Autor/a
Felipa
Categoria
Relat escolar
Subcategoria
De 13 a 17 anys
Centre escolar
Col·legi Canigó de Barcelona
LA MISMA PARADA
Mi padre decía que el metro es el único sitio de Barcelona donde la gente se mira sin fingir que no se mira.
Lo decía siempre que bajábamos juntos a la línea 2, los domingos por la mañana, cuando el vagón estaba casi vacío y podíamos sentarnos donde quisiéramos y aun así nos sentábamos juntos, pegados, porque éramos ese tipo de personas.
Me enseñó a leer los andenes como si fueran gente. Ese hombre con el traje arrugado que vuelve, no que va. Esa chica que mira el móvil pero tiene los ojos parados, está pensando, no leyendo. Ese niño que lleva el bocadillo a medio comer y todavía no sabe que el mundo es complicado.
Los domingos éramos detectives, mi padre y yo.
Dejé de bajar al metro cuando él murió. Tres años sin pisar un andén, sin oler ese aire raro que huele a ciudad por dentro. No era un plan, simplemente mi cuerpo no encontraba el camino hacia abajo.
Hoy he vuelto.
No sé muy bien por qué hoy y no otro día. A veces las cosas pasan cuando tienen que pasar y el cuerpo sabe antes que la cabeza.
He bajado las escaleras despacio. He esperado en el andén con las manos en los bolsillos. Y cuando ha llegado el metro y se han abierto las puertas me he quedado paralizada porque dentro, sentado junto a la ventana, había un hombre mayor mirando el andén con esa cara de leer a la gente que me resultaba tan familiar que por un segundo el aire se me ha quedado atascado en algún sitio entre el pecho y la garganta.
No era él. Claro que no era él.
Pero me he sentado a su lado igual.
Y he mirado el andén como me enseñó. El hombre del traje arrugado que vuelve. La chica con los ojos parados que está pensando. El niño del bocadillo que todavía no sabe nada.
En Paral·lel el hombre mayor se ha levantado para bajar. Antes de salir se ha girado y me ha mirado con esa expresión tranquila de los que han vivido mucho.
—Bonita forma de recordar a alguien —me ha dicho.
Y se ha ido antes de que yo pudiera preguntarle cómo lo sabía.
Me he quedado sola en el vagón, con los ojos llenos, sonriendo sin querer.
Los domingos éramos detectives, mi padre y yo.
Hoy también.
Lo decía siempre que bajábamos juntos a la línea 2, los domingos por la mañana, cuando el vagón estaba casi vacío y podíamos sentarnos donde quisiéramos y aun así nos sentábamos juntos, pegados, porque éramos ese tipo de personas.
Me enseñó a leer los andenes como si fueran gente. Ese hombre con el traje arrugado que vuelve, no que va. Esa chica que mira el móvil pero tiene los ojos parados, está pensando, no leyendo. Ese niño que lleva el bocadillo a medio comer y todavía no sabe que el mundo es complicado.
Los domingos éramos detectives, mi padre y yo.
Dejé de bajar al metro cuando él murió. Tres años sin pisar un andén, sin oler ese aire raro que huele a ciudad por dentro. No era un plan, simplemente mi cuerpo no encontraba el camino hacia abajo.
Hoy he vuelto.
No sé muy bien por qué hoy y no otro día. A veces las cosas pasan cuando tienen que pasar y el cuerpo sabe antes que la cabeza.
He bajado las escaleras despacio. He esperado en el andén con las manos en los bolsillos. Y cuando ha llegado el metro y se han abierto las puertas me he quedado paralizada porque dentro, sentado junto a la ventana, había un hombre mayor mirando el andén con esa cara de leer a la gente que me resultaba tan familiar que por un segundo el aire se me ha quedado atascado en algún sitio entre el pecho y la garganta.
No era él. Claro que no era él.
Pero me he sentado a su lado igual.
Y he mirado el andén como me enseñó. El hombre del traje arrugado que vuelve. La chica con los ojos parados que está pensando. El niño del bocadillo que todavía no sabe nada.
En Paral·lel el hombre mayor se ha levantado para bajar. Antes de salir se ha girado y me ha mirado con esa expresión tranquila de los que han vivido mucho.
—Bonita forma de recordar a alguien —me ha dicho.
Y se ha ido antes de que yo pudiera preguntarle cómo lo sabía.
Me he quedado sola en el vagón, con los ojos llenos, sonriendo sin querer.
Los domingos éramos detectives, mi padre y yo.
Hoy también.