Autor/a
Maryam
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

La Rosa del andén

La princesa Victoria despertó con un sobresalto. No había canto de pájaros ni perfume de jardines reales, sino el eco metálico de un tren que llegaba y el rumor de pasos apresurados. Estaba tumbada en el suelo frío de un andén de metro, iluminado por luces blancas que zumbaban como insectos.
Se incorporó lentamente, aún con su vestido de seda arrugado, preguntándose cómo había pasado del balcón de su torre al corazón de aquel extraño reino subterráneo.
A su lado, en el suelo gris, había una rosa roja. Tan roja como las que crecían en los rosales del patio del castillo. Junto al tallo había una pequeña nota doblada.
Victoria la abrió con dedos temblorosos.
“No despiertes de este sueño hasta hoy 23 de abril.
Tu caballero.”
La princesa frunció el ceño.
—¿Un sueño? —murmuró mirando alrededor.
Las personas caminaban deprisa sin mirarla apenas: hombres con mochilas, mujeres hablando con pequeños artefactos brillantes, niños riendo mientras corrían hacia un tren que suspiraba al cerrar sus puertas.
Todo parecía demasiado extraño para ser real… y, sin embargo, la rosa en su mano era cálida, viva.
Victoria decidió obedecer la nota. Si aquello era un sueño, lo viviría.
Durante días recorrió la ciudad que se extendía sobre aquel laberinto de túneles. Vio torres de piedra que tocaban el cielo, calles llenas de música, librerías que olían a papel antiguo. Nadie parecía sorprenderse demasiado de su vestido; algunos incluso pensaban que era parte de alguna fiesta.
La rosa nunca se marchitaba.
Cada noche dormía en bancos, en parques o bajo balcones llenos de geranios, preguntándose quién sería ese caballero capaz de enviarle una rosa a través de los sueños.
Finalmente llegó el 23 de abril.
Las calles amanecieron cubiertas de puestos de libros y rosas. Había tantas flores que el aire parecía teñido de rojo. Victoria caminaba entre la gente maravillada cuando alguien pronunció su nombre.
—Victoria.
Se giró.
Un joven estaba frente a ella. No llevaba armadura ni espada, solo una chaqueta sencilla y una sonrisa que parecía conocerla desde siempre.
—Llegaste —dijo él.
—¿Eres… mi caballero?
El muchacho levantó una rosa idéntica a la suya.
—Te prometí que nos encontraríamos en este sueño.
Victoria lo miró a los ojos y, por un instante, el ruido de la ciudad desapareció. Sintió algo extraño: como si recordara una historia aún no vivida.
—¿Y ahora despertaré? —preguntó.
El joven negó suavemente.
—No. Ahora empieza el sueño de verdad.
La princesa miró la rosa, luego los libros, las calles llenas de vida.
Y por primera vez desde que abrió los ojos en aquel andén de metro, sonrió como si el destino hubiera cambiado de cuento