Autor/a
Lliure
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

La cabina número siete

La cabina del teleférico de Montjuïc se balanceó suavemente cuando las puertas se cerraron.
Dentro solo quedaron dos personas.
Una mujer de unos treinta años y un hombre mayor con una mochila gastada. Durante los primeros segundos ninguno dijo nada. Abajo, Barcelona se extendía como un mapa de luces, calles y azoteas.
—Siempre me da un poco de vértigo —dijo finalmente la mujer mirando hacia abajo.
El hombre sonrió.
—A mí me da más vértigo la ciudad que la altura.
Ella rió suavemente.
El teleférico avanzaba despacio sobre el puerto. Los barcos parecían pequeños juguetes flotando en el agua oscura.
—¿Subes mucho aquí? —preguntó ella.
—No —respondió el hombre—. Solo una vez al año.
—¿Por qué?
El hombre tardó unos segundos en contestar.
—Porque hace diez años vine aquí con alguien.
La mujer lo miró con curiosidad.
—Era mi hija —continuó—. Tenía doce años y quería ver Barcelona desde arriba. Decía que desde aquí todo parecía más sencillo.
La cabina pasó por encima de los árboles de Montjuïc.
—¿Y ahora vienes a recordarla? —preguntó ella con suavidad.
El hombre negó lentamente.
—No exactamente.
La mujer guardó silencio.
—Vengo porque aquel día discutimos —dijo él—. Una discusión tonta. Yo estaba cansado del trabajo, ella quería quedarse más tiempo. Me enfadé.
La cabina avanzaba lentamente hacia la estación.
—Después bajamos —continuó— y le prometí que volveríamos otro día.
El hombre miró la ciudad iluminada.
—Pero ese otro día nunca llegó.
La mujer no dijo nada durante un rato.
—Yo también estoy aquí por algo parecido —dijo finalmente.
El hombre la miró.
—Hoy iba a decirle a alguien algo importante… y no fui capaz.
El teleférico empezó a frenar al acercarse a la estación.
—¿Y ahora? —preguntó el hombre.
La mujer respiró hondo.
—Ahora creo que voy a bajar, llamarlo… y decirlo.
Las puertas se abrieron.
La mujer salió primero. Antes de irse, se giró.
—Gracias por contarlo.
El hombre asintió.
—Gracias por escuchar.
Cuando la cabina volvió a ponerse en marcha, el hombre miró de nuevo la ciudad bajo sus pies.
Luego sacó el móvil del bolsillo.
Y por primera vez en diez años, marcó un número que nunca se había atrevido a llamar.