Autor/a
Emilia
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

La última parada

El autobús iba casi vacío cuando Clara subió en Plaza Espanya. Eran las nueve y media de la noche, esa hora en que Barcelona parece cansada de sí misma y empieza a mirarse en los escaparates apagados. Llovía poco, una llovizna fina que empañaba los cristales y volvía borrosas las luces de la calle, como si la ciudad estuviera siendo recordada por alguien.

Clara validó el billete, avanzó hasta la mitad del vehículo y se sentó junto a la ventana. Llevaba una carpeta azul apretada contra el pecho, como si dentro guardara algo frágil. No miró a nadie. El conductor, un hombre ancho con barba gris y expresión de haber visto demasiadas vidas pasar por el retrovisor, arrancó sin prisa.

En el autobús viajaban apenas cinco personas. Una pareja de turistas agotados que seguían una ruta inútil en el móvil. Un chico con uniforme de repartidor, dormido a medias. Una mujer mayor con un ramo de flores envuelto en papel de periódico. Y, al fondo, un hombre delgado que no dejaba de mover la pierna con nerviosismo, como si estuviera huyendo de algo que aún no había terminado de ocurrir.

Clara apoyó la frente en el cristal. Había pasado la tarde en el hospital. Su padre llevaba tres semanas ingresado y cada día parecía más pequeño, como si la enfermedad le fuera borrando no solo el cuerpo, sino también el volumen de su antigua autoridad. Aquel hombre que antes llenaba una habitación con su voz ahora hablaba en susurros, y a veces ni eso. Esa tarde, mientras ella le pelaba una mandarina, él le había dicho sin mirarla:

—No hace falta que vengas todos los días.

Ella no respondió. Sabía que aquella frase no significaba lo que decía. En algunas familias, el amor tiene la mala costumbre de disfrazarse de estorbo.

El autobús giró por una avenida mojada. Las luces del interior parpadearon apenas. La mujer de las flores miró a Clara y luego volvió la vista al ramo, como si también ella llevara una conversación pendiente con alguien ausente. El chico repartidor despertó sobresaltado, miró por la ventana y volvió a dormirse.

Entonces ocurrió algo mínimo.

El hombre nervioso del fondo se levantó de golpe, se acercó a la puerta central y empezó a palparse los bolsillos con una desesperación muda. Luego miró al suelo, debajo de los asientos, junto a la barra metálica, alrededor de sus zapatos. El conductor lo observó por el espejo.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—La cartera —dijo el hombre, casi sin voz—. No está.

Nadie se movió al principio. Fue la mujer de las flores la que se inclinó primero, apartando con cuidado el ramo para mirar bajo su asiento. Después el repartidor, todavía medio dormido, se agachó a revisar entre sus pies. Clara dejó la carpeta en el asiento y buscó a su lado, bajo la ventana, en el rincón oscuro donde se acumulaban polvo, un envoltorio de caramelo y un billete viejo.

El autobús siguió avanzando, más despacio ahora, como si también él se hubiera sumado a la búsqueda.

La cartera apareció al final debajo del asiento de Clara, empujada hacia atrás por alguna frenada. Era una cartera gastada, de cuero oscuro. El hombre la abrió de inmediato. Dentro estaba todo: documentos, tarjetas, algo de dinero, una fotografía doblada.

Se quedó quieto mirando esa foto.

—Gracias —dijo al fin, pero no sonó aliviado. Sonó vencido.

Clara le devolvió la cartera. En el gesto, sin querer, vio la imagen: una niña con gafas enormes y sonrisa torcida, sentada en un columpio.

El hombre debió notar su mirada.

—Mi hija —murmuró—. Hoy cumple ocho.

Nadie dijo nada.