Autor/a
Crisaradi
Categoria
Relat lliure
Fuera de ruta
Ivet abrió los ojos poco a poco y durante unos breves instantes no reconoció dónde estaba, pero enseguida un ligero cosquilleo mezclado con una inquietud difícil de nombrar hizo que recordara. Hacía poco que había decidido cambiar todo lo que no funcionaba en su vida, aunque aún no tenía del todo claro qué significaba eso ni si sería capaz de lograrlo. Le propusieron un trabajo en un edificio de la Zona Universitaria, al comienzo de la Avenida Diagonal de Barcelona, lo que la empujó a buscar una nueva residencia. Por recomendación de sus amigos, encontró un pequeño estudio reformado en el centro de Sant Joan Despí que conservaba la fachada modernista típica de las casas del casco urbano.
Esa mañana, después de un buen café, cogió su mochila y salió ilusionada, como los niños en el primer día de colegio. Llegó a la parada del Carrer de les Torres en torno a las 6:15 y se dispuso a comprobar la ruta; sin embargo, no había otros pasajeros y, al mirar su móvil, leyó con sorpresa: "no hay información sobre esta parada". Un suspiro brotó de su boca y alzó la mirada en busca de una respuesta que no estaba en la pantalla. Empezaba a angustiarse por la posibilidad de llegar tarde cuando vio que el autobús número 92 se aproximaba. Ante su asombro, el vehículo pasó de largo sin que el conductor hiciera ademán alguno de parar. Ivet se quedó inmóvil unos segundos, sintiendo cómo la certeza con la que había salido de casa empezaba a resquebrajarse.
Sin tiempo que perder, decidió buscar una alternativa. A unos metros vio una estación de Ambici y, aunque sintió una ligera pereza inicial, abrió la aplicación y tomó una de las bicicletas. Ese clic sería el primero de muchos, aunque ella aún no lo sabía. Sus piernas titubearon al principio, pero la memoria de los veranos de infancia regresó a sus músculos. Pronto, el pedaleo se volvió fluido mientras dejaba atrás las sombras modernistas de la Torre de la Creu. Al enfilar el carril bici que conecta con la Diagonal, el esfuerzo físico empezó a calentarle el cuerpo y a despejarle la mente. Sentía el viento en la cara y el cuerpo cada vez más ligero. Al cruzar el puente sobre las vías del tren, sintió que, por primera vez, Barcelona no era una mole inalcanzable, sino un conjunto de retales con infinitas posibilidades.
Un sábado, movida por la curiosidad, regresó a su "parada fantasma" a pie. Mientras examinaba los carteles raídos, se le aproximó una anciana a paso lento e Ivet decidió preguntarle: —¡Buenos días! ¿Sabe si el 92 pasa por aquí?
—Bon dia, maca. No cal que esperis aquí. Aquesta parada es va quedar ancorada en el temps quan van desviar la línia. Els d’aquí vam demanar que no la treguessin: hi ha llocs que, encara que no serveixin, tenen sentit. L'autobús passa dos carrers més amunt, però si no t’atures aquí, et perds altres coses.
Desde entonces, ya no mira el reloj con ansiedad. Ahora, cada mañana, dedica un breve saludo mental a la vieja marquesina mientras pasa de largo sobre dos ruedas, agradecida, sin saber muy bien por qué, de haber cambiado de ruta aquel primer día.
Esa mañana, después de un buen café, cogió su mochila y salió ilusionada, como los niños en el primer día de colegio. Llegó a la parada del Carrer de les Torres en torno a las 6:15 y se dispuso a comprobar la ruta; sin embargo, no había otros pasajeros y, al mirar su móvil, leyó con sorpresa: "no hay información sobre esta parada". Un suspiro brotó de su boca y alzó la mirada en busca de una respuesta que no estaba en la pantalla. Empezaba a angustiarse por la posibilidad de llegar tarde cuando vio que el autobús número 92 se aproximaba. Ante su asombro, el vehículo pasó de largo sin que el conductor hiciera ademán alguno de parar. Ivet se quedó inmóvil unos segundos, sintiendo cómo la certeza con la que había salido de casa empezaba a resquebrajarse.
Sin tiempo que perder, decidió buscar una alternativa. A unos metros vio una estación de Ambici y, aunque sintió una ligera pereza inicial, abrió la aplicación y tomó una de las bicicletas. Ese clic sería el primero de muchos, aunque ella aún no lo sabía. Sus piernas titubearon al principio, pero la memoria de los veranos de infancia regresó a sus músculos. Pronto, el pedaleo se volvió fluido mientras dejaba atrás las sombras modernistas de la Torre de la Creu. Al enfilar el carril bici que conecta con la Diagonal, el esfuerzo físico empezó a calentarle el cuerpo y a despejarle la mente. Sentía el viento en la cara y el cuerpo cada vez más ligero. Al cruzar el puente sobre las vías del tren, sintió que, por primera vez, Barcelona no era una mole inalcanzable, sino un conjunto de retales con infinitas posibilidades.
Un sábado, movida por la curiosidad, regresó a su "parada fantasma" a pie. Mientras examinaba los carteles raídos, se le aproximó una anciana a paso lento e Ivet decidió preguntarle: —¡Buenos días! ¿Sabe si el 92 pasa por aquí?
—Bon dia, maca. No cal que esperis aquí. Aquesta parada es va quedar ancorada en el temps quan van desviar la línia. Els d’aquí vam demanar que no la treguessin: hi ha llocs que, encara que no serveixin, tenen sentit. L'autobús passa dos carrers més amunt, però si no t’atures aquí, et perds altres coses.
Desde entonces, ya no mira el reloj con ansiedad. Ahora, cada mañana, dedica un breve saludo mental a la vieja marquesina mientras pasa de largo sobre dos ruedas, agradecida, sin saber muy bien por qué, de haber cambiado de ruta aquel primer día.