Autor/a
Lletres viatgeres
Categoria
Relat escolar
Subcategoria
De 8 a 12 anys
Centre escolar
Institució Igualada
La excursión en funicular hast
Me llamo Marta, y voy a sexto de primaria en el colegio de mi pueblo. El viernes pasado, mis padres me dijeron: “Mañana sábado te gustaría hacer una excursión, ¿y subir al monasterio de la montaña de Montserrat con el funicular?”. Yo dije que sí que me gustaría mucho, porque solo lo había visto en fotos.
Al día siguiente, fuimos directos hacia el funicular. Al subir, coincidimos con una amiga del colegio que hace muchos años que no me llevo bien. Ella se llama Sofia, y nos conocemos desde la guardería, pero hace unos años que nos enfadamos y ya nos hemos vuelto a hablar. Me miró con cara de mala persona y con rencor. Pero también, subieron en el funicular con nosotros, una señora de mi pueblo con su perro pequeño, que cada vez que nos encontramos, el perro viene hacia mí. Se llama Teo y es de color marrón chocolate.
Todos los pasajeros ya estábamos en el funicular. Sonó un timbre, y el funicular se empezó a mover y a subir muy despacio por la montaña. Yo estaba mirando las vistas desde la ventana, y veía como las casas se hacían cada vez más pequeñitas. El funicular hacía un ruido muy raro mientras iba subiendo.
Al cabo de unos minutos, el funicular se paró. Ninguno de los pasajeros gritó, y todos nos quedamos callados. Teníamos tanto miedo que nos paralizamos y no pudimos decir nada. Al contrario, el perro empezó a ladrar. Ladró tanto y durante tanto rato que todos nos asustamos. Decidí acercarme a ver qué pasaba. Sofía también se acercó, me miró, y me preguntó “¿por qué ya no me hablas?”. Yo le contesté “desde lo que pasó, ya no nos hemos vuelto a hablar”.
El funicular continuó parado durante 10 minutos. Por el altavoz, nos dijeron que estuviéramos tranquilos, que, en menos de 5 minutos, el funicular volvería a funcionar. El perro empezó a temblar un poco, y a volver a ladrar, como si estuviera preguntando qué estaba pasando, así que le hice una cara divertida. Sofía también le puso otra cara divertida. Las dos pasamos un buen rato con Teo antes de que el funicular volviera a funcionar.
De repente, se volvió a escuchar un timbre, y el funicular volvió a subir. Sofía y yo volvimos con nuestros padres hasta llegar al final del funicular.
Cuando todos los pasajeros íbamos a salir del funicular, nos cruzamos con Sofía, y ella me dijo “perdóname”, y yo le acepté las disculpas. Nos hicimos un abrazo, y volvimos a ser amigas. Ese día, hicimos la excursión al monasterio de la montaña de Montserrat juntas con nuestros padres.
Al día siguiente, fuimos directos hacia el funicular. Al subir, coincidimos con una amiga del colegio que hace muchos años que no me llevo bien. Ella se llama Sofia, y nos conocemos desde la guardería, pero hace unos años que nos enfadamos y ya nos hemos vuelto a hablar. Me miró con cara de mala persona y con rencor. Pero también, subieron en el funicular con nosotros, una señora de mi pueblo con su perro pequeño, que cada vez que nos encontramos, el perro viene hacia mí. Se llama Teo y es de color marrón chocolate.
Todos los pasajeros ya estábamos en el funicular. Sonó un timbre, y el funicular se empezó a mover y a subir muy despacio por la montaña. Yo estaba mirando las vistas desde la ventana, y veía como las casas se hacían cada vez más pequeñitas. El funicular hacía un ruido muy raro mientras iba subiendo.
Al cabo de unos minutos, el funicular se paró. Ninguno de los pasajeros gritó, y todos nos quedamos callados. Teníamos tanto miedo que nos paralizamos y no pudimos decir nada. Al contrario, el perro empezó a ladrar. Ladró tanto y durante tanto rato que todos nos asustamos. Decidí acercarme a ver qué pasaba. Sofía también se acercó, me miró, y me preguntó “¿por qué ya no me hablas?”. Yo le contesté “desde lo que pasó, ya no nos hemos vuelto a hablar”.
El funicular continuó parado durante 10 minutos. Por el altavoz, nos dijeron que estuviéramos tranquilos, que, en menos de 5 minutos, el funicular volvería a funcionar. El perro empezó a temblar un poco, y a volver a ladrar, como si estuviera preguntando qué estaba pasando, así que le hice una cara divertida. Sofía también le puso otra cara divertida. Las dos pasamos un buen rato con Teo antes de que el funicular volviera a funcionar.
De repente, se volvió a escuchar un timbre, y el funicular volvió a subir. Sofía y yo volvimos con nuestros padres hasta llegar al final del funicular.
Cuando todos los pasajeros íbamos a salir del funicular, nos cruzamos con Sofía, y ella me dijo “perdóname”, y yo le acepté las disculpas. Nos hicimos un abrazo, y volvimos a ser amigas. Ese día, hicimos la excursión al monasterio de la montaña de Montserrat juntas con nuestros padres.