Autor/a
Maryam
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

La ultima parada que no existe

La princesa olvidó el momento exacto en que el mármol dejó de sostenerla. Tal vez fue cuando los relojes del palacio aprendieron a mentir, repitiendo la misma hora como un hechizo cansado. Tal vez cuando comprendió que su nombre pesaba más que su voz.
Aquella noche descendió al metro como quien cae en un sueño ajeno. El aire olía a hierro y a vidas que no se detienen. Compró un billete torpemente, como si aprendiera a existir, y esperó sin ser mirada.
El tren llegó como una bestia dócil de luz y ruido. Al entrar, el mundo se estrechó en un vagón lleno de silencios compartidos. Se aferró a la barra metálica con manos que nunca habían temblado así.
Entonces, la luz titubeó.
Una vez.
Dos.
Tres.
Y en ese breve parpadeo, la realidad se volvió líquida. Las ventanas dejaron de reflejar rostros y comenzaron a susurrar sombras antiguas, como si el túnel recordara otros caminos.
Cuando la claridad regresó, él ya estaba allí.
No llegó: apareció.
Un joven con las manos manchadas de grasa y una llave inglesa asomando como una espada sin leyenda. Sus ojos, sin embargo, no pertenecían al ruido, sino a algo más quieto.
—No temas —dijo, con voz de quien ha visto lo mismo antes—. A veces el tren olvida por dónde va.
La princesa lo miró como se mira un enigma.
—No eran luces —susurró—. Era otra cosa.
Él asintió apenas.
—Hay viajes que no están escritos.
El vagón respiró más hondo. Los pasajeros parecían suspendidos, como figuras entre dos latidos.
—¿Dónde estoy? —preguntó ella.
—En un cruce —respondió él—. Donde lo que dejas y lo que eliges se encuentran.
La princesa cerró los ojos un instante.
—He huido.
—No —dijo él suavemente—. Has llegado.
Entonces el tren disminuyó su marcha sin detenerse del todo. Más allá del cristal ya no había túnel, sino un bosque encendido de pequeñas luces, como estrellas que habían decidido caer despacio.
La princesa avanzó hacia la puerta, atraída por una promesa sin palabras.
—Si bajo… ¿desaparezco?
El joven —Jordi— la sostuvo con la mirada.
—Te transformas.
Ella respiró, y ese aliento fue más suyo que cualquier decreto.
Las puertas se abrieron como si el mundo cediera.
—¿Vienes? —preguntó, casi en un hilo.
Él negó, con una tristeza serena.
—Aún pertenezco a lo que se rompe.
La princesa tomó la llave inglesa entre sus dedos.
—No es una espada.
—Todo lo es —respondió él—, si sabes qué salvar.
Ella sonrió, leve, luminosa, y devolvió el metal.
Luego cruzó.
El tren siguió su curso. Jordi observó el reflejo en la ventana: por un instante, una corona de luz se deshizo entre los árboles.
Y el vagón volvió a ser un vagón.
Pero hay trayectos que no terminan.
Y princesas que no se pierden.
Solo aprenden a elegirse.