Autor/a
M.P. Rey
Categoria
Relat escolar
Subcategoria
De 13 a 17 anys
Centre escolar
IE El Molí
Relat escolar

La melodía sobre dos ruedas

Barcelona siempre tenía un ritmo escondido en las calles. Irene lo notaba cada mañana cuando montaba su bici del AMB. Pedalear la hacía sentir tranquila. Le gustaba el sonido de los frenos, el viento en la cara y hasta el olor del pan recién hecho en la panadería de la esquina.

Marc también lo sentía. Para él, la bici era lo mejor del día: solo existían la calle, el viento y moverse rápido. Le gustaba mirar los pájaros en la plaza, las hojas que caían y los grafitis de colores en las paredes.

No eran amigos. Apenas se hablaban en clase. Pero un día de otoño, sin querer, eligieron el mismo camino a casa. Se encontraron en el carril bici de la Diagonal y empezaron a pedalear juntos. Iban al mismo ritmo, sin decir nada.

—¡Eh! ¡Vas muy rápido! —dijo Marc.
—¡Pues tú corre más! —respondió Irene, riéndose—. ¡Casi me caigo!

Irene pensó: Qué raro… nunca me había divertido tanto montando sola.

De repente, la ciudad cambió. Los coches parecían ir más despacio, el viento soplaba suave y todo se sentía más tranquilo. Incluso los perros parecían mirar más calmados. Irene tuvo mariposas en el estómago y pensó: Esto es como magia… o estoy soñando.

Después de ese día, empezaron a verse más. Cada vez que pedaleaban juntos, la ciudad se calmaba: los semáforos duraban más en verde, los niños en el parque dejaban de pelear y hasta el helado que se caía de un cucurucho parecía quedarse flotando un segundo más. Nadie los veía, pero todo cambiaba.

Ellos también se hicieron más cercanos. Reían de cosas tontas, se contaban secretos y hacían bromas sobre sus profes. Irene pensaba todo el tiempo en Marc y se sonrojaba cuando lo miraba.

Pero había un problema. Cuanto más duraba la armonía, más cansados se sentían. Mareos, dolor de cabeza y sueños raros con bicicletas que no paraban nunca. Descubrieron que no eran los únicos jóvenes así; aparecían cuando la ciudad estaba a punto de romperse. Ellos solo ayudaban a que todo se calmara.

Una noche recorrieron toda Barcelona. Pasaron por la Sagrada Familia iluminada, por las calles vacías, por el puerto donde los barcos dormían. La ciudad estaba tranquila, como agradeciéndoles. Cuando pararon, las bicicletas del AMB se bloquearon solas. La melodía desapareció.

—Te quiero —dijo Irene, con lágrimas en los ojos.
—Yo también —dijo Marc, abrazándola—. Eso basta.

Irene pensó: No importa si ya no pasa… al menos lo hicimos juntos.

Desde entonces, Barcelona nunca volvió a romperse del todo. A veces, dos ciclistas con bicicletas del AMB pedalean juntos y todo encaja por un momento. Nadie sabe por qué. Pero el ritmo sigue ahí.