Autor/a
Bianca
Categoria
Relat lliure
Fragmentos de una vida
Aún recuerdo los primeros meses de embarazo. En aquel tiempo trabajaba en el centro de Barcelona, así que iba en metro. Claro que la barriga apenas se notaba, por lo que nadie me cedía su asiento.
Poco a poco esa bolita dentro de mí fue creciendo y hacía todos los trayectos sentada. Yo siempre me aseguraba de tocar mi barriga con la mano derecha, como si de aquella manera pudiera proteger a mi bebé del mal exterior.
El día que mi hija nació fue el mejor y peor día de mi vida a la vez. Finalmente, el bebé que llevaba escondido nueve meses en mi barriga decidió salir. El dolor era insoportable, pero la alegría de al fin ver su cara me hizo olvidarlo.
Aún recuerdo cuando tenía un año y cada vez que las puertas del metro se cerraban y sonaba su característico pitido, ella empezaba a bailar.
Al ir creciendo, en los veranos me acompañaba al trabajo. Cuando el metro olía mal, nos mirábamos y se reía, y siempre intentaba comprar lo que las personas vendían, aunque no fuera a usarlo.
Sin darme cuenta, el ser humano que había tenido en mi barriga oculto de este mundo ya había cumplido 18 años. Era casi una mujer, pero aún a veces la veía como cuando iba dormida en su carrito.
Cuando me dijo que quería irse a Irlanda durante un tiempo, no lo entendí. ¿Irlanda? ¿Qué tenía que no tuviera Barcelona?
Ella me decía que quería conocer cosas nuevas, que se sentía atraída por lo que la experiencia le podría brindar, y que por una vez el miedo no la detenía.
Podía notar la ilusión en sus ojos y en la manera en la que hablaba, pero aun así no podía dejar ir a mi hija.
Con el tiempo y después de muchas discusiones, tuve que ceder. Nunca olvidaré el día en el que nos despedimos. ¿Cómo algo que había crecido dentro de mí podía estar andando tan libremente? Hasta ese día no entendí que en el momento en el que cortaron el cordón umbilical mi hija dejó de ser una extensión de mí.
Los primeros días fue muy duro, y notaba un silencio extraño en la casa. Pero poco a poco me fui acostumbrando, y a medida que me iba contando cómo le iba, pude compartir su felicidad. Claro que nunca dejo de preocuparme, y paso muchas noches sin dormir pensando en todo lo malo que le puede pasar. Al fin entiendo la preocupación que mis padres sintieron cuando era joven, y por tanto, muchas de las cosas que hicieron.
No veo la hora de que vuelva, y los días en los que la echo mucho de menos, voy a la parada de Pubilla Cases, donde empezaron todos nuestros trayectos.
Veo los metros llegar y partir, e irónicamente me recuerdan a ella. Un día llegó a mi vida, me abrió las puertas de su mundo y me permitió estar durante mucho tiempo, pero poco a poco fue llegando más gente y parecía que ya no había lugar para mí. Mi viaje acabó y tuve que bajar y dejarla ir.
En esos momentos miro atentamente a las personas que bajan y suben, a las familias, a los padres y madres, a los niños que están creciendo, a los adultos que son los bebés de alguien, a las personas mayores que un día lo fueron todo para sus hijos.
Y entre esa gente albergo la esperanza de que aparezca mi hija y me diga: “Mamá, ¿quieres volver a subir al metro conmigo?”
Poco a poco esa bolita dentro de mí fue creciendo y hacía todos los trayectos sentada. Yo siempre me aseguraba de tocar mi barriga con la mano derecha, como si de aquella manera pudiera proteger a mi bebé del mal exterior.
El día que mi hija nació fue el mejor y peor día de mi vida a la vez. Finalmente, el bebé que llevaba escondido nueve meses en mi barriga decidió salir. El dolor era insoportable, pero la alegría de al fin ver su cara me hizo olvidarlo.
Aún recuerdo cuando tenía un año y cada vez que las puertas del metro se cerraban y sonaba su característico pitido, ella empezaba a bailar.
Al ir creciendo, en los veranos me acompañaba al trabajo. Cuando el metro olía mal, nos mirábamos y se reía, y siempre intentaba comprar lo que las personas vendían, aunque no fuera a usarlo.
Sin darme cuenta, el ser humano que había tenido en mi barriga oculto de este mundo ya había cumplido 18 años. Era casi una mujer, pero aún a veces la veía como cuando iba dormida en su carrito.
Cuando me dijo que quería irse a Irlanda durante un tiempo, no lo entendí. ¿Irlanda? ¿Qué tenía que no tuviera Barcelona?
Ella me decía que quería conocer cosas nuevas, que se sentía atraída por lo que la experiencia le podría brindar, y que por una vez el miedo no la detenía.
Podía notar la ilusión en sus ojos y en la manera en la que hablaba, pero aun así no podía dejar ir a mi hija.
Con el tiempo y después de muchas discusiones, tuve que ceder. Nunca olvidaré el día en el que nos despedimos. ¿Cómo algo que había crecido dentro de mí podía estar andando tan libremente? Hasta ese día no entendí que en el momento en el que cortaron el cordón umbilical mi hija dejó de ser una extensión de mí.
Los primeros días fue muy duro, y notaba un silencio extraño en la casa. Pero poco a poco me fui acostumbrando, y a medida que me iba contando cómo le iba, pude compartir su felicidad. Claro que nunca dejo de preocuparme, y paso muchas noches sin dormir pensando en todo lo malo que le puede pasar. Al fin entiendo la preocupación que mis padres sintieron cuando era joven, y por tanto, muchas de las cosas que hicieron.
No veo la hora de que vuelva, y los días en los que la echo mucho de menos, voy a la parada de Pubilla Cases, donde empezaron todos nuestros trayectos.
Veo los metros llegar y partir, e irónicamente me recuerdan a ella. Un día llegó a mi vida, me abrió las puertas de su mundo y me permitió estar durante mucho tiempo, pero poco a poco fue llegando más gente y parecía que ya no había lugar para mí. Mi viaje acabó y tuve que bajar y dejarla ir.
En esos momentos miro atentamente a las personas que bajan y suben, a las familias, a los padres y madres, a los niños que están creciendo, a los adultos que son los bebés de alguien, a las personas mayores que un día lo fueron todo para sus hijos.
Y entre esa gente albergo la esperanza de que aparezca mi hija y me diga: “Mamá, ¿quieres volver a subir al metro conmigo?”