Autor/a
Papá Oso
Categoria
Relat lliure
La era de los primates
La era de los primates había terminado; al menos así se lo habían enseñado, pero viendo los brazos y las manos que sujetaban la mochila que tenía enfrente, el derecho a la duda estaba más que justificado. El resto del cuerpo estaba en concordancia con las extremidades superiores. El hecho de que la camiseta que cubría el torso fuera de color canela no hacía más que resaltar el vello negro y brillante que flotaba encima de la piel morena. No obstante, no tenía un pelo de tonto, ni de listo, ni de ningún otro tipo, ya que su calva realmente era lisa y, cual espejo bien bruñido, reflejaba la luz proveniente del techo del autobús.
Su mirada, perdida sin rumbo en el pasar de las farolas de la calle, hechizaba. Cualquiera hubiera podido perderse dentro de esos ojos negros escondidos debajo de unas cejas demasiado pobladas para el gusto de Irene; pero no había paz en ellos, algo oscuro escondían, y su propietario no parecía de los que le pudieras preguntar cómo se siente.
Irene cada día repetía el mismo trayecto, el mismo autobús, las mismas paradas; muchas de las caras eran las mismas; sin embargo, hoy había una novedad.
Cuando su cuerpo descendió del bus, la mente de Irene aún estaba sumergida en esa mirada profunda, presa sin poder escapar.
Las dos esquinas que la separaban de la parada hasta la administración de loterías fueron recorridas de una manera automática, sin sensaciones, sin responder a los saludos que le brindó Luis al cruzarse con ella, sin ver las prisas de la gente ni ser consciente del día de la semana que era. Continuaba navegando en esa mirada profunda.
Fue en la puerta de la administración cuando su mente se reencontró con su cuerpo y decidió que tenía que empezar a trabajar.
No era un trabajo que le encantara, pero encontraba cierta gratificación en la ilusión que mostraba la gente al adquirir los décimos de lotería.
El CAP ubicado en la manzana de enfrente conseguía que las ventas no cesaran durante todo el día, que si he venido a acompañar a mi sobrino, que dame dos décimos que mi marido tiene colesterol...
En el momento de bajar la persiana y pensar en ir a buscar el bus de vuelta, recordó la visión de esa tarde en el autobús. Se preguntó si volvería a verlo. Había quedado impresionada.
En la parada, mientras esperaba el bus, su mirada recorría toda la calle una y otra vez buscando una persona inexistente. Lo único que encontraba era gente con prisas, gente cansada, gente y más gente, pero ninguna persona.
El mismo trayecto, las mismas paradas, casi las mismas caras... no había ninguna novedad.
La visión lejana de una mochila marrón, gastada por el uso, completamente anónima, sin ningún tipo de marca exterior destacable, hubiera pasado desapercibida a Irene, pero hoy, esa visión, aunque lejana, significó un recuerdo fugaz de unos ojos negros y tristes acompañados del resto del cuerpo que inmediatamente supo relacionar. ¡Era él! Estaba andando por la calle Marina. Sus pensamientos recuperaron un vuelo fugaz por el interior de una mirada, pero solo fue eso, fugaz.
La vuelta a la realidad se produjo al oír un frenazo en el lateral de Gran Vía, un montón de gente gritando, una furgoneta cruzada, un cuerpo tendido en la calle, una mochila en el suelo.
El V21 siguió por Marina.
Irene cerró los ojos, pensó en la mirada de la mañana, esa mirada profunda que no volvería a ver.
Definitivamente, la era de los primates había terminado.
Su mirada, perdida sin rumbo en el pasar de las farolas de la calle, hechizaba. Cualquiera hubiera podido perderse dentro de esos ojos negros escondidos debajo de unas cejas demasiado pobladas para el gusto de Irene; pero no había paz en ellos, algo oscuro escondían, y su propietario no parecía de los que le pudieras preguntar cómo se siente.
Irene cada día repetía el mismo trayecto, el mismo autobús, las mismas paradas; muchas de las caras eran las mismas; sin embargo, hoy había una novedad.
Cuando su cuerpo descendió del bus, la mente de Irene aún estaba sumergida en esa mirada profunda, presa sin poder escapar.
Las dos esquinas que la separaban de la parada hasta la administración de loterías fueron recorridas de una manera automática, sin sensaciones, sin responder a los saludos que le brindó Luis al cruzarse con ella, sin ver las prisas de la gente ni ser consciente del día de la semana que era. Continuaba navegando en esa mirada profunda.
Fue en la puerta de la administración cuando su mente se reencontró con su cuerpo y decidió que tenía que empezar a trabajar.
No era un trabajo que le encantara, pero encontraba cierta gratificación en la ilusión que mostraba la gente al adquirir los décimos de lotería.
El CAP ubicado en la manzana de enfrente conseguía que las ventas no cesaran durante todo el día, que si he venido a acompañar a mi sobrino, que dame dos décimos que mi marido tiene colesterol...
En el momento de bajar la persiana y pensar en ir a buscar el bus de vuelta, recordó la visión de esa tarde en el autobús. Se preguntó si volvería a verlo. Había quedado impresionada.
En la parada, mientras esperaba el bus, su mirada recorría toda la calle una y otra vez buscando una persona inexistente. Lo único que encontraba era gente con prisas, gente cansada, gente y más gente, pero ninguna persona.
El mismo trayecto, las mismas paradas, casi las mismas caras... no había ninguna novedad.
La visión lejana de una mochila marrón, gastada por el uso, completamente anónima, sin ningún tipo de marca exterior destacable, hubiera pasado desapercibida a Irene, pero hoy, esa visión, aunque lejana, significó un recuerdo fugaz de unos ojos negros y tristes acompañados del resto del cuerpo que inmediatamente supo relacionar. ¡Era él! Estaba andando por la calle Marina. Sus pensamientos recuperaron un vuelo fugaz por el interior de una mirada, pero solo fue eso, fugaz.
La vuelta a la realidad se produjo al oír un frenazo en el lateral de Gran Vía, un montón de gente gritando, una furgoneta cruzada, un cuerpo tendido en la calle, una mochila en el suelo.
El V21 siguió por Marina.
Irene cerró los ojos, pensó en la mirada de la mañana, esa mirada profunda que no volvería a ver.
Definitivamente, la era de los primates había terminado.