Autor/a
Venecia1976
Categoria
Relat lliure
LO NATURAL SALE MEOR
Como cada mañana voy corriendo al metro y me encuentro con nuevas caras del personal de seguridad. Son cuatro chicos altos, de brazos fuertes; me alegra pensar que están generando empleo.
Llega el metro y veo que el maquinista también es nuevo.
Subimos y los cuatro se dispersan por los vagones. Al fondo hay más personal; eso me tranquiliza.
Continúo el viaje, pero en la tercera parada el metro se detiene. Diez minutos parados y los pasajeros empiezan a resoplar, miradas a los relojes y WhatsApp avisando del retraso.
Por megafonía nos dicen que el metro no continuará y que hagamos caso al personal de seguridad.
No sabemos qué ocurre; los nervios se notan.
De repente, uno de esos chicos entra en nuestro vagón y con voz grave dice:
—Estén tranquilos. Apaguen sus móviles y depositen en esta mochila todo lo de valor.
—Esto es un atraco.
Nos enseña la pistola.
Nos miramos sin hablar. Empieza Carmen, la carnicera, a la que veo cada mañana. Deja su teléfono y unas monedas. Poco a poco llenamos la mochila.
Nadie habla. Solo se oyen botas y cremalleras.
El metro vuelve a moverse, dejando atrás estaciones con pasajeros ajenos a todo.
En el vagón de al lado alguien se resiste. Un golpe seco. El silencio se convierte en llanto. Un hombre dice ser médico y pide ayudar.
El atracador acepta, pero advierte: aún queda mucho viaje.
De pronto suena una melodía. Un móvil. El atracador revisa la mochila… pero vuelve a sonar.
No viene de la bolsa.
Enfrente de mí, un niño de unos ocho años juega con su tablet. Su abuela suplica que no se la quiten.
El atracador le acaricia el pelo y dice:
—Puedes seguir jugando, niño.
Se marcha.
El niño me mira y me guiña un ojo. Me enseña la pantalla, pero no entiendo.
El metro sigue sin parar. Quedan diez minutos.
Nos ordenan formar grupos de cinco y bajar sin correr ni gritar.
Me toca con Carmen. Se coloca detrás… y saca una pistola.
—Caminen como si nada —dice—. Todo habrá terminado.
Nos miramos. Lo entiendo todo.
Cada grupo tiene a alguien dentro: Paco el del quiosco, Julián el cartero…
Lo habían planeado perfecto.
Llegamos al final. Bajamos. La gente sube sin saber nada.
Avanzamos por el pasillo. Las piernas tiemblan. Las escaleras parecen eternas. La luz está cerca.
Y al salir…
—¡Cámaras y acción! ¡Corten!
Gracias por participar en este rodaje. Sin vosotros no habría sido posible.
Llega el metro y veo que el maquinista también es nuevo.
Subimos y los cuatro se dispersan por los vagones. Al fondo hay más personal; eso me tranquiliza.
Continúo el viaje, pero en la tercera parada el metro se detiene. Diez minutos parados y los pasajeros empiezan a resoplar, miradas a los relojes y WhatsApp avisando del retraso.
Por megafonía nos dicen que el metro no continuará y que hagamos caso al personal de seguridad.
No sabemos qué ocurre; los nervios se notan.
De repente, uno de esos chicos entra en nuestro vagón y con voz grave dice:
—Estén tranquilos. Apaguen sus móviles y depositen en esta mochila todo lo de valor.
—Esto es un atraco.
Nos enseña la pistola.
Nos miramos sin hablar. Empieza Carmen, la carnicera, a la que veo cada mañana. Deja su teléfono y unas monedas. Poco a poco llenamos la mochila.
Nadie habla. Solo se oyen botas y cremalleras.
El metro vuelve a moverse, dejando atrás estaciones con pasajeros ajenos a todo.
En el vagón de al lado alguien se resiste. Un golpe seco. El silencio se convierte en llanto. Un hombre dice ser médico y pide ayudar.
El atracador acepta, pero advierte: aún queda mucho viaje.
De pronto suena una melodía. Un móvil. El atracador revisa la mochila… pero vuelve a sonar.
No viene de la bolsa.
Enfrente de mí, un niño de unos ocho años juega con su tablet. Su abuela suplica que no se la quiten.
El atracador le acaricia el pelo y dice:
—Puedes seguir jugando, niño.
Se marcha.
El niño me mira y me guiña un ojo. Me enseña la pantalla, pero no entiendo.
El metro sigue sin parar. Quedan diez minutos.
Nos ordenan formar grupos de cinco y bajar sin correr ni gritar.
Me toca con Carmen. Se coloca detrás… y saca una pistola.
—Caminen como si nada —dice—. Todo habrá terminado.
Nos miramos. Lo entiendo todo.
Cada grupo tiene a alguien dentro: Paco el del quiosco, Julián el cartero…
Lo habían planeado perfecto.
Llegamos al final. Bajamos. La gente sube sin saber nada.
Avanzamos por el pasillo. Las piernas tiemblan. Las escaleras parecen eternas. La luz está cerca.
Y al salir…
—¡Cámaras y acción! ¡Corten!
Gracias por participar en este rodaje. Sin vosotros no habría sido posible.