Autor/a
Libélula vaga
Categoria
Relat lliure
Final de trayecto
Próxima parada: Concili de Trento/Plaça de la Pau, final de la línea 60. Sientes hambre y cansancio - qué ganas de llegar a casa. Desde que el autobús se ha vuelto a poner en marcha, las tres chimeneas se aproximan con el arrebol del atardecer de fondo. Semejan cohetes que fueran a despegar en algún momento.
Cerca de ti y también de pie, sigue el mismo hombre con que has entrado hace un buen rato. Aunque pasa de los sesenta, el atuendo de ciclista deja al descubierto un cuerpo fornido y proporcionado. “Es realmente atractivo” — y piensas que, tal vez en una situación diferente, te acercarías a besarle apasionadamente sin mediar palabra. Sin duda, es un maniático y te hace sonreír el rigor con el que revisa las ruedas y el manillar de su bicicleta. Como está tan concentrado comprobando los neumáticos y los frenos, puedes observarlo con descaro: sus brazos, tonificados; su torso, robusto. Con esa ropa es imposible que no salten a la vista también sendos michelines, pero están en equilibrio con el resto de su anatomía. Si él supiera que estás pensando todo eso. ¿Y él? ¿De verdad está pensando solamente en la bicicleta? ¿Es que no se ha fijado en que tú también eres una mujer muy guapa?
Ahora, el 60 cabalga hacia las icónicas chimeneas. Tu bicicleta se resbala y golpea la suya al caer. Sin levantar la vista, las levanta y las coloca con sumo cuidado para impedir que el traqueteo las tire de nuevo al suelo. La fuerza de frenado se notará en un minuto. Él sigue ensimismado y una sombra de tristeza se ha adueñado de su semblante. Y se vuelve hacia la ventana, como si el mar pudiera aliviar sus ignotas preocupaciones. Aprovechas y escudriñas la forma de su cabeza y su nuca, en la que a cualquiera le llamaría la atención una mancha magenta con la forma de Portugal. Quizá su madre, embarazada, tuvo el antojo de viajar allí. Su pecho empieza a agitarse para toser. Parece resfriado. Quieres tocarle. Vulnerable, fuerte, valiente. ¿O esconde algo? Todos tenemos secretos.
La deceleración hace perder el equilibrio al ciclista, lo que interrumpe su ensoñación. Mueve el cuello a un lado y a otro para desentumecerlo, posa su mirada sobre ti y sonríe. Por fin se ha dado cuenta de que lo observas. Se dirige hacia a ti. Se acerca sin titubear. Te acaricia el antebrazo:
- No te olvides de llamar ahora mismo a tu padre para que sepa que vamos ya a recoger a los niños. Esta noche cocino yo.
Cerca de ti y también de pie, sigue el mismo hombre con que has entrado hace un buen rato. Aunque pasa de los sesenta, el atuendo de ciclista deja al descubierto un cuerpo fornido y proporcionado. “Es realmente atractivo” — y piensas que, tal vez en una situación diferente, te acercarías a besarle apasionadamente sin mediar palabra. Sin duda, es un maniático y te hace sonreír el rigor con el que revisa las ruedas y el manillar de su bicicleta. Como está tan concentrado comprobando los neumáticos y los frenos, puedes observarlo con descaro: sus brazos, tonificados; su torso, robusto. Con esa ropa es imposible que no salten a la vista también sendos michelines, pero están en equilibrio con el resto de su anatomía. Si él supiera que estás pensando todo eso. ¿Y él? ¿De verdad está pensando solamente en la bicicleta? ¿Es que no se ha fijado en que tú también eres una mujer muy guapa?
Ahora, el 60 cabalga hacia las icónicas chimeneas. Tu bicicleta se resbala y golpea la suya al caer. Sin levantar la vista, las levanta y las coloca con sumo cuidado para impedir que el traqueteo las tire de nuevo al suelo. La fuerza de frenado se notará en un minuto. Él sigue ensimismado y una sombra de tristeza se ha adueñado de su semblante. Y se vuelve hacia la ventana, como si el mar pudiera aliviar sus ignotas preocupaciones. Aprovechas y escudriñas la forma de su cabeza y su nuca, en la que a cualquiera le llamaría la atención una mancha magenta con la forma de Portugal. Quizá su madre, embarazada, tuvo el antojo de viajar allí. Su pecho empieza a agitarse para toser. Parece resfriado. Quieres tocarle. Vulnerable, fuerte, valiente. ¿O esconde algo? Todos tenemos secretos.
La deceleración hace perder el equilibrio al ciclista, lo que interrumpe su ensoñación. Mueve el cuello a un lado y a otro para desentumecerlo, posa su mirada sobre ti y sonríe. Por fin se ha dado cuenta de que lo observas. Se dirige hacia a ti. Se acerca sin titubear. Te acaricia el antebrazo:
- No te olvides de llamar ahora mismo a tu padre para que sepa que vamos ya a recoger a los niños. Esta noche cocino yo.