Autor/a
Andrea
Categoria
Relat lliure
LAS 7:21
(Riiing)
—¿Ya son las siete? Qué rápido ha pasado la noche… cinco minutos más.
(Riiing)
—Levántate. Vas a llegar tarde. Como siempre.
7:05.
Corro.
Me visto sin pensar.
Bajo las escaleras saltando dos en dos. La mochila mal cerrada golpea mi espalda.
El ferrocarril de las 7:15 se va cuando llego al andén. Siempre veo cómo se cierran las puertas. Siempre un segundo tarde.
El de las 7:21 ya no es prisa. Es costumbre.
Transbordo. Metro. Un asiento libre.
Me siento como si el día me debiera algo.
Saco el libro. Lo abro. No leo.
Cuento las estaciones que quedan. Calculo los minutos.
El metro se detiene entre estaciones. Las luces parpadean una vez. Nadie se queja. Estamos entrenados para esperar.
Entonces la escucho. Una voz frágil pidiendo monedas. No suplica. Enumera desgracias sin énfasis, como si estuviera leyendo un horario.
La miro. Pequeña. Pelo blanco recogido con un pasador dorado. Jersey negro. Falda gris. Manos torcidas sosteniendo un vaso de cartón. Avanza despacio, pero sin dudar.
Se detiene frente a mí. Busco una moneda y la dejo caer.
No se mueve.
Levanto la vista. Me sostiene la mirada como si estuviera comprobando algo.
—¿Se encuentra bien? —pregunto.
Se inclina un poco.
Su piel huele a polvo y a armario cerrado.
—Andrea —dice.
El sonido de mi nombre no me sorprende. Me incomoda.
—No te quejes tanto.
Parpadeo.
—Perdón.
—No te quejes tanto —repite—. No sabes lo poco que queda.
El metro arranca de golpe y me aprieta la mano. No parece frágil ahora.
—Cada mañana que llamaste tortura cuenta —dice—. Y se pagan todas juntas.
Me suelta.
Sigue avanzando por el vagón.
Miro alrededor. Nadie la mira. Nadie parece escucharla.
En la siguiente estación baja. Las puertas se cierran.
Me quedo mirando el cristal. No veo nada extraño. Solo mi cara cansada. El libro abierto en mis rodillas.
Las 7:42.
Voy a llegar tarde.
Miro mis manos. No están torcidas.
Todavía.
Pero cada segundo arrastra el tiempo que nadie me robó. El tiempo que, igual que ella, regalé.
—¿Ya son las siete? Qué rápido ha pasado la noche… cinco minutos más.
(Riiing)
—Levántate. Vas a llegar tarde. Como siempre.
7:05.
Corro.
Me visto sin pensar.
Bajo las escaleras saltando dos en dos. La mochila mal cerrada golpea mi espalda.
El ferrocarril de las 7:15 se va cuando llego al andén. Siempre veo cómo se cierran las puertas. Siempre un segundo tarde.
El de las 7:21 ya no es prisa. Es costumbre.
Transbordo. Metro. Un asiento libre.
Me siento como si el día me debiera algo.
Saco el libro. Lo abro. No leo.
Cuento las estaciones que quedan. Calculo los minutos.
El metro se detiene entre estaciones. Las luces parpadean una vez. Nadie se queja. Estamos entrenados para esperar.
Entonces la escucho. Una voz frágil pidiendo monedas. No suplica. Enumera desgracias sin énfasis, como si estuviera leyendo un horario.
La miro. Pequeña. Pelo blanco recogido con un pasador dorado. Jersey negro. Falda gris. Manos torcidas sosteniendo un vaso de cartón. Avanza despacio, pero sin dudar.
Se detiene frente a mí. Busco una moneda y la dejo caer.
No se mueve.
Levanto la vista. Me sostiene la mirada como si estuviera comprobando algo.
—¿Se encuentra bien? —pregunto.
Se inclina un poco.
Su piel huele a polvo y a armario cerrado.
—Andrea —dice.
El sonido de mi nombre no me sorprende. Me incomoda.
—No te quejes tanto.
Parpadeo.
—Perdón.
—No te quejes tanto —repite—. No sabes lo poco que queda.
El metro arranca de golpe y me aprieta la mano. No parece frágil ahora.
—Cada mañana que llamaste tortura cuenta —dice—. Y se pagan todas juntas.
Me suelta.
Sigue avanzando por el vagón.
Miro alrededor. Nadie la mira. Nadie parece escucharla.
En la siguiente estación baja. Las puertas se cierran.
Me quedo mirando el cristal. No veo nada extraño. Solo mi cara cansada. El libro abierto en mis rodillas.
Las 7:42.
Voy a llegar tarde.
Miro mis manos. No están torcidas.
Todavía.
Pero cada segundo arrastra el tiempo que nadie me robó. El tiempo que, igual que ella, regalé.