Autor/a
elpajaroverde
Categoria
Relat lliure
Relat lliure

Libro en blanco

Era tarde y el autobús estaba lleno. Irene era una sardina en lata. Se balanceaba con el ritmo del motor mientras una amalgama de olores la abrumaba.
Un hombre, sentado en el asiento más cercano, se levantó para bajarse. El flujo de personas que rodeaban a Irene se movió hacia atrás para dejarle salir y la empujó como una ola hambrienta, para volver después al mismo lugar.
Irene aprovechó la oportunidad y se sentó. Suspiró agradecida, estaba muy cansada después de todo el día en la oficina. Metió la mano en el bolso como un acto reflejo. Agarró la droga y acaricio la pantalla, suave y fría, antes de sacarlo. Tenía ganas. No quería perderse nada. Ya casi saboreaba el momento.
Pero entonces miró a su alrededor. Todos miraban hacia su propio haz de luz azulada, fría y suave, cada uno con su propia cadena tirando del pie, los ojos rojos por el esfuerzo de no pestañear, los cuellos con curvas adquiridas, protuberancias que no deberían tener. Le recordaron aquella película en unos amigos se venden por un chute de heroína.

Asustada, soltó el móvil. Se obligó a coger el libro. Lo abrió y lo colocó sobre su regazo, pero no sintió nada. Las páginas en blanco no le daban lo que ella deseaba. No había subida de endorfinas, no había noticias de las que opinar. Ni siquiera había una historia. No había nada escrito, era un libro falso, de desenganche les llamaban, una recomendación de su psicólogo. La última moda en terapias de adicción a las pantallas. Le había prometido que lo intentaría, pero las instrucciones no eran claras. Solo decían: “Imagine". Imaginar. ¿Cómo se empieza? Estaba tan cansada, no quería pensar. Pasó las páginas, pero no pasó nada. Aquello era una tontería, pensó.

La mujer que estaba sentada a su lado carraspeó.
—Prueba a cerrar los ojos.
—¿Qué?
—Digo que cierres los ojos, mujer. La primera vez es mejor que los cierres. A mí me funciona—le guiñó el ojo.
Irene se fijó en ella, debía ser de su edad, pero casi no tenía arrugas. En sus manos. Llevaba un libro, de los de verdad.
—No lo entiende, mi vida es muy complicada. Tengo mucho estrés.
—Chiquilla, yo tengo tres hijos, ya sé lo que es el estrés.
—¿Tres hijos? ¿Pero qué edad tiene?
—Tengo sesenta años.
No podía ser. Parecía tener su misma edad. Irene la miró mejor. Sus ojos brillaban y en el fondo de aquella mirada percibió una sabiduría antigua.

Decidió probar. Cerró los ojos.

El autobús dio un vote y despegó. Irene miró por la ventanilla del autobús. El transporte volaba apenas un par de metros por encima del asfalto, pero la perspectiva cambiaba completamente. Irene veía, desde su atalaya, la ciudad pasar. Allí había una frutería, allí, una mercería y un poco más adelante, un teatro. Los árboles bailaban y los pájaros cantaban. El barrio pasaba delante de sus ojos poco a poco, lento, a ritmo de semáforo. Calles por la que había pasado cada día con el autobús pero que nunca había visto de verdad, cientos de colores y sonidos, miles de vidas. Y ese fue solo el principio. Los comercios se volvieron planetas. Los árboles mutaron en animales salvajes y luego en estrellas. Viajaba a través del espacio y del tiempo. Ella era protagonista de las mejores aventuras. Irene la reina, Irene la astronauta, Irene la mejor jugadora de ajedrez…

Se despertó de golpe. A su lado, la señora del libro dormía con el libro en las manos. “Viaje al centro de la tierra” ponía en el lomo.
Sonrió. Aún quedaba mucho trayecto hasta casa.
—Espéreme, señora, que voy con usted.
Y cerró los ojos de nuevo.