Autor/a
Pedro el Dragón
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

La vida en V.O.S.E. en la L2

Pau era montador de vídeo. Su cerebro no funcionaba en secuencias lógicas, sino en cortes, géneros y puntos de giro. Para él, el metro no era un transporte; era una sala de proyección múltiple, una maratón de cortometrajes sin créditos finales. Al subir en Sagrada Família, el aire denso y el murmullo políglota le dieron la bienvenida. Encontró hueco junto a la puerta, su butaca preferida para la función. La película ya había empezado.

En su mente, el primer corto era un drama neorrealista titulado Lágrimas en la lluvia. Una mujer sostenía el móvil en alto, su rostro convertido en una máscara de ternura ante la imagen pixelada de una niña en una habitación lejana. «¡Ay, mi reina, qué grande estás!», decía, su voz un hilo de seda contra el estruendo del túnel. «Prontito, mi amor, prontito te mando para las zapatillas nuevas…». Junto a ella, un hombre enviaba audios en urdu con la cadencia rítmica de un film noir sobre la globalización. «Jaldi, jaldi, que el contenedor no espera…», susurraba, concentrado en la logística de un mundo que nunca duerme.

En Verdaguer, el reparto se amplió y el género viró al melodrama pasional. Pau lo bautizó Relatos salvajes. «¡No, papi, no me vengas con esa vaina!», estalló una chica de aros dorados. «¿Que Esteban es solo un pana? ¡Me dejaste plantada, mi amol, plantada!». Tras ella, dos mujeres arrastraban carros de mercancía con la autoridad de un western épico. Por un puñado de euros, pensó Pau con respeto. «¡Te lo juro, prima! ¡Me dice que si se lo dejo a cinco!», exclamó la mayor antes de soltar una carcajada: «¡Endicá! ¡Qué cara más dura tiene el payo!».

Al llegar a Diagonal, un músico con un violín desgastado se acomodó entre los vagones. Al contacto del arco con las cuerdas, las notas de Cinema Paradiso inundaron el espacio, dándole a la escena la banda sonora que Pau necesitaba. Bajo el amparo de Morricone, tres italianas entraron gesticulando con la elegancia de una película de Sorrentino —«Allora, ragazze, non potete capire! Era bellissimo!»—, mientras su risa se fundía con el vibrato del violín. Para rematar el cuadro, dos jóvenes se apoyaron cerca, su conversación en mandarín un susurro rítmico, puro Wong Kar-wai.

Entre Diagonal y Passeig de Gràcia, el vagón se convirtió en una mesa de mezclas saturada. El violín subió de intensidad y los diálogos confluyeron en un clímax perfecto. Pau jugaba a cortar mentalmente de un plano a otro:

—...¡y no me digas que me calme, coño!
—...¡un besito volador para mi princesa!
—...ma ti rendi conto? ¡Mi ha lasciato in visualizzato!
—...¡si es que ya no se puede tratar!
—...Wā, tài kě'àile!

Por encima de aquel galimatías, una mujer de mediana edad con AirPods respondía irritada a la llamada que había interrumpido su lectura. Era la voz en off de la resignación local: «Marc, que la iaia fa cent anys, fill! Hauràs de venir sí o sí».
Propera parada: Passeig de Gràcia. El The End ás cruel. El final abrupto de siete películas y un concierto. Bip. Bip. Bip. Atenció, portes obertes.

Pau se abrió paso entre empujones y, ya fuera, buscó un último fotograma. El metro se puso en marcha. En su interior, la protagonista del drama secándose una lágrima; la joven de los aros tecleando; las italianas riendo; las comerciantes atentas a sus fardos; el violinista en las últimas notas... Cada uno en su película inconclusa, todos en el mismo vagón devorado por la oscuridad del túnel.

El mundo, pensó Pau, estaba lleno de guiones con principio y nudo, pero sin desenlace.