestial, los túneles de Diagonal se inundan de serenidad, ante la indiferencia de los transeúntes que viven encarcelados en el purgatorio de la cotidianeidad, yendo y viniendo, si prisa, pero sin pausa, a sus trabajos o colegios.
Una mujer de avanzada edad, pequeña, de pelo gris recogido en un moño, con gafas, vestida con un vestido floreado, se detiene delante de ella, iba al centro a pasear y estirar las piernas. De repente, se enamora del hechizo de los sonidos que la violinista emana de su instrumento musical. Como transportada a otros mundos se queda de pie inmóvil al igual que una estatua de mármol, se muerde el labio inferior con los dientes en señal de satisfacción, su piel está en carne de gallina, y parpadea incrédula, mientras un marasmo de gente pasa sin prestar atención.
Una hora después, la mujer joven abre los ojos, sus dedos dejan de tocar el violín y guarda el instrumento y el arco de nuevo en el estuche. En el pasillo solo se vuelve a escuchar el murmullo de las voces y pisadas de la muchedumbre. Recoge el pañuelo en el suelo que está vacío, ya que nadie dejo una simple moneda, su rostro no manifiesta sorpresa. La señora se excusa, su pobre pensión no es suficiente para llegar a fin de mes, y le hubiera gustado dejar algún euro, pero no se lo puede permitir. La mujer joven le dice que no se preocupe, entonces saca una entrada del bolsillo de su pantalón para el Palau de la Música. Ella es Joana Hahn, la violinista más famosa del mundo, es americana, y había ido aquella mañana al metro a buscar a una verdadera amante de la música que la sintiera en el corazón, para invitarla a su concierto en la ciudad de Barcelona aquella misma noche, está de gira por Europa. La señora sorprendida, coge la entrada, y se lo agradece con toda su alma; da un abrazo fuerte a Joana, su cuerpo tiembla de emoción, y sus ojos se humedecen.