Autor/a
El Negativo
Categoria
Relat lliure
Interpretación poética
Los adolescentes se encontraban sumergidos en la pantalla del móvil. Solo un par de ellos practicaba una actividad muy arcaica: la conversación. Hasta la llegada del metro.
Apareció en el andén de Fondo a sesenta fotogramas por segundo y, cuando las puertas se abrieron, los chicos entraron como una pleamar en cámara rápida. «Acordaos de que nos paramos en España», dijo la profesora. El profesor la imitó. Y se agarraron a una de las barras que se hundían en el suelo y techo.
Como su editorial había quebrado, los docentes conversaban sobre la vuelta a secundaria, mientras notaban que el móvil creaba adolescentes ideales: dóciles y de apariencia educada. Pero más alienados.
Se abrieron las puertas y se llenó el vagón. Un fuerte olor a perfume rascó las narinas de los profesores. Provenía de unas octogenarias que se acercaron a los asientos prioritarios. «Dejad que se sienten las señoras», dijo la profesora desde su pequeña altura. Uno se marchó; el otro, en cambio, protestó. Los adultos resoplaron.
Tras un forcejeo verbal, el chico se levantó y se sentó con sus compañeros. Sin saberlo, limpiaría la superficie del vagón frotando el suelo con su trasero adolescente.
—Es que —se excusó el profesor a las octogenarias— han nacido cansados.
Las mujeres mayores asintieron. Por suerte, les había poseído la divina paciencia del Espíritu Santo.
A la salida, algunos paraguas abandonaron su estado natural de ele para transformarse en te y acogieron una llovizna revoltosa que se materializó en los doseles, como tentáculos efímeros.
—¿Sabéis de qué trata el taller de hoy? —preguntó el tallerista, una vez el grupo instalado en la sala del CaixaForum.
Pasaron unos segundos de silencio.
Volvió a insistir. Nadie sabía de qué iba, a pesar de que los profesores lo habían explicado varias veces.
—De interpretación poética —respondió él mismo—. Soy Rafa y soy actor.
Al tallerista la paciencia le duró poco. No ayudaba que la mayoría no escuchara y que el resto tuviera incontinencia verbal. «¿Nos concentramos unos minutos?», repetía sin cesar. Pero no podían. Tenían la concentración de un alga marina.
Un fogonazo de luz se coló por los ventanales e iluminó el retículo de noche en el que se había transformado el día. Luego, llegó el trueno con fuerza. La gota fría había llegado ya a Barcelona.
El tallerista sacó poemas plastificados y los fue distribuyendo. La clase debía leer su poema, entenderlo e interpretarlo delante de todos proyectando la voz. Nadie quería salir, pero con la insistencia convencieron a varios alumnos. Rafa los animaba y los corregía por igual. Sin embargo, el verdadero juego interpretativo se jugaba más allá del perímetro del aula: Rafa interpretaba el papel de tallerista y el resto de adultos interpretaba el papel de profesores. Incluso los adolescentes interpretaban la peor versión de sí mismos.
El taller se acabó y, mientras la docente intentaba controlar al grupo en la salida, el profesor le agradeció el empeño a Rafa. Era una clase difícil. Cada vez lo eran más. Todo el grupo se abandonó a la gota fría y se mojó al instante, excepto aquellos alumnos que paseaban sus paraguas como una ofrenda a la oscuridad. «¿Cuándo llegaremos a casa?», reiteraban sin cesar durante el trayecto de la línea 1, insoportables, como el transbordo de Paseo de Gracia en hora punta. «¿Cuándo llegaremos a casa?».
Por desgracia, la dana tenía planificada otro destino para todos ellos.
Apareció en el andén de Fondo a sesenta fotogramas por segundo y, cuando las puertas se abrieron, los chicos entraron como una pleamar en cámara rápida. «Acordaos de que nos paramos en España», dijo la profesora. El profesor la imitó. Y se agarraron a una de las barras que se hundían en el suelo y techo.
Como su editorial había quebrado, los docentes conversaban sobre la vuelta a secundaria, mientras notaban que el móvil creaba adolescentes ideales: dóciles y de apariencia educada. Pero más alienados.
Se abrieron las puertas y se llenó el vagón. Un fuerte olor a perfume rascó las narinas de los profesores. Provenía de unas octogenarias que se acercaron a los asientos prioritarios. «Dejad que se sienten las señoras», dijo la profesora desde su pequeña altura. Uno se marchó; el otro, en cambio, protestó. Los adultos resoplaron.
Tras un forcejeo verbal, el chico se levantó y se sentó con sus compañeros. Sin saberlo, limpiaría la superficie del vagón frotando el suelo con su trasero adolescente.
—Es que —se excusó el profesor a las octogenarias— han nacido cansados.
Las mujeres mayores asintieron. Por suerte, les había poseído la divina paciencia del Espíritu Santo.
A la salida, algunos paraguas abandonaron su estado natural de ele para transformarse en te y acogieron una llovizna revoltosa que se materializó en los doseles, como tentáculos efímeros.
—¿Sabéis de qué trata el taller de hoy? —preguntó el tallerista, una vez el grupo instalado en la sala del CaixaForum.
Pasaron unos segundos de silencio.
Volvió a insistir. Nadie sabía de qué iba, a pesar de que los profesores lo habían explicado varias veces.
—De interpretación poética —respondió él mismo—. Soy Rafa y soy actor.
Al tallerista la paciencia le duró poco. No ayudaba que la mayoría no escuchara y que el resto tuviera incontinencia verbal. «¿Nos concentramos unos minutos?», repetía sin cesar. Pero no podían. Tenían la concentración de un alga marina.
Un fogonazo de luz se coló por los ventanales e iluminó el retículo de noche en el que se había transformado el día. Luego, llegó el trueno con fuerza. La gota fría había llegado ya a Barcelona.
El tallerista sacó poemas plastificados y los fue distribuyendo. La clase debía leer su poema, entenderlo e interpretarlo delante de todos proyectando la voz. Nadie quería salir, pero con la insistencia convencieron a varios alumnos. Rafa los animaba y los corregía por igual. Sin embargo, el verdadero juego interpretativo se jugaba más allá del perímetro del aula: Rafa interpretaba el papel de tallerista y el resto de adultos interpretaba el papel de profesores. Incluso los adolescentes interpretaban la peor versión de sí mismos.
El taller se acabó y, mientras la docente intentaba controlar al grupo en la salida, el profesor le agradeció el empeño a Rafa. Era una clase difícil. Cada vez lo eran más. Todo el grupo se abandonó a la gota fría y se mojó al instante, excepto aquellos alumnos que paseaban sus paraguas como una ofrenda a la oscuridad. «¿Cuándo llegaremos a casa?», reiteraban sin cesar durante el trayecto de la línea 1, insoportables, como el transbordo de Paseo de Gracia en hora punta. «¿Cuándo llegaremos a casa?».
Por desgracia, la dana tenía planificada otro destino para todos ellos.