Autor/a
GHISEL CHEKER
Categoria
Relat lliure
Mi vida entre estaciones
Cada mañana, desde que vivo en Pubilla Cases, subo al metro rumbo a Diagonal. Mientras el vagón se pone en marcha, las paradas se convierten en pequeñas estaciones de mi propia vida.
En Pubilla Cases, soy una niña de 12 años camino al instituto, con la mochila llena de cuadernos y preguntas. Las luces del túnel pasan rápidas y siento que cada una me empuja un poco más hacia el futuro.
En Collblanc, ya tengo 14. Miro a un chico de melena sedosa que sonríe como si fuera un ladrón de sonrisas. Hay algo curioso en su mirada, como si el metro no fuera solo un transporte, sino un puente hacia todo lo que todavía no conocemos.
En Badal, con 16, me fijo en una chica de unos 17 años. Lleva un libro de Federico García Lorca entre las manos. Me pregunto de dónde le vendrá esa curiosidad por la poesía, qué música escuchará en sus auriculares, qué pensamientos la acompañarán mientras avanza el tren.
En Plaça de Sants, a mis 22 años, busco mi camino. He dado mis primeros pasos en el mundo laboral y veo a varios jóvenes en el andén repasando papeles con nerviosismo. Tal vez preparan su primera entrevista. En sus miradas reconozco la mezcla de miedo y esperanza que yo misma sentí.
En Sants Estació, con 30 años, observo a dos personas que ríen juntas. Su complicidad me devuelve a mi primer amor. Recuerdo todos aquellos trayectos compartidos en el metro, recorriendo líneas sin prisa, como si cada estación fuera solo una excusa para seguir hablando.
En Entença, con 40, una mujer embarazada acaricia su vientre mientras espera sentada. Está a punto de traer al mundo a alguien que también caminará por estas calles, que también viajará en este metro. Pienso que todos empezamos así: siendo una historia todavía por escribir.
En Hospital Clínic, con 50, una niña camina hacia el colegio de la mano de su padre. Su risa atraviesa el vagón como una chispa de luz y me recuerda que el tiempo no pasa: simplemente cambia de manos.
Y al llegar a Diagonal, a mis 60, lo entiendo.
No importa la edad, ni el género, ni la historia que cada uno cargue. Cada día coincidimos en este viaje. En el metro, en el autobús, en una bicicleta de Bicing.
Observamos, imaginamos, nos preguntamos quiénes son los demás. Porque, aunque nuestras vidas sean distintas, durante unos minutos viajamos juntos.
Y entonces comprendo que mi vida también es eso:
un trayecto, mil caminos, mil destinos… y la certeza de que ninguna historia viaja sola.
En Pubilla Cases, soy una niña de 12 años camino al instituto, con la mochila llena de cuadernos y preguntas. Las luces del túnel pasan rápidas y siento que cada una me empuja un poco más hacia el futuro.
En Collblanc, ya tengo 14. Miro a un chico de melena sedosa que sonríe como si fuera un ladrón de sonrisas. Hay algo curioso en su mirada, como si el metro no fuera solo un transporte, sino un puente hacia todo lo que todavía no conocemos.
En Badal, con 16, me fijo en una chica de unos 17 años. Lleva un libro de Federico García Lorca entre las manos. Me pregunto de dónde le vendrá esa curiosidad por la poesía, qué música escuchará en sus auriculares, qué pensamientos la acompañarán mientras avanza el tren.
En Plaça de Sants, a mis 22 años, busco mi camino. He dado mis primeros pasos en el mundo laboral y veo a varios jóvenes en el andén repasando papeles con nerviosismo. Tal vez preparan su primera entrevista. En sus miradas reconozco la mezcla de miedo y esperanza que yo misma sentí.
En Sants Estació, con 30 años, observo a dos personas que ríen juntas. Su complicidad me devuelve a mi primer amor. Recuerdo todos aquellos trayectos compartidos en el metro, recorriendo líneas sin prisa, como si cada estación fuera solo una excusa para seguir hablando.
En Entença, con 40, una mujer embarazada acaricia su vientre mientras espera sentada. Está a punto de traer al mundo a alguien que también caminará por estas calles, que también viajará en este metro. Pienso que todos empezamos así: siendo una historia todavía por escribir.
En Hospital Clínic, con 50, una niña camina hacia el colegio de la mano de su padre. Su risa atraviesa el vagón como una chispa de luz y me recuerda que el tiempo no pasa: simplemente cambia de manos.
Y al llegar a Diagonal, a mis 60, lo entiendo.
No importa la edad, ni el género, ni la historia que cada uno cargue. Cada día coincidimos en este viaje. En el metro, en el autobús, en una bicicleta de Bicing.
Observamos, imaginamos, nos preguntamos quiénes son los demás. Porque, aunque nuestras vidas sean distintas, durante unos minutos viajamos juntos.
Y entonces comprendo que mi vida también es eso:
un trayecto, mil caminos, mil destinos… y la certeza de que ninguna historia viaja sola.