Autor/a
Geroni García
Categoria
Relat lliure
Los amantes del eclipse
Ha sido la luz del amanecer entrando por la brecha de la puerta la que despertó repentinamente a Martín. Aún tenía en sus manos el olor del ramo de franchipán en el que se había convertido su amado, ya que había ido a buscarlo a pesar de las advertencias en sus sueños.
Había descubierto cómo desprenderse del cuerpo físico hacía apenas tres meses: concentración a la hora de dormir, sin que la misma concentración le quitara las ganas de despertar hasta el día siguiente. Poco a poco sentiría cómo se volvía humo blanco y denso y así fue.
Viajó consciente hasta el río, donde cuatro meses antes se había despedido de Lorenzo y allí estaba él, esperándole desde hace casi ciento veinte días. "¿Dónde has estado? ¿Por qué has demorado tanto?", preguntaba Lorenzo mientras acariciaba la cara de su amado y le besaba la mirada.
El eclipse empezaba y todas las criaturas de la noche chillaban confundidas. "No tenemos mucho tiempo, ¿de qué color es la luna ahora?", exclamó Martín. Lorenzo, precipitado, apenas rozaba el paladar para hablar y los pasos apresurados en las hierbas empezaron a escucharse, cada vez más cerca. "Por favor, dímelo, no quiero perderte otra vez y Lorenzo se desvaneció en una cortina de flores blancas.
Martín, de nuevo, estaba en donde había comenzado todo. No quedaba más tiempo que lo que demora un arcoíris en desaparecer del cielo después de la lluvia apaciguada por el sol. Entonces el olor de los azahares húmedos en los jardines de Montjuic trajo a su cabeza el recuerdo de la primera vez que se vieron: los dos habían tomado el mismo vagón del metro en Plaza España.
Bajó a toda prisa, casi atropellado por todas las escaleras que llegan a la Fuente Mágica para tomar el primer convoy con destino hasta la estación La Sagrera y de ahí en AMBici hasta el mar, no había tiempo de transbordos.
La ventaja de las experiencias extracorporales es que, mientras el tiempo transcurre sobre un cuerpo postrado en la cama con los ojos entre abiertos y de la noche pasa al día, durante su viaje para buscar a Lorenzo sólo habían pasado apenas unos segundos, pero los suficientes para que todo lo que tenía que pasar, pasara.
Martín sabía que no podía escapar, nunca, de su destino, el que de nuevo los volvía a poner en el mismo camino y del que siempre tendrían que huir.
“¿Vale la pena pasarse las vidas escurriéndose de las líneas del metro hacia la estación de autobuses y del funicular al teleférico para terminar siempre en el mismo lugar?”
“Sí, vale la pena y lo haré todas las veces que tu recuerdo me haga llegar a ti.” Se preguntaba y respondía así mismo sobre Lorenzo.
Ya, con el río de frente caminó hasta la desembocadura que llega al mar y ahí le vio, ahí estaba Lorenzo, sonriendo, todo de blanco, con un ramillete de franchipanes, las flores favoritas de su amado; esperándole: “Martín, esto que ves ahora no está aquí, no lo logramos. Otra vez. Pero sonrío porque sé que volveré a verte; mientras tú quieras verme siempre estaré.” Y sus cuerpos etéreos fueron arrastrados hacia el mar, donde yacen, en el fondo, los restos de un naufragio y sus dos ocupantes, los únicos que saben lo que juraron y las consecuencias de reencontrarse, en otras vidas, por toda la eternidad.
Cada año, con cada eclipse lunar, los amantes vuelven a verse.
Mientras tanto, se reescribe el destino para ellos, el mismo que les vuelve a poner en un asiento contiguo, en un vagón de la línea roja, con transbordo en Urquinaona rumbo a Besós, a ver el atardecer.
Había descubierto cómo desprenderse del cuerpo físico hacía apenas tres meses: concentración a la hora de dormir, sin que la misma concentración le quitara las ganas de despertar hasta el día siguiente. Poco a poco sentiría cómo se volvía humo blanco y denso y así fue.
Viajó consciente hasta el río, donde cuatro meses antes se había despedido de Lorenzo y allí estaba él, esperándole desde hace casi ciento veinte días. "¿Dónde has estado? ¿Por qué has demorado tanto?", preguntaba Lorenzo mientras acariciaba la cara de su amado y le besaba la mirada.
El eclipse empezaba y todas las criaturas de la noche chillaban confundidas. "No tenemos mucho tiempo, ¿de qué color es la luna ahora?", exclamó Martín. Lorenzo, precipitado, apenas rozaba el paladar para hablar y los pasos apresurados en las hierbas empezaron a escucharse, cada vez más cerca. "Por favor, dímelo, no quiero perderte otra vez y Lorenzo se desvaneció en una cortina de flores blancas.
Martín, de nuevo, estaba en donde había comenzado todo. No quedaba más tiempo que lo que demora un arcoíris en desaparecer del cielo después de la lluvia apaciguada por el sol. Entonces el olor de los azahares húmedos en los jardines de Montjuic trajo a su cabeza el recuerdo de la primera vez que se vieron: los dos habían tomado el mismo vagón del metro en Plaza España.
Bajó a toda prisa, casi atropellado por todas las escaleras que llegan a la Fuente Mágica para tomar el primer convoy con destino hasta la estación La Sagrera y de ahí en AMBici hasta el mar, no había tiempo de transbordos.
La ventaja de las experiencias extracorporales es que, mientras el tiempo transcurre sobre un cuerpo postrado en la cama con los ojos entre abiertos y de la noche pasa al día, durante su viaje para buscar a Lorenzo sólo habían pasado apenas unos segundos, pero los suficientes para que todo lo que tenía que pasar, pasara.
Martín sabía que no podía escapar, nunca, de su destino, el que de nuevo los volvía a poner en el mismo camino y del que siempre tendrían que huir.
“¿Vale la pena pasarse las vidas escurriéndose de las líneas del metro hacia la estación de autobuses y del funicular al teleférico para terminar siempre en el mismo lugar?”
“Sí, vale la pena y lo haré todas las veces que tu recuerdo me haga llegar a ti.” Se preguntaba y respondía así mismo sobre Lorenzo.
Ya, con el río de frente caminó hasta la desembocadura que llega al mar y ahí le vio, ahí estaba Lorenzo, sonriendo, todo de blanco, con un ramillete de franchipanes, las flores favoritas de su amado; esperándole: “Martín, esto que ves ahora no está aquí, no lo logramos. Otra vez. Pero sonrío porque sé que volveré a verte; mientras tú quieras verme siempre estaré.” Y sus cuerpos etéreos fueron arrastrados hacia el mar, donde yacen, en el fondo, los restos de un naufragio y sus dos ocupantes, los únicos que saben lo que juraron y las consecuencias de reencontrarse, en otras vidas, por toda la eternidad.
Cada año, con cada eclipse lunar, los amantes vuelven a verse.
Mientras tanto, se reescribe el destino para ellos, el mismo que les vuelve a poner en un asiento contiguo, en un vagón de la línea roja, con transbordo en Urquinaona rumbo a Besós, a ver el atardecer.