Autor/a
Guillermo Rodríguez
Categoria
Relat lliure
Mi rutina en el bus
Durante un tiempo, tomaba el mismo autobús cada mañana para ir a clase. Siempre a la misma hora, en la misma parada. No era muy temprano, pero tampoco tan tarde como para ir sin apuro. Tenía esa sensación de prisa constante, justo en el punto medio.
Con el paso de los días, me fui acostumbrando a ver a los mismos rostros. No conocía sus nombres, ni esperaba hacerlo, pero estaban ahí cada día: un chico con sudadera gris que se sentaba al fondo, una mujer que parecía leer siempre el mismo libro, y un señor mayor que se bajaba un par de paradas antes que yo.
Nunca hablábamos ni siquiera nos cruzábamos muchas miradas. Pero había algo en ese viaje compartido que resultaba familiar.
Una vez, salí más tarde de lo habitual. Perdí mi autobús y tuve que esperar al siguiente. Cuando por fin subí, todo era distinto: la gente era otra, había más ruido, y hasta el conductor parecía manejar con más brusquedad. No sabía bien por qué, pero me sentí fuera de lugar.
Al día siguiente volví a mi rutina y ahí estaban ellos de nuevo: el chico, la mujer con el libro, el señor mayor. Todo parecía en su sitio.
Pensándolo ahora, fue una tontería, pero lo recuerdo claramente. El autobús arrancaba cuando, por primera vez, noté al señor mayor saludar al conductor al subir. Fue un gesto rápido, casi automático. El conductor apenas levantó la mano, sin mirarlo, como si fuera una costumbre entre ellos.
No sé por qué, pero ese día, al bajar, me encontré haciendo lo mismo.
—Hasta luego —le dije.
El conductor respondió igual, sin darle mucha importancia.
Eso fue todo. Nada más pasó. Pero desde entonces, cada vez que bajo de un autobús, repito ese gesto. Aunque tenga prisa, aunque el conductor no responda. Supongo que es una manera de mantener algo de conexión en medio de lo cotidiano.
Con el paso de los días, me fui acostumbrando a ver a los mismos rostros. No conocía sus nombres, ni esperaba hacerlo, pero estaban ahí cada día: un chico con sudadera gris que se sentaba al fondo, una mujer que parecía leer siempre el mismo libro, y un señor mayor que se bajaba un par de paradas antes que yo.
Nunca hablábamos ni siquiera nos cruzábamos muchas miradas. Pero había algo en ese viaje compartido que resultaba familiar.
Una vez, salí más tarde de lo habitual. Perdí mi autobús y tuve que esperar al siguiente. Cuando por fin subí, todo era distinto: la gente era otra, había más ruido, y hasta el conductor parecía manejar con más brusquedad. No sabía bien por qué, pero me sentí fuera de lugar.
Al día siguiente volví a mi rutina y ahí estaban ellos de nuevo: el chico, la mujer con el libro, el señor mayor. Todo parecía en su sitio.
Pensándolo ahora, fue una tontería, pero lo recuerdo claramente. El autobús arrancaba cuando, por primera vez, noté al señor mayor saludar al conductor al subir. Fue un gesto rápido, casi automático. El conductor apenas levantó la mano, sin mirarlo, como si fuera una costumbre entre ellos.
No sé por qué, pero ese día, al bajar, me encontré haciendo lo mismo.
—Hasta luego —le dije.
El conductor respondió igual, sin darle mucha importancia.
Eso fue todo. Nada más pasó. Pero desde entonces, cada vez que bajo de un autobús, repito ese gesto. Aunque tenga prisa, aunque el conductor no responda. Supongo que es una manera de mantener algo de conexión en medio de lo cotidiano.