Autor/a
:RE
Categoria
Relat lliure
Mapa de latidos
Era lunes por la mañana. Con el metro abarrotado como de costumbre en horario laboral, subí desde Sants a la línea L3, en dirección a Zona Universitària. Algo latía distinto en el vagón, pero mis ojos se cerraban intermitentemente por el cansancio. A esta hora el ambiente huele siempre a la mezcla de café ausente y somnolencia compartida.
Las únicas fuerzas que tenía las empleaba en apoyar la espalda contra una pared y en aferrar mi maletín.
Los altavoces dictaron la primera parada y los déjà vus empezaron a repiquetear contra mi pecho. Al abrir los ojos, el metacrilato con el recorrido se desprendió con violencia. Los retazos se retorcieron hasta dar forma al resto de líneas de metro en las que había estado. Los mapas empezaron a cobrar vida propia y a superponerse entre sí, formando las raíces de un árbol que se extendía a lo largo y ancho de Barcelona, opacando todo lo demás.
La línea verde se convirtió en un tallo que buscaba la luz hacia Zona Universitària; la roja, una arteria pulsante; la azul, una vena profunda. Mis pies ya no pisaban el vagón, sino que se hundían en una amalgama de transbordos y billetes usados.
Veía cada uno de los viajes que había hecho: la mano de mis padres sujetándome en las primeras excursiones a una ciudad que me era desconocida, el olor a comida y a libros en Arc de Triomf, las risas volviendo de Pachá e incluso las vueltas a horas intempestivas de la universidad…
Aquello era el eco de las decisiones que había tomado a lo largo de mi vida. El camino, un viaje que llevaba años recorriendo, revoloteando por el corazón de Barcelona, ayudándola en cada latido.
Y fue entonces cuando también aparecieron las divergencias en esas raíces, todos los “y si” que podría haber tenido y que no tuve: la pareja con la que no me quedé, la entrevista a la que no debería haber llegado tarde... Eran tan etéreos y a la vez tan vívidos, hasta que empezaron a marchitarse, poco a poco, dejando volutas oscuras y un regusto amargo en el paladar.
Cuando volví a mirar, con más cautela, aprecié unos caminos traslúcidos que dibujaban rutas que aún no había explorado en ese corazón. Era el futuro, todas las versiones que podía llegar a ser. Intenté fijar una antes de que también se marchitara.
De golpe, las puertas se abrieron, desvaneciéndolo todo en un instante.
Me tocaba bajar.
Ya en el andén, noté ligereza en mi mano al mismo tiempo que sonaba el pitido de cierre. Me giré y salté de vuelta al interior justo cuando las puertas encajaban. Mientras el metro reanudaba su marcha, me quedé allí de pie, jadeando, rumbo a lo desconocido.
Las únicas fuerzas que tenía las empleaba en apoyar la espalda contra una pared y en aferrar mi maletín.
Los altavoces dictaron la primera parada y los déjà vus empezaron a repiquetear contra mi pecho. Al abrir los ojos, el metacrilato con el recorrido se desprendió con violencia. Los retazos se retorcieron hasta dar forma al resto de líneas de metro en las que había estado. Los mapas empezaron a cobrar vida propia y a superponerse entre sí, formando las raíces de un árbol que se extendía a lo largo y ancho de Barcelona, opacando todo lo demás.
La línea verde se convirtió en un tallo que buscaba la luz hacia Zona Universitària; la roja, una arteria pulsante; la azul, una vena profunda. Mis pies ya no pisaban el vagón, sino que se hundían en una amalgama de transbordos y billetes usados.
Veía cada uno de los viajes que había hecho: la mano de mis padres sujetándome en las primeras excursiones a una ciudad que me era desconocida, el olor a comida y a libros en Arc de Triomf, las risas volviendo de Pachá e incluso las vueltas a horas intempestivas de la universidad…
Aquello era el eco de las decisiones que había tomado a lo largo de mi vida. El camino, un viaje que llevaba años recorriendo, revoloteando por el corazón de Barcelona, ayudándola en cada latido.
Y fue entonces cuando también aparecieron las divergencias en esas raíces, todos los “y si” que podría haber tenido y que no tuve: la pareja con la que no me quedé, la entrevista a la que no debería haber llegado tarde... Eran tan etéreos y a la vez tan vívidos, hasta que empezaron a marchitarse, poco a poco, dejando volutas oscuras y un regusto amargo en el paladar.
Cuando volví a mirar, con más cautela, aprecié unos caminos traslúcidos que dibujaban rutas que aún no había explorado en ese corazón. Era el futuro, todas las versiones que podía llegar a ser. Intenté fijar una antes de que también se marchitara.
De golpe, las puertas se abrieron, desvaneciéndolo todo en un instante.
Me tocaba bajar.
Ya en el andén, noté ligereza en mi mano al mismo tiempo que sonaba el pitido de cierre. Me giré y salté de vuelta al interior justo cuando las puertas encajaban. Mientras el metro reanudaba su marcha, me quedé allí de pie, jadeando, rumbo a lo desconocido.