Autor/a
Sílvia Obrero
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

L2

Bajé las escaleras de la parada de metro Pep Ventura a toda prisa. “No llego”, pensé, pero al poner un pie en el último escalón vi las puertas de los vagones abiertas, como si me estuvieran esperando.
Corrí hacia la puerta más cercana y la atravesé, encogiendo los hombros por si ésta decidía cerrarse conmigo en medio. Apoyé la espalda en el lateral del vagón jadeando mientras consultaba la hora en mi teléfono; las 8:52. El sonido y el movimiento del metro al arrancar hicieron que mi cuerpo comenzara a relajarse al confirmar que llegaría a tiempo a clase. Miré a mi alrededor para intentar encontrar un sitio donde sentarme, y fue en ese momento en el que me di cuenta de que estaba completamente sola en el vagón. Me asomé para mirar a los otros; estaba sola en todo el metro.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. ¿Me habría subido a un tren averiado? “Bueno, me bajaré en la siguiente parada”, pensé mientras me sentaba, pero justo al llegar a Gorg, dos personas esperaban para subirse delante de mi vagón. Aparté la mirada para no encontrarme con la de mi expareja, pero me sobresalté al escuchar una voz extremadamente familiar. Mi propia voz.

— ¿En qué parada bajamos? –decía yo.

Me miré a mí misma. Era yo, cuatro años atrás. Tenía el pelo mucho más corto y estaba agarrada de la mano de aquel chico que, por aquel entonces, era el amor de mi vida. Se sentaron justo delante de mí, no parecían verme.

— Es una sorpresa. Te voy a llevar a un sitio divertidísimo —contestó él.

Los observé en silencio. Recordaba aquél día, nuestra segunda cita. Él me llevó a una tienda de cómics que se convirtió en nuestra favorita hasta el final de nuestra relación. Hablaban de sus gustos y de personas que eran importantes en nuestras vidas en ese momento, y con las que yo apenas mantenía contacto en el presente.
Mi aturdimiento aumentó cuando el metro paró en la estación Bac de Roda y subieron tres chicas y un chico. Era yo, hace tres años, junto a mis amigos de mi anterior carrera universitaria. Mi anterior persona parecía decaída, dos chicas me rodeaban y el chico me abrazaba.

— A partir de ahora nosotros te cuidaremos, ¡no lo necesitas en absoluto! —decía una de ellas mientras la otra me acariciaba el pelo.

Yo me aferraba a la chaqueta de mi amigo, fundida en el abrazo al final del vagón. Acababa de cortar la relación con mi pareja, justo la allí presente. Recuerdo con cariño y amargura aquél día, pues fue uno en el que, con el corazón roto, estuve arropada en todo momento. Ninguna persona de ese vagón formaba parte de mi vida, pero sí de mis recuerdos.
La pareja bajó en Sagrada Familia, y justo entraron por la misma puerta un grupo de cuatro chicas. Era yo, hace unos meses, con mis nuevas amigas de clase. Yo llevaba un ramo de flores, ellas mismas me lo habían regalado por mi cumpleaños. Yo les desvelaba por primera vez mi sueño: ser escritora. Ellas reaccionaban entre sonrisas y comentarios de apoyo a lo que yo les contaba.
El grupo de amigos al final del coche salió en Passeig de Gràcia, y mientras escuchaba a mis amigas charlar, reflexioné en aquellas conversaciones que sucedieron en los vagones de la línea dos. Allí había pasado largos minutos viajando con todas las personas que formaron parte de mi vida en algún momento. De repente el vagón se me hizo familiar, me sentía en casa. Llegué a mi parada final, Universitat, y crucé la puerta junto a mis amigas, esperando volver para añadir al metro de los recuerdos una conversación más.