Autor/a
Esperança Castro
Categoria
Relat lliure
Fátima y el Bufón
Veinte dedos musculosos y ásperos estrangulaban el cuello de Fátima. Tenía la nariz aplastada en el vidrio de la ventanilla; a duras penas podía respirar. Veía pasar la oscuridad del túnel a toda velocidad entre los mechones del pelo huido del pañuelo. La saliva le salía a borbotones salpicando el cristal.
El silencio de los viajeros flotaba sobre las arcadas ahogadas de Fátima y la vibración del vagón. Nada parecía distinto de otras mañanas, en que el movimiento del metro mecía sus cabezas sobre los móviles. Otra estación. Se abrieron las puertas, se cerraron de nuevo. Más ojos, voluntariamente ciegos. Fátima se ahogaba contra el cristal opaco de suciedad.
Entre el vaivén del vagón serpenteaba la música de un acordeón que arrugaba una voz juvenil. Algunos de los pasajeros despegaron sus caras del móvil y se hicieron cómplices con miradas de disgusto. Un chico menudo, despeinado y de tez morena, por su origen y por tantos días bajo el puente sin agua corriente, se hizo paso entre la gente hasta fijar su mirada en Fátima y en sus agresores. Los viajeros murmuraban. Una onda clamorosa se expandió por el espacio móvil. El joven acordeonista rodeo con su música alegre y saltos grotescos, como un bufón, a los que presionaban cada vez con más fuerza el cuello de la joven. Uno de ellos, dejó caer los brazos y se plantó frente al buhonero. Tieso, autómata, vestido de negro y con los ojos henchidos de sangre, no conseguía hacer diana con su mirada amenazante en el joven músico, que no cesaba en su danza contorsionada.
Fátima sintió cómo se abría parte de su garganta. Penetró más aire, seguía viva. El joven músico intensificó su actuación. Convirtió su canción en un sarcasmo; rasgó la voz, acentuó la música, cada vez más saltarina, como sus movimientos, entre el fragor escandalizado de los viajeros, por aquella aparición tan extravagante y maloliente.
El joven tieso, autómata y vestido de negro zarandeó con fuerza al cómplice que seguía asfixiando el cuello de Fátima.
- ¡Tú, mira a este! -le gritó desconcertado.
Las quejas del coro hacia el joven músico se elevaban entre incrédulas y coléricas. Él se sentó frente a Fátima y a su verdugo, vuelto del infierno. Aturdido, extraviado y sudoroso soltó la garganta de Fátima, y de un salto fue a chocar contra el cuerpo de su compañero.
El músico se escabulló con agilidad entre los pulcros viajeros. Esquivó piernas y cabezas con el acordeón a cuestas. Los cómplices fueron tras él, entre los cuerpos apartados de la gente, pero no consiguieron atraparlo. Fátima tosía sola en su asiento. Se frotaba el cuello y abría la boca para que el aire penetrara a bocanadas grandes.
Próxima estación. Las puertas se abrieron y el joven se escurrió con una grácil pirueta entre la gente. Los otros dos se le abalanzaron, pero antes que cerraran de nuevo las puertas, entre el corrillo que se había formado en el andén, consiguió doblar su cuerpo con un par de piruetas y colocarse otra vez en el suelo del vagón, justo cuando las puertas se cerraban y los matones quedaban descompuestos en el andén. Armado con su acordeón, tiró de la palanca de la alarma y se sentó junto a Fátima. Esperó. La joven recién vuelta a la vida; desconfiada, asombrada, emocionada y agradecida, hablaba sin decir palabra, al joven pestilente, hambriento, desarrapado y sonriente.
El silencio se tragó los murmullos, las quejas y las exclamaciones de los viajeros. Las pantallas de los móviles absorbieron su culpa.
El silencio de los viajeros flotaba sobre las arcadas ahogadas de Fátima y la vibración del vagón. Nada parecía distinto de otras mañanas, en que el movimiento del metro mecía sus cabezas sobre los móviles. Otra estación. Se abrieron las puertas, se cerraron de nuevo. Más ojos, voluntariamente ciegos. Fátima se ahogaba contra el cristal opaco de suciedad.
Entre el vaivén del vagón serpenteaba la música de un acordeón que arrugaba una voz juvenil. Algunos de los pasajeros despegaron sus caras del móvil y se hicieron cómplices con miradas de disgusto. Un chico menudo, despeinado y de tez morena, por su origen y por tantos días bajo el puente sin agua corriente, se hizo paso entre la gente hasta fijar su mirada en Fátima y en sus agresores. Los viajeros murmuraban. Una onda clamorosa se expandió por el espacio móvil. El joven acordeonista rodeo con su música alegre y saltos grotescos, como un bufón, a los que presionaban cada vez con más fuerza el cuello de la joven. Uno de ellos, dejó caer los brazos y se plantó frente al buhonero. Tieso, autómata, vestido de negro y con los ojos henchidos de sangre, no conseguía hacer diana con su mirada amenazante en el joven músico, que no cesaba en su danza contorsionada.
Fátima sintió cómo se abría parte de su garganta. Penetró más aire, seguía viva. El joven músico intensificó su actuación. Convirtió su canción en un sarcasmo; rasgó la voz, acentuó la música, cada vez más saltarina, como sus movimientos, entre el fragor escandalizado de los viajeros, por aquella aparición tan extravagante y maloliente.
El joven tieso, autómata y vestido de negro zarandeó con fuerza al cómplice que seguía asfixiando el cuello de Fátima.
- ¡Tú, mira a este! -le gritó desconcertado.
Las quejas del coro hacia el joven músico se elevaban entre incrédulas y coléricas. Él se sentó frente a Fátima y a su verdugo, vuelto del infierno. Aturdido, extraviado y sudoroso soltó la garganta de Fátima, y de un salto fue a chocar contra el cuerpo de su compañero.
El músico se escabulló con agilidad entre los pulcros viajeros. Esquivó piernas y cabezas con el acordeón a cuestas. Los cómplices fueron tras él, entre los cuerpos apartados de la gente, pero no consiguieron atraparlo. Fátima tosía sola en su asiento. Se frotaba el cuello y abría la boca para que el aire penetrara a bocanadas grandes.
Próxima estación. Las puertas se abrieron y el joven se escurrió con una grácil pirueta entre la gente. Los otros dos se le abalanzaron, pero antes que cerraran de nuevo las puertas, entre el corrillo que se había formado en el andén, consiguió doblar su cuerpo con un par de piruetas y colocarse otra vez en el suelo del vagón, justo cuando las puertas se cerraban y los matones quedaban descompuestos en el andén. Armado con su acordeón, tiró de la palanca de la alarma y se sentó junto a Fátima. Esperó. La joven recién vuelta a la vida; desconfiada, asombrada, emocionada y agradecida, hablaba sin decir palabra, al joven pestilente, hambriento, desarrapado y sonriente.
El silencio se tragó los murmullos, las quejas y las exclamaciones de los viajeros. Las pantallas de los móviles absorbieron su culpa.