Autor/a
Shade Barrow
Categoria
Relat lliure
Flirteo
Se encuentra en el andén. Es demasiado temprano y tiene sueño; se ha vestido con la ropa arrugada por haberla dejado tirada en una silla. Su cabello castaño está revuelto y no para de bostezar. Odia madrugar. Se apoya contra una columna cerca de la boca del túnel. El aire es espeso y caliente; eso la reconforta pues las temperaturas han bajado drásticamente y no lleva guantes. Su abrigo es demasiado fino.
Parece la primera en llegar. Mira su reloj y luego la pantalla. ¡Cómo no! El metro lleva retraso. Cierra los ojos unos segundos. Cuando los abre, han pasado diez minutos y el andén empieza a llenarse. Todos miran sus teléfonos. ¡Tan temprano y ya enganchados! A ella el móvil le da dolor de cabeza. Un hombre con gabardina se pasea cerca. Más allá, una mujer madura parece agotada, como si necesitara volver a casa en lugar de ir a trabajar por un sueldo mísero. Al fondo, un par de chicos ruidosos escuchan reguetón en un altavoz. Ella cierra los ojos mientras cuenta los segundos. No debe dormirse...
Asustada, da un brinco cuando una mano la aferra. Un joven de unos treinta años se separa de ella aún sujetándola.
—Perdona si te asusté —se disculpa. Viste chándal, zapatillas de marca y una gorra que oculta unos ojos verdes intrigantes. Ella sonríe forzadamente.
—Lo siento. Me he quedado traspuesta.
—A todos nos pasa —responde él con una sonrisa luminosa. Ella intenta arreglar su pelo, consciente de su aspecto andrajoso. Sus mejillas arden de vergüenza.
—Tranquila. Madrugar es lo peor —añade él bajando la vista.
—Pues tú no tienes mal aspecto... ¡no parece que te afecte! —balbucea ella. Es realmente guapo. Él le alarga la mano amistosamente.
—Soy Robert, ¿y tú?
—Sarah.
—Encantado. Yo tenía tu cara de sueño años atrás, pero me acostumbré a los horarios extraños.
—¿A qué te dedicas para tener estos horarios? —inquiere curiosa. Su mano es grande y cálida.
—Soy abogado.
—¿Y te esperan clientes tan temprano?
—No —ríe él—. Vuelvo de correr cinco kilómetros. Luego me ducho, me visto de implacable abogado y listo para el día.
—¿Y eres muy implacable?
—Lo soy. Trabajo en un caso serio contra un pez gordo poderoso pero no muy listo. Cometió errores. Lo meteré entre rejas pronto. El bien imponiéndose al mal.
El aire cálido del túnel se intensifica como si un dragón surgiera de las profundidades. El metro se acerca a toda velocidad intentando recuperar sus veinte minutos de demora. Ella gira la cabeza. Nadie presta atención a su flirteo. Él mantiene sus ojos sobre ella; parece que hay química. Sus manos siguen enlazadas. Ella lo sujeta con firmeza. Parece descuidada, pero es fuerte, y eso a él le atrae. Cuando Robert va a invitarla, el tren aparece chirriando. Sarah aprovecha ese instante para impulsarse contra la columna, tirar del brazo de él y lanzarlo a la vía. El hombre no tiene tiempo de gritar ni de aferrarse a nada. Cae ante el convoy que lo atropella en un estruendo de metal. Ella se vuelve y abandona la estación. Sube las escaleras a la carrera mientras abajo estallan los gritos de "¡Accidente!".
Ya lejos, se quita la peluca marrón y aparece su pelo corto negro. Se quita las lentillas y sus ojos vuelven a ser color avellana. Su trabajo ha acabado. Es hora de informar que el problema está resuelto y cobrar. Su jefe cometió errores, pero el abogado también al ser tan confiado. Malo para él. Bueno para ella.,
Parece la primera en llegar. Mira su reloj y luego la pantalla. ¡Cómo no! El metro lleva retraso. Cierra los ojos unos segundos. Cuando los abre, han pasado diez minutos y el andén empieza a llenarse. Todos miran sus teléfonos. ¡Tan temprano y ya enganchados! A ella el móvil le da dolor de cabeza. Un hombre con gabardina se pasea cerca. Más allá, una mujer madura parece agotada, como si necesitara volver a casa en lugar de ir a trabajar por un sueldo mísero. Al fondo, un par de chicos ruidosos escuchan reguetón en un altavoz. Ella cierra los ojos mientras cuenta los segundos. No debe dormirse...
Asustada, da un brinco cuando una mano la aferra. Un joven de unos treinta años se separa de ella aún sujetándola.
—Perdona si te asusté —se disculpa. Viste chándal, zapatillas de marca y una gorra que oculta unos ojos verdes intrigantes. Ella sonríe forzadamente.
—Lo siento. Me he quedado traspuesta.
—A todos nos pasa —responde él con una sonrisa luminosa. Ella intenta arreglar su pelo, consciente de su aspecto andrajoso. Sus mejillas arden de vergüenza.
—Tranquila. Madrugar es lo peor —añade él bajando la vista.
—Pues tú no tienes mal aspecto... ¡no parece que te afecte! —balbucea ella. Es realmente guapo. Él le alarga la mano amistosamente.
—Soy Robert, ¿y tú?
—Sarah.
—Encantado. Yo tenía tu cara de sueño años atrás, pero me acostumbré a los horarios extraños.
—¿A qué te dedicas para tener estos horarios? —inquiere curiosa. Su mano es grande y cálida.
—Soy abogado.
—¿Y te esperan clientes tan temprano?
—No —ríe él—. Vuelvo de correr cinco kilómetros. Luego me ducho, me visto de implacable abogado y listo para el día.
—¿Y eres muy implacable?
—Lo soy. Trabajo en un caso serio contra un pez gordo poderoso pero no muy listo. Cometió errores. Lo meteré entre rejas pronto. El bien imponiéndose al mal.
El aire cálido del túnel se intensifica como si un dragón surgiera de las profundidades. El metro se acerca a toda velocidad intentando recuperar sus veinte minutos de demora. Ella gira la cabeza. Nadie presta atención a su flirteo. Él mantiene sus ojos sobre ella; parece que hay química. Sus manos siguen enlazadas. Ella lo sujeta con firmeza. Parece descuidada, pero es fuerte, y eso a él le atrae. Cuando Robert va a invitarla, el tren aparece chirriando. Sarah aprovecha ese instante para impulsarse contra la columna, tirar del brazo de él y lanzarlo a la vía. El hombre no tiene tiempo de gritar ni de aferrarse a nada. Cae ante el convoy que lo atropella en un estruendo de metal. Ella se vuelve y abandona la estación. Sube las escaleras a la carrera mientras abajo estallan los gritos de "¡Accidente!".
Ya lejos, se quita la peluca marrón y aparece su pelo corto negro. Se quita las lentillas y sus ojos vuelven a ser color avellana. Su trabajo ha acabado. Es hora de informar que el problema está resuelto y cobrar. Su jefe cometió errores, pero el abogado también al ser tan confiado. Malo para él. Bueno para ella.,